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Y yo me pregunto ante este tipo de razonamiento: ¿no era que el problema consistía en que el nacionalista quería blanquearse y que nadie iba a creerle?, ¿y que los votos en disputa estaban en Puno y en el sur? Podemos resumir lo que ocurrió el 21 de mayo en dos conceptos:

(a) La apuesta de Humala es definitivamente la de insistir en el cambio del modelo económico que se resume en recuperar el control nacional sobre los recursos naturales y aumentar la participación del Estado y la sociedad en los excedentes. Esto representa un mensaje para todos los que no se sienten parte del actual crecimiento económico es nacionalizado, monopólico, y socialmente injusto. Si esa es la mayoría nacional, la intención es ampliar la influencia en los segmentos C, D y E, que representan más del 50% de los electores.

(b) García, en cambio ha diluido el tema del “cambio” en su obsesión por parecer “responsable”. Su discurso era el de un administrador de lo existente, con asuntos puntuales por resolver y miedos por sacudir en la cara de los que lo estaban escuchando. Ninguna decisión dramática está en el proyecto aprista, al extremo que en varios momentos anotó que haría lo mismo que su rival (bajar los combustibles, defender la constitución del 79, hacer pagar a las empresas extranjeras sus impuestos, etc.), pero sin exagerar la nota. Como si se tratara de un asunto de grado.

Si hay que resumir el sentido general de lo que fue puesto a consideración del país, diría que Humala trasmitió un concepto del cambio que tenía perfiles claros, aunque le haya faltado relacionar el nuevo trato con las trasnacionales y el gran capital, con el financiamiento de las reformas sociales. Mientras que Alan García quedó borroso en el diseño general, lo que puede entenderse como que a las políticas vigentes les va a agregar reformas laborales, ayudas crediticias, etc., como si se tratara de olvidos del sistema imputables a “errores” de Toledo y no a reglas universales, de las que no es fácil moverse, sobre todo si no se tiene claro el problema.

En materia de definiciones, Humala lanzó algunos mensajes que deben haber quedado grabados en los que lo escucharon:

(1) El paso decisivo es sacarse de encima la Constitución del 93, que le pone una camisa de fuerza al Estado para impedirle intervenir en la economía, que protege los contratos onerosos y corruptos, y que priva al país del control de sus recursos naturales explotables una vez que salen de la tierra, y el camino es restituir la vigencia de la Constitución de 1979, que el APRA contribuyó a redactar, para desde allí marchar a la Asamblea Constituyente.

(2) La democracia actual es ajena al pueblo porque no resuelve sus necesidades y problemas, por lo tanto estamos ante una gobernabilidad que sólo puede sostenerse por la fuerza de la represión (le faltó decir con el soporte de los medios de comunicación). Sin una mejora de la calidad de vida y de los índices de desarrollo social es imposible una democracia para todos. Hay que reparar a las víctimas de la violencia de acuerdo a las recomendaciones de la CVR.

(3) La corrupción es un mal nacional y lo que no existe hasta ahora es voluntad política para enfrentarla. Y García forma parte de esa historia de corrupciones.

(4) Las funciones de defensa nacional deben regionalizarse y las de seguridad ciudadana municipalizarse.

(5) Los presupuestos regionales deben representar el 50% del gasto nacional (en este punto todavía quedan muchas oscuridades sobre la organización de las nuevas regiones).

He intentado hacer un ejercicio equivalente para García pero no he tenido éxito. Ha preferido hablar de la democracia como principio liberal, que está compuesto de libertades como la de prensa (para los medios existentes) y del peligro del militarismo durante nuestra historia. Ni una sola referencia a porqué los peruanos tienen tanto desencuentros con la democracia tal como está organizada hoy en día y los partidos políticos. Ha eludido pronunciarse respecto al TLC y los sectores que no aceptan el documento firmado por Toledo, y en relación a las referencias insistentes de su opositor sobre el tema de recursos naturales y las trasnacionales. No ha explicado una palabra de cómo se vuelve exportadora una sierra de subsistencia. Ha reducido el asunto del financiamiento de sus ofertas a rebajas en salarios de la burocracia dorada y gastos superfluos, como si eso hiciera la diferencia crítica para contar con un Estado con capacidad de inversión. Volvió sobre el programa para poner agua a 500 mil personas en el primer semestre, en Lima, afirmando que esto sí es posible, sin añadir cómo se hace y cuál sería su posición sobre los que creen que para ello es necesario impulsar la concesión de Sedapal y las empresas del interior del país. Después de todo, para el mismo fin, el APRA ha apoyado la privatización en Tumbes y lo está haciendo en Huancayo y Piura.

Ha hablado de una regionalización con mayor presupuesto y con planes carreteros que continuarían las obras de Toledo. Insistió en una policía centralizada que más sonaba a mover el voto de los miembros de esta institución, con el fantasma de que van a eliminar la policía. Mencionó la pena de muerte y las mayores sanciones a los delincuentes como fórmula de combate a la delincuencia y desestimó la participación ciudadana en autodefensa y seguridad, comparando las rondas campesinas con los comités de la revolución en Cuba, revelando franca ignorancia sobre la historia reciente del país. Ha hablado de paz social, sugiriendo que al otro lado estaba la violencia. Pero aún en los minutos previos al debate los grupos organizados del APRA estaban buscando la bronca a Humala y a sus invitados, con la complicidad de la policía. O sea que sobre la paz y la no violencia, también se puede hacer una sopa de letras. Metió a Chávez, Montesinos, Antauro, sin mayor éxito.

El debate se suponía que consistía en mostrar propuestas y en revelar fortalezas y debilidades de los líderes que las encarnan. Todo estaba dispuesto entonces para que García por función natural de “mejor orador del país” (algunos dicen de América Latina), político recorrido, medios a su favor, audiencia urbana intimidada por el peligro de Humala, etc., tuviera un resultado contundente. Tanto que se decía que en un empate, Humala gana, como los pequeños boxeadores que aguantan de pie toda la pelea a los consagrados. La batería de comentaristas que han pretendido interpretar por nosotros la confrontación y que, como en el 90, ya tenía un ganador antes que empezaran las intervenciones, ha tenido que admitir sin embargo que García no fue lo que esperaban. Y, habría que anotar, que Ollanta tampoco. A falta de un desenlace indiscutible, han sacado la idea de que un Humala radical es uno que perdió, porque los que lo veíamos y oíamos no somos radicales ¿Será verdad? Lo cierto es que la conclusión es tan forzada que muestra que siempre hay una manera de inventarse una realidad, cuando esta nos es adversa.

Creo que para los partidarios de Ollanta y sectores que podrían inclinar su indecisión hacia el nacionalismo, esta ha sido una oportunidad para convencerse que las propuestas hechas durante la campaña se mantienen fuertes. Por otro lado, los que no van a votar por Humala, por la razón que fuere, deben haber sentido algo de respeto por el candidato que cara a cara es menos peligroso que lo que se dice y menos improvisado de lo que podían haber creído. También puede ser que varios de ellos hayan dudado de la tesis de que Alan García era la carta segura para vencer al outsider.

Para saber qué pasó en la cancha hay además un método infalible. Cuéntese las veces que García sonrió en el debate (por ejemplo comparado con el debate con Toledo, el 2001), y el rostro que llevaba a la salida. Eso lo dice todo.