Desde hace unos días, la metralla que recibe, en cuestionamientos durísimos y especulaciones mil, la gestión del ex canciller y actual embajador peruano en Ginebra, Manuel Rodríguez Cuadros, es abundante, ríspida, gravísima. Si, como dice un medio local, el diplomático está en Lima ¿no merece que su testimonio aclare, difumine o asuma la responsabilidad de los tales entuertos en que se le está colocando sin juicio previo, sin investigación de ninguna clase y, sobre todo, sin las expresiones de parte a que tiene, indubitablemente, derecho?

Deber periodístico es buscar e inquirir por su opinión. No necesita de escuderos o ayudantes oficiosos Manuel Rodríguez. Ha sido canciller, titular de una comisión de derechos humanos en Naciones Unidas y, hasta donde todos saben, conoce de las avenidas de la expresión en que suele discurrir con obvia facilidad. Por tanto, nadie debe atribuirle, así porque sí, actos dolosos o contra el dinero del contribuyente que es el que paga a los diplomáticos y funcionarios públicos.

¿No sería mejor que Rodríguez Cuadros mostrase el contrato de alquiler de la actual casa que ocupa en Ginebra? Los tratos sobre bienes inmuebles que el Estado, dinero del pueblo, alquila para sus misiones diplomáticas son documentos públicos y no hay pretexto alguno válido para no ser de conocimiento generalizado. Entonces ¿qué problema hay en exhibir el otro referido a un alquiler de menor envergadura? ¡A ningún funcionario se le paga para que despilfarre o dilapide los escasos recursos del erario nacional! En este caso hay que presumir, salvo que se demuestre lo contrario, que la mudanza que se llevó a cabo en Suiza obedeció a criterios técnicos de alta probanza y óptima como moral justificación. Para ello ¡qué duda cabe! será necesario el testimonio del embajador Rodríguez.

Si, como podría ocurrir, supuesto negado, las afirmaciones del embajador Rodríguez Cuadros adolecen de solidez o de la estructura lógica decente que debe exhibir, para eso se le paga, cualquier funcionario, el Congreso puede llevar a cabo una investigación sin perjuicio del escrutinio administrativo o judicial a que haya lugar, si así lo ameritan las circunstancias. Pero todo esto en una óptica imparcial, de acuerdo a derecho y en respeto de la honorabilidad y servicio al país otorgado por el embajador aludido.

Hasta el presidente electo Alan García Pérez se ha referido, sin mencionar a Rodríguez, al tema del alquiler de precio altísimo, que paga la diplomacia peruana en Ginebra. Y, la mujer del César no sólo debe serlo, sino parecerlo. Decir que en la capital helvética todo es caro es un razonamiento para intonsos y débiles mentales. Pero, esta actitud del nuevo mandatario da cuenta muy mucho que sí se va a investigar el intríngulis con un criterio justo y, que también lo sea, si se encuentran culpables que tienen que resarcir al Estado del dispendio, si así se comprobase, en que hubieran incurrido. ¡No hay pretexto ni excusa para salvarse de la pena pecuniaria y tampoco de los castigos y degradaciones que merece cualquier servidor que traicione los sagrados intereses del Estado!

Insisto, si está en Lima o en Ginebra, hay que encarecer al embajador Manuel Rodríguez Cuadros a que exprese sus opiniones que mañana pueden ser descargos o aclaraciones. Pero culparlo de dispendios a priori, sin investigación, juicio ni exhaustiva indagación me parece de un muy mal gusto porque da pie a pensar que hay antipatías o señalamientos que podrían prescindir del sentido recto de la justicia. ¡Y eso es inaceptable en este como en cualquier caso!

Colocar en el limbo de la disponibilidad a Rodríguez Cuadros, como ha dicho el parlamentario andino humalista, Juan Mariátegui, es congelar un caso que requiere de urgentísimo discernimiento por la salud de la diplomacia peruana y porque, nos guste o no, son ellos los responsables de la segunda línea de defensa del país, luego de la militar. Y, no lo olvidemos, hay fronteras calientes que aguardan tan sólo señales para hervir su ebullición y un país desarmado, en amplio sentido, no es una garantía de paz, un país desarmado, es una presa apetecible.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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