Resulta muy paradójico que haya sido un Liberal, el ex presidente Virgilio Barco, quien en 1986, hace exactamente veinte años, le propusiera al país la instauración del esquema gobierno – oposición. Tuvieron que pasar dos décadas para que este objetivo comenzara a tomar nuevamente fuerza, pero esta vez en un escenario y con unos protagonistas muy diferentes. El Partido Liberal ya no solamente no es el partido de gobierno, sino que ha quedado relegado al tercer lugar. El gobierno está representado por una coalición de partidos y movimientos cuyo centro de gravedad es el Presidente Álvaro Uribe Vélez; Y la oposición está en cabeza principalmente del Polo Democrático Alternativo.

Las elecciones del 28 de mayo de 2006 van a ser recordadas por muchas razones. Pero quizás las más importantes son, en primer lugar, la reelección del Presidente Uribe, y su triunfo, nuevamente en primera vuelta, en esta ocasión con algo más del 62% de los votos. La segunda, los más de dos millones y medio de votos de la izquierda democrática, que con el PDA se convierte en la segunda fuerza política del país, y en el mayor partido político de Colombia. Y la tercera, la contundente derrota del Partido Liberal.

La victoria del candidato presidente con una votación de más de 7.200.000 votos es un indiscutible triunfo, pero igualmente un gran reto para él, para el Congreso, para los partidos políticos y para la ciudadanía en general, en términos de preservar la indispensable independencia entre las ramas del poder público por un lado, y el Ejecutivo y diferentes instancias del Estado por el otro. Los temores de que este equilibrio se vea amenazado se relacionan con el gran caudal electoral de Álvaro Uribe, mayor que el obtenido por todos los congresistas uribistas en marzo último, con la mayoría gobiernista en el legislativo y la gran influencia que en virtud de la reelección inmediata del Primer Mandatario van a tener su bancada y el propio presidente en la escogencia de los miembros de las Altas Cortes, los Organismos Electorales y de Control y la Junta del Banco de la República.

En cuanto a la derrota del liberalismo, en los últimos doce años este pasó de obtener el 50% de los votos en la segunda vuelta presidencial de 1994, al 32% en 2002, y a un lánguido 11.82% en 2006. En números absolutos, esto significa un descenso de 3.733.336 votos en 1994 a escasos 1.400.000 en esta ocasión.

Esto sólo puede explicarse si se reconoce que en el último cuatrienio el Partido Liberal enfrentó el peor de los escenarios posibles. Un candidato salido de sus entrañas se convirtió en su mayor rival; fue el partido que con más parlamentarios contribuyó a engrosar las filas del uribismo en el Congreso en los últimos cuatro años; y tuvo que competir con un naciente partido político, el Polo Democrático Alternativo, con un proyecto de centro izquierda que representa el cambio y una alternativa de poder. A esto se suma una campaña que cometió muchos errores, un candidato que a pesar de su buena voluntado no logró romper viejos esquemas ni desprenderse de las cargas del pasado, y un lánguido apoyo de parte de la dirigencia de su partido, sobre todo en las últimas semanas de la campaña.

Con la derrota del Partido Liberal, se confirma la tendencia que se venía vislumbrando desde hace varios años. El bipartidismo, tal como lo conocíamos en Colombia, es cosa del pasado.

Finalmente, la votación obtenida por el PDA representa el mayor logro en la historia de la izquierda colombiana y también conlleva grandes retos. Entre ellos, consolidar un proyecto político que sea capaz de conciliar las naturales diferencias que se presentan en un partido en formación; ejercer una oposición firme y responsable, sin dejarse tentar por los cantos de sirena del poder; apoyar crítica pero constructivamente a quienes han sido elegidos en nombre del PDA para ocupar cargos públicos; continuar trabajando en una propuesta conducente a la realización plena del Estado Social de Derecho; y prepararse para participar y obtener triunfos significativos en los comicios regionales y locales de 2007. Todo esto con un doble propósito. Primero, demostrarle a los actores en conflicto que hay vías diferentes a la armada para acceder al poder. Y segundo, convencer a tanta y tantos colombianos que aún creen que la oposición no es legítima, que la democracia, sin aquella, no es una verdadera democracia.