Red Voltaire
El asesinato del estudiante Oscar Leonardo Salas Angel*

“¡Nos mataron al gatito, nos lo mataron!”

Miércoles 8 de marzo de 2006, Día de la Mujer, actos políticos en el mundo, Bogotá no es la excepción. El ambiente de la Universidad Nacional huele a “tropel”. Los ánimos están caldeados: la reforma a la educación superior pretende rebajar a tecnológico la educación que hasta ahora se imparte. El TLC, acordado con los EE.UU. contra la voluntad de amplios sectores sociales, ambientan la rebeldía.

| Bogotá (Colombia)
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3:00 p.m. el Esmad reprime a los estudiantes que protestan en la calle. 3:30, es asesinado el estudiante de Humanidades y Lenguas, Oscar Leonardo Salas Angel. El “gatito”, como le decían en familia. Recién el 15 de enero había cumplido 20 años. ¿Otro crimen impune?

La dulzura de la vida

Oscar Leonardo Salas Angel nació veinte años atrás en Líbano, Tolima. Como la mayoría de los muchachos de su generación, era parte de un hogar recompuesto, dónde Ana aportó dos hijos y Ricardo otro par. Ana y Ricardo tuvieron otra hija, Laura, quien tiene seis años. Los cinco hermanos fueron muy unidos. De su madre, el “gatito” heredó el gusto por el teatro, la poesía y la literatura. De su padre adoptivo adquirió la pasión por la lectura.

A los diez años ya era “zanquero” y hacía teatro callejero. Terminó la secundaria en el colegio departamental Isidro Parra en el Líbano. Se hizo radioaficionado y modulaba con el nombre de “estación gato”. Luego vino a Bogotá a estudiar producción de radio en la Universidad Nacional, regresó a su pueblo natal y trabajó en la emisora Café Stereo 935 FM. La Casa de la Cultura le publicó su primer libro de poemas.

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Desde hace tres años vivía en Bogotá con su nueva familia, la colonia de estudiantes del Líbano. Se presentó a la “Nacho” a la carrera de psicología, pero no pasó el examen de admisión. Inició estudios de esta disciplina en la Universidad Nacional a Distancia. Después ingreso a la Universidad Distrital, donde cursaba cuarto semestre de Humanística y Lenguas. Vivía para vivir, dedicado a sus estudios y al arte. Conocido en el medio como poeta y cuentero. Recientemente ganó un concurso de poesía en la Distrital, pero lo asesinaron antes de recibir el premio.

Era un “neo-hippie”, no le interesaban los asuntos materiales ni el dinero, sólo su crecimiento humano, aunque también era fiestero y le gustaban las jóvenes de su edad. Apasionado de las fiestas del retorno de su pueblo. Soñaba con trascender a través de sus escritos. Simpatizante del Polo Democrático Alternativo, aunque nunca fue militante. Era el más tierno, el más noble, el más pacífico de nuestros muchachos. Un día «normal»

Oscar Leonardo despertó en su casa del barrio Santa Fe, donde vivía con sus compañeros. Perezoso, como siempre, se levantó temprano. Se vistió con un pantalón entubado de color negro, camiseta blanca y tenis, cada uno de color diferente, como solía usarlos: “Lo importante es lo de adentro y no la pinta”, solía decir. Miró en el espejo sus bellos ojos verdes, la figura escuálida y flaca, el rostro enmarcado por un cabello rubio, desordenado y no muy largo. “La pereza y el color de los ojos le asemejaban a un gatito, además, siempre tuvo cara de niño, voz delgadita y una mente muy ágil”. En su mochila guardó dos libros de poesía, un libro del novelista tolimense Germán Santamaría, un cuaderno hecho miseria, lleno de poemas, dibujos y papelitos de colores, con los que solía jugar desde pequeño. Llamó a su hermanita Laura, le prometió una maleta para sus útiles del jardín. Salió a las clases de la Universidad Distrital, en la sede de la Macarena, a pie, nunca tomaba transporte.

Al terminar la jornada, al medio día, Oscar Leonardo, “el poeta y cuentero”, concertó citas con sus “parceros” para el día siguiente, luego fue a comer “sancocho de tienda” (gaseosa, salchichón y pan). Caminó por su territorio tradicional –Centro, Santa Fe, Teusaquillo, Palermo- resistiendo los hostigamientos de la policía, por joven y estudiante, observando la miseria y deshumanización que habita la ciudad. “Ya ni calcio cargan nuestros huesos”, se lee en uno de sus poemas. Llegó a la “Nacho” con un par de amigas. El tropel se había prendido al inicio de la tarde. El rector llamó a la policía y autorizó la entrada a la Universidad. Oscar no estaba en la refriega, observaba, no era beligerante, era idealista, soñador y pacifista.

El “gatito” observó a un muchacho encapuchado, perseguido por la jauría del Esmad. Corrían en la dirección en la que él se encontraba…. de repente sintió un fuerte impacto en el rostro, una lanza aguda y candente se clavó dolorosamente en su ojo izquierdo… atravesó el cerebro. Cae. El encapuchado intenta levantarlo, pero es atacado con balines que le provocan profundas laceraciones. Varias personas le cubren la cabeza con la camiseta blanca y lo entran a la “Nacho”. La médica que le ofreció los primeros auxilios informó que estaba inconsciente, sangraba abundantemente y los signos vitales descendían dramáticamente. “Ese chino lo mataron los del Esmad con un balín”, gritó un estudiante, «la policía ataca ahora con armas no convencionales» -agregó. Y precisó: «han inventado unos artefactos o lanza balines que son disparados con precisión».

Con Oscar ya son tres los estudiantes asesinados por el régimen Uribe: En el 2005 cayeron bajo la rabia asesina del ESMAD, Nicolás Neira en Bogotá, un muchachito de secundaria (ver recuadro), y en Cali Johnny Silva, estudiante de la Universidad del Valle. Los homicidios se mantienen en la impunidad.

Es llevado a la clínica Fundadores, cerca de la Universidad. La camiseta blanca está empapada en sangre. Alguien llama por el celular de Oscar Leonardo a la abuelita que vive en el Líbano. Ella se comunica con sus familiares en Bogotá. Ana, la madre busca a Ricardo a las 4 de la tarde: “mataron al gatito, nos lo mataron”. Cuando la familia llega a la clínica encuentran a Oscar desnudo, cubierto con una sabana, sobre la camilla, tenía una gran hinchazón en el ojo izquierdo y la masa encefálica salía profusamente por nariz y boca. Los de la Sijin se habían llevado la ropa. La policía intentó aterrorizarnos para que no habláramos. Según Ricardo, el padrastro –quien trabajó por muchos años en electromedicina en los Seguros Sociales–, el muchacho estaba muerto.

En la sala de cuidados intensivos cuidaban una vida que ya no existía. “Con un respirador artificial daban la apariencia de signos vitales, es lo más falso, el gatito ya no estaba con vida. El electroencefalograma muestra un balín del tamaño de un globo ocular en la parte posterior del cerebro, el cual entró por el ojo izquierdo sin dañarlo, pero destrozó los dos hemisferios en su mortal recorrido”.

Las dos universidades, Nacional y Distrital, fueron cerradas. Masiva movilización estudiantil el jueves nueve. “Sólo hasta el fin de semana se le dio la gana a los médicos declararlo muerto, pues se trataba, según la orden del gobierno, de no alterar el orden público y que las elecciones pudieran llevarse a cabo, el domingo 12, sin problemas”. El viernes 10 desaparece el cadáver de Oscar Leonardo... había sido llevado a la Fiscalía sin aviso a la familia.

El sábado fue el entierro en el cementerio Central. Oscar Leonardo es un mártir, representa lo más puro del pueblo, los estudiantes. Siete mil jóvenes, de distintas universidades de la capital, rodean de calor humano a su compañero asesinado. Aunque en el ambiente había dolor e indignación, la movilización fue pacífica, a pesar de las provocaciones de la policía antidisturbios. Todos portaban claveles blancos y rojos. Sobresalía una pancarta dónde se leía: “Oscar Salas vive en nosotros”. “El alcalde Garzón no tuvo la delicadeza de enviar un representante ni una nota de condolencia, el gobierno fuera de matar al muchacho no hizo nada”.

¿Por qué manipulan?

La otra muerte del “gatito” vino de parte del director de la policía, al falsear los hechos. Se presentó un video a la opinión pública en el cual supuestamente estaba Oscar Leonardo, pero con seguridad no era él. Afirmó que estaba encapuchado y sin tener en cuenta el informe médico agregó que había muerto debido a un tornillo disparado por una “papa” lanzada por los mismos estudiantes. Minimizó el crimen diciendo que cuatro policías habían resultado heridos. Generó dudas preguntando porque Oscar se encontraba cerca de la Universidad Nacional y señalando que un hermano de Oscar estudia en este centro educativo (Julián, quien estudia Zooctenia, se encontraba en el momento del homicidio de su hermano trabajando en Fontibón, en un negocio de comidas rápidas, propiedad de su tío). Posteriormente, la policía informa que varias de las organizaciones estudiantiles son células guerrilleras, y por tanto terroristas. La secretaría de Gobierno, de la administración Garzón, expide un decreto que penaliza a quien afecte el normal funcionamiento de Transmilenio, bien sea por disturbios, marchas o bloqueos. Sobre el asesinato del estudiante… silencio. Los grandes medios de comunicación hacen eco a la desinformación oficial.

Después han buscado acallar a la familia de Oscar Leonardo. «Tampoco podemos hablar mucho, porque siempre terminamos en llanto». Hay que dar tiempo para que el dolor ceda un poco. La familia está derrumbada moralmente. «Hay continuas presiones, un sargento de la Dijin nos citó a declarar individualmente (la Defensoría del Pueblo nos apoyó para no hacerlo), seguimientos, miedo… una llamada anónima: ‘si ven en que terminan las protestas estudiantiles’. La investigación hasta ahora está tomando curso, la tiene la Fiscalía, pero no ha informado nada».

«Debido a las presiones económicas que nos ha generado esta situación, estamos haciendo gestiones ante Seguros del Estado para el pago del seguro de vida estudiantil que es por unos seis millones de pesos. Ha sido un trámite engorroso que agrega más dolor a esta tragedia. Llevamos un millón en gastos de papeleos, sin contar el tiempo perdido, y aún no nos pagan el seguro del ‘gatito’».

Este fue un crimen selectivo del Estado, contra el corazón del sector popular, un estudiante. «Matan a alguien al azar para generar terror. Es una perversidad del Estado», afirma su padrastro. «Es un acto político de la derecha, en su acción de barbarie contra el pueblo. No descansaremos hasta que se conozca la verdad y se haga justicia. No se trata de encontrar al policía que lo mató y encarcelarlo, ni siquiera de enjuiciar al Esmad, sino de condenar a este sistema fascista. La oligarquía colombiana utiliza estos instrumentos de represión para acallar la legítima protesta y continuar oprimiendo y explotando al pueblo. El día que quede impune este crimen, moriremos…, moriremos pero de rabia. Estamos dispuestos a llevar el caso al Tribunal Panamericano de Derechos Humanos».

“Yo lo que quiero es que me devuelvan con vida a mi gatito”, dice entre sollozos Ana, su madre. “Que no quede impune este crimen, pues llevo más de treinta años viendo matar estudiantes y aquí no pasa nada”, afirma entre rabia y lágrimas, Ricardo.

* Crónica con base en la entrevista a Ricardo Lizarazo, padrastro de Oscar Leonardo desde los 4 años. Entrevista realizada en Bogotá el 28 de marzo de 2006.


Muerte «accidental» de otro anarquista

A un año de la muerte de Nicolás Neira Álvarez, no olvidamos. Por más que caben millones de fosas, aunque nos oculten con la mentira, la lucha por la dignidad humana, por la libertad, en últimas por la anarquía, sigue en pie.

Como siempre ha pasado a lo largo de la historia (y de nuestra historia como movimiento) los dueños del poder, los señores de la avaricia y de nuestra ruina –acompañados de sus esbirros– tratan de doblegar o apagar, de cualquier forma, los aires de rebeldía, dignidad y libertad. En Colombia, esa acción a tomado ribetes de espanto durante las últimas décadas, institucionalizándose bajo el actual Gobierno.

El Primero de mayo de 2005 le tocó padecer los horrores del Estado a un joven de tan sólo quince años, Nicolás Neira Álvarez. Su asesinato, nos golpeó de forma tan abrupta como se destruye un sueño al despertar. Los hechos que marcaron su asesinato tuvieron como escenario las céntricas calles de Bogotá.

Aquel día, jornada histórica de la humanidad oprimida, decidimos salir como bloque, convocados por parte de la Coordinadora Libertaria Banderas Negras; de esta forma nos sumamos a la multitudinaria manifestación.

Entre las calles 19 y 18 sobre la carrera 7ma, empezaron los golpes, el olor nauseabundo a gas lacrimógeno, las balas de goma. La represión había comenzado y dejaría a los pocos minutos un saldo trágico. El salvajismo con que arremetió el Esmad no tenía parangón, desde el primer momento nos percatamos que la rabia de los “a-gentes” era mayor de lo habitual, y en medio de la calle vimos nítidamente cuando uno de esos «efectivos» golpeaba a Nicolás en la cabeza, recibiéndolo en el piso de manera casi instintiva con una orgía de golpes alrededor de siete oficiales más. Esos golpes, imborrables, aún resuenan en nuestras mentes y no se desprenden de nuestros ojos.

Como se pudo recogimos al pequeño Nico, su estado de salud era muy grave, presentaba un trauma craneoencefálico severo, un edema cerebral, fractura occipital y por si fuera poco varias contusiones en todo el cuerpo. Pese a las consecuencias de la salvaje golpiza, trato de vivir. El joven compañero cierra sus fugaces ojos impregnados de libertad el seis de mayo, en horas de la tarde. Todavía recordamos el dolor y la rabia que sentimos en esos momentos tan tristes. Finalmente el cuerpo de Nicolás es llevado al cementerio Jardines de Paz, allí sólo enterramos su cuerpo pues su rebeldía aun late en todas nuestras actividades.

La “fuerza pública” colombiana dice que a Nico lo mataron sus compañeros…Ojalá ésta no se convierta, como en la obra de Darío Fo, en otra «Muerte ‘accidental’ de un anarquista».

Libardo Sarmiento Anzola

Libardo Sarmiento Anzola Economista, filósofo y master en teoría económica. Escritor e investigador societal independiente

 
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