Con la ferocidad propia de las pugnas descarnadas y sórdidas intercapitalistas –muchas de ellas en el campo de la industria cultural de masas- y a través de invasiones genocidas en procura de los recursos energéticos y el mejor posicionamiento geostratégico para la dominación global. Otra vez, valga la redundancia, estamos refiriéndonos a EE. UU.

Por lo que seguimos aludiendo a un sistema que aliena a millones de personas, en una carrera desenfrenada por el uso y abuso de aparatos –ahora digitalizados- en pos de llegar antes a no se sabe bien dónde. Excepto, como se lo comprueba y padece, llegar antes y de manera casi asfixiante a niveles insoportables de violencia cotidiana y a una mayor y más rápida destrucción del planeta y de los hombres y mujeres que lo habitan.

La UNESCO recibió, entonces, su mazazo. Aquellas metas no estaban en el horizonte capitalista-imperialista. El mazazo, por supuesto, también lo recibieron miles de millones de personas, las que, en el terreno de la información-desinformación y la constante y vertiginosa renovación tecnológica, siguen como excluidos del sistema de socialización, aun cuando en apariencia -muchos andan con un aparatito a cuestas- la imagen virtual de las grandes urbes se empeñe en mostrarnos lo contrario.

Algo decíamos como UTPBA, en 1997, respecto de la cuestión del capitalismo y los excluidos: “Los excluidos muchas veces son mayoritarios según los países y no son una masa, un quantum que hoy se excluye y se deteriora y mañana se inscribe, así porque si, comenzando a foja cero. La angustia, la depresión y hasta la ruptura de lazos de socialización domestica: familiar, grupal, vecinal y la apelación a la violencia que implican, no son procesos que se puedan resarcir o recuperar, en tanto permanezcan las causas que dieron origen a semejante estado de cosas” (El Fracaso del Capitalismo, colección cuadernillos UTPBA, 1997)

Y precisamente ahora que tanto se habla sobre las “Metas del Milenio” y aquí y allá se renuevan voces y jactancias en torno a los logros macroeconómicos, los cálculos más optimistas al interior de la institucionalidad capitalista, sostienen que de alcanzarse un crecimiento económico, sin sobresaltos y sostenido en un largo plazo, “dentro de 154 años se terminará con la pobreza”. Mientras, el descenso de la tasa de desempleo, esgrimido como un paso adelante de las “Metas del Milenio” se ensombrece con el crecimiento del salario basura y el trabajo precario: la naturalización de la pobreza por otras vías. Especialmente en Latinoamérica, la región donde existen las más grandes desigualdades entre un puñado de ricos y el resto, más de 500 millones de habitantes.

Resultó ser, entre otras evidencias, que hasta el pregonado milagro chileno tuvo que admitir –muchos años después de la dictadura genocida de Pinochet- que Chile, después de Brasil, es el país en el que existe una de las peores distribución del ingreso. Ni los “Milagros” han podido sostenerse como tales a la hora de la verdad.

“Las Metas del Milenio” están estancadas o en retroceso. Y casi a la misma velocidad que se renueva el stock tecnológico, crece el número de analfabetos modernos: miles de millones de personas incapaces de entenderse con las llamadas “maravillas técnicas”, tanto en el mundo del trabajo, como en el del entretenimiento y en la propia comunicación más avanzada, la que de tanto avanzar se coloca a años luz de distancia de inmensas zonas geográficas donde –repetimos- miles de millones de personas sólo acceden a aguas podridas y tierras contaminadas. Pero la esclavitud moderna no es patrimonio exclusivo de los países subdesarrollados.

En la globalización de los inmigrantes, sorteando, o intentando sortear, las decenas de muros que se levantan para impedirles un pedazo de vida; en la globalización de los despojos humanos cada vez más crecientes dentro del propio mundo “desarrollado”, se desvanecen raquíticas las pomposas promesas y apuestas de las “Metas del Milenio”.

Un capitalismo desbocado, con el imperialismo norteamericano decidido a devorarse el mundo, ahora incluso por encima de la locura que propusiera Reeagan en sus delirios de la Guerra de las Galaxias, se encarga, por dinámica y esencia, de dar por tierra con la ilusión de los que creen que todavía es posible un mundo mejor atenuando o disimulando efectos, sin terminar con las causas.

Las “Metas del Milenio” no habrán de cumplirse: fin de la pobreza, fin de la esclavitud moderna, desarrollo con equidad, educación y salud para todos; porque por sobre las “buenas intenciones” de mujeres y hombres de “buena voluntad” se impone un sistema que aplica una especie de malthusianismo(1), sazonado con altas dosis de fascismo, a partir del cual se determina quiénes y cuántos son el “sobrante humano”, en relación a los recursos existentes en el planeta.

# Revista del Observatorio de Medios-UTPBA, mayo/julio 2006 1. Teoría del economista británico Thomas R. Malthus, que postulaba reducir la población mundial, controlando la natalidad para “garantizar el consumo de los recursos escasos”.