Por eso mismo, expertos electorales sostienen que la elección la definirán los hombres, porque las mujeres ya se pronunciaron. Las cosas son, sin embargo, más complejas. El candidato de la UDI, Joaquín Lavín, ganó a Bachelet y a Piñera en muchas mesas de mujeres. ¿Podrá traspasar Lavín esa votación a Sebastián Piñera? ¿Será capaz Bachelet de captar una parte significativa del voto lavinista? Se ve difícil respecto de las mujeres de clase alta y sectores medios acomodados -ideológicamente de derecha- aunque no parece imposible en los sectores populares atraídos por el populismo de la UDI.

Las mujeres serán determinantes en esta elección. También lo fueron en las elecciones presidenciales antes del golpe. Descontado el huracán ibañista de 1952, las mujeres definieron a favor de Jorge Alessandri Rodríguez las elecciones de 1958. Motivadas por una campaña del terror, por el conservantismo de la sociedad y las incontrarrestables tendencias machistas de la época, prefirieron a un rico empresario de derecha con autoasignadas condiciones de austero y enérgico frente a Salvador Allende, socialista apoyado por los comunistas, que perdió por sólo treinta mil votos. La situación se repitió en 1964 -siempre campaña del terror mediante- en que las mujeres favorecieron por amplia mayoría al candidato católico Eduardo Frei Montalva, frente a Allende que representaba el “peligro marxista”. Finalmente en 1970 Salvador Allende logró el triunfo cuando avanzó fuertemente en la votación femenina, ya que tenía holgada mayoría en la votación de hombres.

Pero ahora no se trata solamente de consideraciones electorales. Michelle Bachelet, su candidatura y eventual acceso a la Presidencia de la República constituye un hito en la lucha de las mujeres por mayor igualdad y participación en la sociedad chilena. Si triunfa, su responsabilidad de género será grande. Deberá avanzar en temas cruciales que preocupan a millones de mujeres que todavía continúan en situación de desventaja y discriminación.

A igual trabajo y responsabilidad, las mujeres ganan menos que los hombres y, muchas veces, se les exige acreditar mejor calificación. Son discriminadas además en razón de embarazos y enfermedades y hasta se les exigen pruebas de no estar embarazadas o que han dejado de ser fértiles. En materia de remuneraciones incluso en el sector público centralizado existen diferencias notorias. En promedio las mujeres ganan un 77 por ciento de lo que ganan los hombres.

En el sector privado la situación es peor. Asimismo, según la Red Chilena contra la Violencia Doméstica y Sexual, la mitad de la mujeres casadas o en unión de hecho ha vivido alguna vez violencia de tipo físico, psicológico o sexual por parte de su esposo o compañero. A menudo la violencia desemboca en lesiones graves y llega incluso al femicidio.

Debido al poder de la Iglesia Católica, el problema del aborto es eludido. Se estima que en el país anualmente hay más de 250 mil abortos. Las muertes por aborto representan todavía un tercio de la mortalidad materna.

Si bien cada vez hay mayor participación femenina en las instancias de decisión de los partidos, en la esfera pública y en las elecciones persiste un gran desbalance entre el porcentaje de población que representan las mujeres (más del 51 por ciento) y su participación. En la Cámara de Diputados la representación femenina es del orden del 10 por ciento y de menos del 5 por ciento en el Senado. De acuerdo a un informe de la Cepal si no hay alguna intervención del Estado para inducir cambios en el desbalance, solamente después del año 2050 se podría producir un equilibrio en la participación política entre mujeres y hombres.

También en salud hay preocupantes fenómenos de género. Se ha producido un fuerte aumento en el contagio por VIH entre las mujeres. La tasa supera a la de los hombres. Igualmente, en materia de tabaquismo, drogas e ingesta alcohólica. La obesidad, por otra parte, alcanza tasas que casi duplican a las de los varones.

Los ejemplos podrían multiplicarse. Sin embargo, lo central es algo mucho más importante. La creciente presencia de mujeres participantes y cuestionadoras en muchas estructuras de la sociedad patriarcal constituye un proceso que cambia conceptos como el de familia. La mujer se incorpora masivamente al trabajo y a todos los niveles de educación y, al mismo tiempo, adquiere conciencia de su autonomía y de sus derechos, incluyendo el manejo consciente de la maternidad, y busca cambios sociales que apuntan hacia relaciones más amigables y comprensivas. Nueva situación que acarrea también problemas graves en las relaciones de género.

La historiadora Diana Veneros lo ha expresado así: “Evidentemente, las mujeres no han conseguido la igualdad, como se advierte en muchos aspectos, en especial en las oportunidades y en la remuneración del trabajo y otras formas de discriminación. Pero ha habido progresos enormes, revolucionarios. Llevamos un proceso de cambio de 150 años y como la historia no es un movimiento de progreso ascendente, se han provocado graves tensiones en las relaciones de género que deben acomodarse a las nuevas realidades. En muchos hombres se ha producido una reacción de temor, de inseguridad y angustia ante los cambios conductuales de la mujer derivados de cambios objetivos, materiales. No se da por medio de grandes asonadas o conmociones sociales que se puedan cuantificar con facilidad. Este proceso que califico como revolucionario es, además, muy insidioso. Los cambios se dan en la esfera pública pero también en lo privado. No solamente en la forma de relación sino en el marco del hogar: también es una revolución que tiene lugar en la cama”.

Para Michelle Bachelet, si llega a la Presidencia de la República, los problemas no serán de fácil solución, porque en muchos aspectos tienen un carácter revolucionario e implican cambios en las relaciones de poder. Y los que tienen el poder nunca están dispuestos a cederlo sin lucha.

Un largo camino

Fue en los sectores populares donde comenzó a surgir, como fenómeno masivo, la conciencia de los derechos de la mujer. A medida que crecía el proletariado y se fortalecían las organizaciones de trabajadores, las mujeres se sumaron a la lucha. En el norte, las mujeres participaron en las primeras huelgas. Cientos de ellas bajaron a Iquique, en 1907, a reclamar mejores condiciones de vida junto a miles de trabajadores pampinos. Muchas murieron en la masacre de la Escuela Santa María.

En 1877, el Decreto Amunátegui abrió a las mujeres las puertas de la educación universitaria. En las escuelas normales se empezaron a formar miles de maestras. El movimiento obrero -y las organizaciones anarquistas y socialistas- tuvieron especial preocupación por la mujer. En 1913 la visita de Belén de Sárraga, una española partidaria de la liberación femenina, del amor sin ataduras y duramente crítica de la Iglesia y el oscurantismo, tuvo enorme impacto (ver págs. 4 y 5). Se crearon círculos de mujeres en la zona salitrera y en los puertos. Uno de ellos fue dirigido por Teresa Flores, compañera de Recabarren.

En 1935, un grupo de mujeres encabezado por Elena Caffarena, Marta Vergara, Olga Poblete y María Marchant fundó el Movimiento de Emancipación de la Mujer Chilena (Memch) que se desarrolló rápidamente. En 1940 el Memch ya tenía 42 filiales. El Memch tuvo orientación laica, lo que provocó resistencia y crítica de los sectores reaccionarios.

El Memch se vio afectado fuertemente por el viraje anticomunista del gobierno de Gabriel González Videla a partir de 1947. Con todo, y en parte para limpiar su imagen, González Videla puso en práctica medidas importantes en relación a las mujeres. La principal: el derecho a voto de las mujeres en las elecciones parlamentarias y presidenciales. En 1951, una abogada de Concepción, Inés Enríquez Frödden, fue elegida la primera diputada en el Congreso chileno. Adriana Olguín de Baltra fue ministra de Justicia y Ana Figueroa, embajadora ante Naciones Unidas.

En los sectores populares se perfilaban liderazgos femeninos, como los de Carmen Lazo, Julieta Campusano, Elena González. Surgió un Partido Femenino, cuya principal dirigente, María de la Cruz, fue determinante en la campaña presidencial de Carlos Ibáñez, que triunfó arrolladoramente en 1952. Al año siguiente, María de la Cruz se convirtió en la primera senadora que se elegía en Chile.

A partir de 1958 la presencia de la mujer en las elecciones adquirió cada vez más importancia, aunque con orientación más conservadora que los hombres.

El gobierno de Salvador Allende determinó una significativa incorporación de la mujer a las responsabilidades sociales y políticas. Gran importancia tuvo el aporte de jóvenes profesionales y estudiantes universitarias.

La dictadura afectó brutalmente a las mujeres. Incluso se prohibió a las estudiantes que usaran pantalones. Cientos fueron asesinadas o se convirtieron en detenidas desaparecidas. Miles salieron al exilio. Pero, al mismo tiempo, como nunca antes, las mujeres se comprometieron en la resistencia y la lucha antidictatorial organizando agrupaciones de familiares de las víctimas, ollas comunes, bolsas de cesantes, comunidades de base y múltiples iniciativas solidarias. Muchas se comprometieron directamente en la lucha política y en los grupos y organizaciones de resistencia armada. Gladys Marín se convirtió en ejemplo.

Fue emergiendo una nueva conciencia feminista. Julieta Kirkwood, Laura Rodríguez y otras dirigentas reclamaban “democracia en la calle y en la casa”. El grupo Mujeres por la Vida reunía miles de mujeres en el Teatro Caupolicán y las manifestaciones del 8 de marzo -Día Internacional de la Mujer- se hicieron masivas.

Después de la dictadura, la lucha se ha incrementado al tiempo que se ha diversificado. Avances importantes han sido la ley de divorcio, los tribunales de familia, la igualación jurídica de los hijos y las campañas contra la violencia intrafamiliar.

Más importantes son, sin embargo, los crecientes niveles de conciencia que asumen las mujeres en los más variados planos, incluyendo la defensa de los derechos humanos, las movilizaciones contra la globalización capitalista y la defensa del medio ambiente. En 1999 dos mujeres, Gladys Marín Millie (3,19%), comunista, y Sara Larraín Ruiz-Tagle (0,44%), ecologista, fueron las primeras candidatas presidenciales.

Michelle Bachelet podría ser la primera presidenta en la historia de Chile. Marcaría así un hito y también la culminación de otra etapa de esta larga lucha.