El saldo lo dice todo. Sólo en la María: un indígena asesinado por tiro de arma de fuego, cuarenta y ocho heridos, sesenta y dos detenidos. Las instalaciones de la “zona de paz y convivencia” y de la Misión médica, destruidas. Pero hubo más dolor. 16 heridos, tres por tiro de fusil, en la zona campesina del municipio de Caldono, a orillas del río Ovejas.

La movilización social fue la expresión fidedigna de los habitantes del campo, reunidos en pos de la realización de la Cumbre social y política, con la cual el Congreso itinerante desatado en octubre de 2004, mantenía su vigor y buscaba articularse a nivel nacional con el conjunto de las expresiones sociales, valiéndose de temas como el TLC, la reelección, el incumplimiento de los acuerdos de octubre-diciembre de 2005, libertad a la madre tierra, etcétera.

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Como estaba acordado, la Cumbre social y política –liderada por el movimiento indígena– se dio cita el 15 de mayo en La María. A la misma respondieron representantes de quince de las 30 organizaciones que aceptaron participar e impulsarla. Ese mismo día y al mismo tiempo, por distintos caminos, centenares de campesinos se congregaban en diferentes puntos del Sur colombiano, cerrando sin dilación vías centrales del país, de manera especial La Panamericana.

Los miles de Nasas reunidos en La María aguardan con impaciencia durante todo el 15 la orden de sus autoridades para cerrar la autopista, pero la anhelada voz no se escucha. El 16, a partir de las 8 a.m., luego de cuestionamientos a la dirección del Cric por no desatar como estaba acordada el bloqueo vial, entre interrogantes sobre lo que es legal y lo que es legítimo, quince mil indígenas rompen La Panamericana, tomando control sobre tres kilómetros aledaños a su punto de reunión. La actividad era febril entre ellos: unos colocaban grandes piedras sobre la vía, comisiones transportaban troncos, otros en número suficiente le indicaban a los conductores de carros que debían apagarlos y esperar la respuesta del “alto gobierno” a las demandas del movimiento. No pocos respondían con ahínco a las primeras provocaciones de la policía. El día transcurrió con algunas peñas escaramuzas.

El 17 llegó la razón gubernamental: a la 1 p.m. haría presencia en La María para escuchar a la comunidad, «pero mientras tanto los manifestantes debían dar muestras de buena voluntad, despejando por lo menos un carril de la autopista».

Sin ocultar los cuestionamientos y el descontento por parte de los miles que estaban apostados en la autopista, así se hizo. A las 10 a.m. se dio paso a los centenares de vehículos apagados a lado y lado de La Panamericana. Las horas transcurrieron y como en otras ocasiones, los delegados gubernamentales no se hicieron presentes. Ganaban tiempo. Entretanto, con un evidente exceso de confianza de la dirección indígena, un Teniente de la policía es autorizado para recorrer todo el territorio controlado.

La tensión empezó a subir: de una parte numerosos delegados a la cumbre exigían que se cerrara de nuevo la vía, de la otra la voz de quienes defendían la prolongación del gesto «de buena voluntad», toda vez que la nueva razón oficial confirmaba su presencia para las 3 p.m. Seguían ganando tiempo.

En los puntos altos de la autopista y en el puente cercano al municipio de Tunía, controlado por los manifestantes, la tensión subía minuto a minuto. Se sentía en el ambiente que la fuerza pública preparaba algo. Y a las 2:30 llegó lo que se temía: una inmensa masa de cientos de miembros de la policía, el Esmad y el ejército, se abalanzó sobre la zona de reuniones de La María. Como si se tratara de una fuerza de ocupación, con toda la rabia y sin ninguna consideración, golpeaban a todo el que encontraron en la zona de su acción (en la cual descansaban numerosos niños y personas de avanzada edad), disparando cientos de gases y no pocas armas de corto y largo alcance.

Al mismo tiempo, y de manera coordinada, tanquetas cargadas con agua previamente preparada con químicos –que dejaba una constante picazón en la piel–, y helicópteros con agentes cargados con gases por kilos, hacían su entrada por la parte central de la autopista. Se disparaba gases por centenares. Su nube empezaba a cubrir lo que ya era una zona de combate. De La María empezó a salir fuego. La rabia oficial no tenía límite. Habían prendido candela a los inmuebles, reventado las llantas de los carros allí parqueados, destruido numeroso mercado y dejado el claro mensaje oficial, de que su palabra no respeta ningún compromiso, excepto el que se derive de la desconfianza y el poder popular.

Entre el 18 y el 20 de mayo las fuerzas indígenas, indignadas y dolidas por la oportunidad perdida, se reencontraron en el territorio que los representantes del Estado irrespetaron. Al final, un acuerdo formal que permite el regreso de los indígenas detenidos a donde los suyos, y la entrega a los testigos y a los representantes gubernamentales de dos miembros del Esmad detenidos por la comunidad.

Las voces indígenas lo decían sin temor: a pesar de la fuerza policial y militar, de la traición y violencia, este capítulo no está cerrado. Los compromisos se harán cumplir. Miles de indígenas volverán.


Recuadro

Resolverlo en positivo

Los resultados finales de lo que se pudiera llamar la primera etapa de la Cumbre social y política, a la par que la manera como la ASI está actuando, evidencian sin duda alguna las contradicciones acumuladas y no resueltas al interior del movimiento indígena. Algunas de estas son:

  1. El legalismo en que ha caído el movimiento, llevado por asesores y líderes, a limitarse sin reparo alguno a la Constitución nacional. ¿Hasta dónde lo legal se impone y cuándo se rompe su marco por la legitimidad?, es un debate que debe afrontarse para que el papel no limite la iniciativa indígena en la lucha por sus derechos.
  2. La pérdida de malicia y el exceso de confianza. ¿Es posible afrontar una intensa lucha social, como la que lidera el movimiento indígena, dejando a un lado las enseñanzas de sus antepasados, que siempre desconfiaron de sus enemigos? Se debe recordar que, “confiar es bueno, pero desconfiar es mejor”
  3. Dirección – base. Se sienten tensiones entre estos dos soportes dinámicos de cualquier movimiento. La dirección está amarrada mentalmente a los acuerdos inmediatos, la base ha dado muestras de querer ir más adelante. ¿Se requiere un recambio generacional?
  4. La autoridad. No se pudo ocultar, durante los hechos del 17 de mayo, las desavenencias entre la autoridad del Cric, la Acin, los Consejeros, los gobernadores, los coordinadores de la tarea y la misma guardia indígena. ¿Quién ordena en medio de las refriegas? ¿Hasta dónde llega la autoridad tradicional? ¿Dónde empieza y hasta dónde llega la autoridad de otras instancias cuando hay acciones de hecho?
  5. Lo social, lo político, lo electoral. Desde finales del año 2005, cuando se supo de los acuerdos de la ASI con Antanas Mockus cundió el malestar en las bases indígenas. Mientras cabildos enteros se batían por hacer respetar acuerdos firmados con gobiernos nacionales desde hace numerosos años, en Bogotá o Popayán –a espaldas de la comunidad y de sus aspiraciones–, se firmaban acuerdos que desdicen de los mandatos de los cabildos y del mismo Congreso itinerante. Entonces, ¿hasta dónde puede comprometer la ASI al movimiento indígena? Los resultados de marzo y de mayo último hablan por si solos, sin embargo: ¿Mantiene vigencia la ASI? ¿Cómo articular de manera adecuada la lucha social y la acción electoral? Tras varios años de participación electoral. ¿qué balance deja esta experiencia?
  6. Relacionamiento movimiento indígena y otros sectores sociales. Tras dos años de concreción del Congreso itinerante, a pesar de todo el esfuerzo dispuesto por el movimiento indígena, es necesario avanzar en una mayor articulación de sus fuerzas y propuestas con las del movimiento social. ¿Cómo? ¿Es posible, de manera inicial, concretar una comisión de asuntos campesinos dentro del Cric que asuma la relación con esta parte de sus hermanos de territorio? ¿Se puede articular el proyecto de comunicaciones con los que adelantan otros sectores sociales? ¿Cómo avanzar en las autonomías educativas, de salud y otras sin quedar atrapados en la institucionalización y el neoliberalismo? ¿pueden contribuir a dilucidar estos interrogantes experiencias sociales ajenas a lo indígena?