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Fue Víctor Raúl Haya de la Torre, preso en octubre de 1923 en la isla San Lorenzo y por el gobierno de Augusto B. Leguía, quien anunció “la gran transformación”. Anoche Ollanta Humala anticipó lo que a su juicio, constituía aquel gran cambio para el Perú. De sobra se entiende que esa revolución es inclusiva, por los más pobres y no reconoce fronteras partidarias, sectarias u ociosas cuando de lo que se trata es de construir, desde el gobierno y la oposición –o a la inversa- los caminos y las avenidas con esta insobornable bitácora.

El comicio ya pasó.

Ahora de lo que se trata es de juntar los mejores esfuerzos e incluir, no sólo de nombre enunciativo y simbólico, al eterno convidado de piedra –el pueblo- en la forja de su destino y en la participación ineludible a través de sus múltiples expresiones locales, en muchos casos, actividades que comenzaron como espontáneas han devenido en fuente gestora y creativa de sólida lucha contra la pobreza. Y ¡lo que es patente! desde un capitalismo popular y empresarial y con réditos razonables para sus protagonistas.

Y las tareas van a ser arduas. Las fuerzas políticas con respaldo electoral –ellos y no los que nunca ganan ¡ni una votación!- tienen el ineludible cometido de trocar al Establo congresal en genuina herramienta productora de normas y leyes con fuerza coercitiva y premunidas de un espíritu de justicia social efectiva.

Si esto no ocurre, a la larga o a la corta, el Parlamento empieza a resulta inútil. Pero hay otro camino que se llama iniciativas legislativas que presume de firmas en número de 5 mil como mínimo y que son gestadas desde el pueblo y para el pueblo. ¿Se atrevería el Congreso a irrespetar la voluntad popular que le demanda discusión y debate de sus más algidos problemas y, además, soluciones?

Los fiscales del pueblo tienen que escrutar al centímetro a sus legisladores y ¡por supuesto! al presidente. Los discursos tienen mucha volatilidad y nada descarta que por conveniencias las cúpulas partidarias terminen “poniéndose de acuerdo”, en “consensos” dilatorios y en la gesta de cháchara vulgar y promesas innumerables.

Parece interesante comprobar cómo muchos “analistas” –luego que se conocieron los resultados electorales- encuentran lógico el entendimiento de los bloques colectivos electorales mayores y representativos de todo el país. Así, el norte, centro y sur, en su plural preferencia cívica, adscribirá a un bloque psicólogico y político ¡por y para el Perú! Los únicos que sobran son los trepones huérfanos de votación y que siempre atizan los odios y los antis; fracasados y mediocres, viven berreando contra la unión natural del pueblo en su rico prisma democrático y revolucionario. A los esquiroles infiltrados hay que botarlos de todos los proyectos porque no construyen y en cambio sí son elementos cancerígenos y divisionistas.

Quien piense que el éxito del próximo gobierno se basa tan sólo en la colectividad aprista, comete craso error. O, maneja cálculos reaccionarios al pensar que un fracaso es un triunfo político de quienes están en la otra orilla. ¡Aquí tiene que ganar el Perú y ese éxito se construye en concertación social, con vocación de victoria y con profunda fe en los destinos de un Perú libre, justo y culto, de norte a sur y de oriente a occidente.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

hcmujica.blogspot.com