Sólo en mentes febriles o ricas en orfandad popular en las urnas, aunque subidos a un colectivo de muy significativa presencia electoral como el humalismo, pueden pretender una insurrección o levantamiento. El comicio ya terminó y hay quienes se alzaron con la presea popular y otros con la derrota en la misma. Después de la confrontación está el Perú vigente en sus múltiples fracturas, asimetrías y desequilibrios. Quien pretenda transitar por los peligrosos y aventureros parajes de una rebelión, debería cuidarse muy mucho de estar anunciándolo a todos los vientos porque dice el dicho: perro que ladra, no muerde.

Además, lo ridículo de la situación es que no sólo se trata de quienes anticipan la sedición sino quienes dan por hecho el asunto y lanzan acusaciones sin mayor prueba que las puras especulaciones. No haría mal el señor García Pérez en silenciar a Giampietri. El camino desde el 4 de junio discurre por una fina urdimbre política de concertación y puntos sobre las íes, dudosamente por avenidas militaroides o de demolición en que es experto aquel marino.

Además, el señor Giampietri es un convencido de la adhesión peruana a la Convención del Mar, traición que cercena el Mar de Grau y constituye una de las más grandes y asquerosas claudicaciones que pandillas de bien-pagados intelectuales y diplomáticos venales ha empujado sin vergüenza ni amor a la patria. Pero, en toda la campaña García Pérez fue muy contundente en afirmar que en su gobierno NO se daría pase a cualquier yugulación del Mar de Grau. Por tanto, hay doble causa para imponer un bozal simbólico a Giampietri. No debe, tampoco, olvidarse, que aquel para quien al enemigo hay que dinamitarlo y pulverizarlo, es dueño de una discutible concepción en que hay sólo malos y buenos. El, por supuesto, se considera como bueno. Hay millones que piensan lo contrario.

Hace muchos años, en Panamá, en pleno centro, había una oficina que ostentaba un letrero muy vistoso que decía: Policía Secreta. Nadie entendió nunca cuál era la discreción y bajo perfil de aquella soplonería policial porque el aviso público los delataba como tales. Quien “alimente” a los medios de comunicación, cajas bobas de resonancia servil, con planes insurreccionales que no cuentan con logística, causa justificada, real y comprobable, y un plan orgánico de carácter militar, no es más que un payaso a secas y un ridículo deleznable. Lo que se gana en las urnas no debería ser borrado, por acciones de esta naturaleza despreciable, por matonadas y groserías que tejen poco y más bien destruyen de a pocos.

Ignoro si el gobierno que viene necesita de la huachafería aquella de “luna de miel”. En el Perú no estamos para interregnos frívolos o más sufrimiento del pueblo. En cambio, la construcción genuinamente democrática, que va de abajo hacia arriba, desde el pueblo al gobierno central, requiere del concurso inevitable de oficialismo y oposición. Al Perú no se le levanta desde el podio gubernamental tan solo. Cuando una oposición gana tantas regiones y concita una importantísima adhesión ciudadana, tiene el deber de orientar y dirigir desde esa tribuna, siempre en pos de un Perú libre, justo y culto. No hacerlo es simplemente traición a la patria. Y, debe recordarse que el pueblo es más sabio que todos los sabios. Los votos van y vienen, las causas del pueblo son eternas y quien lo olvide tendrá que sufrir las consecuencias.

Nadie, absolutamente nadie, está exceptuado de trabajar por el Perú. Mucho más aquellos que desde el pueblo y con olor de multitud tienen la posibilidad de juntar fuerzas y edificar al alimón. La derecha vendepatria, disfrazada de liberal, de moderna, de globalizante, es orgánicamente servil, es la que aplaude un TLC “sí o sí”, o las concesiones irrestrictas y privatizaciones a ultranza. Ese sector es es un cáncer incurable. Por eso mismo, es hora del pueblo en sus mil colores y acentos.

¡Atentos a la historia; los pueblos aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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