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El huracán Katrina nos mostró lo que había detrás del espejo estadounidense, como aquel terremoto que en los 70 sacudió a Nicaragua, dejando desnuda a la dictadura de Anastasio Somoza y que actuó como un encendedor de fuegos múltiples para el avance de la revolución sandinista que triunfó en 1979.

De poco valen las cifras sobre lo que sucede en Estados Unidos, donde pobreza y desempleo no van a la saga en comparación con Latinoamérica. La esperanza de salvación para los que no tienen nada de este lado del Río Bravo los lleva a buscar la supuesta "buena vida", la oferta estadounidense del modo americano de vivir, por supuesto a costa de otros. Ahora, en Nueva Orleans, en Mississippi, en Louisiana, en Florida y en toda aquella región, aparecen los "caras negras", como señalaba una legisladora afroamericana, no como parte de la tragedia sino como los sembradores del caos, aunque éste había sido instalado por el previsible huracán, consecuencia del desastre medioambiental; mientras, el presidente George W. Bush se niega a firmar el Protocolo de Kyoto y las empresas estadounidenses no aceptan ningún control en ese terreno.

Pero, ¿qué iban a hacer miles y miles de personas sitiadas por el agua, con supermercados destruidos y sin comida? Muchos de los testigos dijeron la verdad, no transmitida por las cadenas de Estados Unidos: "No se puede hablar de saqueadores cuando no hay comida y agua". O, como también se dijo: "Gente desesperada hace cosas desesperadas".

Todo eso está en el aire, tanto como el fantasma de Vietnam que ellos creyeron haber extirpado, instalando el terror en su propia sociedad y en el mundo para tener las manos libres en su guerra terrorista. Vietnam ya está en el interior de Estados Unidos, en las imágenes desgarradoras de los prisioneros torturados, en los desaparecidos -que son miles y miles tanto en Afganistán como en Iraq, en la base militar de Guantánamo, territorio ocupado ilegalmente a Cuba-. Aunque el gobierno de Washington prohibió difundir al interior del país las fotografías del terror que ellos aplican en Iraq, las historias de los soldados que regresan enfermos lo están diciendo todo. Miles son los que ya se niegan a ir a combatir en esa guerra y ahora las madres piden por sus hijos muertos en una guerra que les es ajena.

Katrina mostró también cómo los dineros para la guerra se consumían rápidamente, mientras que los presupuestos para emergencias en el país, estaban en descubierto. Sólo un hombre enfermo de delirios de poder infinito, como Bush, puede aparecer sonriente ante tales hechos y tales catástrofes. Iraq es un pantano donde el horror se multiplica, mientras la resistencia iraquí denuncia que diversos atentados contra la población no son de su autoría. "No matamos población civil, matamos a los ocupantes de nuestra tierra. Habría que preguntar qué hacen los miles de mercenarios llevados a Iraq y qué hacen las fuerzas especiales estadounidenses, la CIA, la inteligencia israelí, que es la que ha enseñado técnicas especiales de tortura contra los árabes, porque las han experimentado en sus cárceles con los palestinos presos".

Katrina mostró lo demás: puentes y diques que caen porque no hay presupuesto desde hace años para apuntalarlos; miles y miles de habitantes en una pobreza escandalosa; y ahora, más de un millón en la orfandad total, hospitales sin medicamentos, un gobierno paralizado casi una semana ante la mayor catástrofe natural de su historia. Y finalmente la mayor prioridad no era enviar alimentos, ni soluciones de emergencia, sino tropas. No habrá posibilidad de soslayar la verdad en este caso.

Sacar tropas de Iraq y trasladarlas con sus armas con la orden de disparar para "ordenar el caos" en Nueva Orleans, es de una perversión inaudita. Esas tropas son parte del contingente que ha asesinado en Iraq a casi 200 mil personas, y ahora se las manda contra su propio pueblo ante la indiferencia de los "demócratas" del mundo, con impunidad absoluta en ambos casos. La guerra infinita declarada al mundo entero, en un ejercicio de asegurar fronteras que supera en magnitud a las "fronteras seguras" del nazismo, está mostrando de lo que es capaz un imperio en decadencia.

Marines en Paraguay

Esto es lo que tenemos viniendo sobre nosotros. La invasión silenciosa de América Latina se está llevando a cabo porque los sectores que debían estar férreamente unidos por sobre las diferencias para resistir lo que está avanzando, se están fagocitando, se están exterminando a sí mismos en miserables luchas internas.

La decisión de mayo pasado del Congreso de Paraguay de permitir el ingreso de tropas de Estados Unidos a ese país, con inmunidad, permiso de libre tránsito y permanencia para sus soldados con vigencia hasta diciembre de 2006 y prorrogable automáticamente, es uno de los golpes más fuertes que Washington ha descargado sobre el Mercado Común del Sur (Mercosur).

Renunciando a su poder jurisdiccional, el gobierno de Paraguay abrirá las puertas a un primer contingente de 400 marines -según se estima el 1º de julio- que pueden llegar a sumar hasta 16 mil soldados, como denuncian diversas organizaciones humanitarias y sociales de ese país.

Tropas extranjeras sin ley que tienen más poder que un habitante de Paraguay. Y este país ha renunciado a la posibilidad de demandar a Washington ante la Corte Penal Internacional, violando su propia legislación, ya que está adherida a ésta.

Paraguay es un país que no termina aún de salir de las penumbras de una dictadura que duró 35 años (1954-1989) sostenida por Estados Unidos, que luego fraguó el golpe de Estado contra su socio y amigo, el dictador Alfredo Stroessner (febrero de 1989), en un absoluto acto de gatopardismo: cambiar algo para que nada cambie, colocando en su lugar nada menos que al segundo de aquella dictadura, el general Andrés Rodríguez.

Desde ahí en adelante la transición fue un juego de golpes y contragolpes del Partido Colorado, que respaldó a Stroessner y que ha continuado en el poder hasta el actual y débil presidente, Nicanor Duarte Frutos.

Durante ese breve respiro en búsqueda de una democracia -que nunca ha llegado- surgieron organizaciones campesinas, sociales, sindicales, incluso algunas nuevas luces en el campo de la cultura y en el año 1992, el descubrimiento de los Archivos del Horror permitió desnudar la esencia terrorista de la dictadura proestadounidense, que sirvió como base central de la CIA, el FBI y otros organismos.

Si la memoria prevaleciera entre la maraña informativa y desinformativa de estos tiempos, se debería recordar el papel cumplido por Paraguay en la desestabilización del gobierno de Salvador Allende en Chile, hasta llegar al golpe de Estado de 1973. Y de cómo entre los dictadores Augusto Pinochet y Alfredo Stroessner se comenzaron a tejer, desde 1974, los lazos de lo que luego sería la Operación Cóndor, la coordinadora criminal de las dictaduras del Cono Sur en los años 70. Y ahora Washington regresa con todo a Paraguay, no sólo para poner allí una base, ya que la infraestructura está desde hace mucho tiempo en el lugar , tanto en el enorme aeropuerto de Mariscal Estigarribia, a 250 kilómetros de la frontera con Bolivia en un pueblo en el desierto donde pueden aterrizar aviones Galaxy, B52 y otros de transporte de equipo pesado y tropas, sino para que todo el país sea una base propia.

En lo interno, la potencialidad de conflictos se agudizará por la presencia de estas tropas invasoras, mientras que el significado que tiene para la región es de una gravedad extrema. La acción es parte del diseño geoestratégico de recolonización de América Latina que avanza con la militarización del Plan Colombia, Puebla Panamá, Plan Patriota, Iniciativa Andina, Proyecto Horizonte y otros, y el diseño de maniobras en todo el continente.

Amenaza permanente

La presencia de tropas norteamericanas en Paraguay, diseminadas por las fronteras comunes de ese país con Brasil, Bolivia y Argentina, se convierte en una amenaza permanente, ya que estarán en ejercicios constantes, bajo el disfraz de tareas de apoyo en salud, en realidad de acción cívica, uno de los esquemas básicos de la guerra de baja intensidad (GBI), reciclada para los años 90 desde su proyecto inicial dentro de la Doctrina de Seguridad Nacional, que Estados Unidos implantó en todo el continente con las dictaduras militares de los años 70.

El renovado esquema de GBI, por medio del cual se preveía la contención, represión y control -con presencia anticipada en cada lugar- de todos los conflictos sociales que surgirían en los años 90, se estructuró "preventivamente" ante los planes diseñados por ellos mismos en el Consenso de Washington, que derivarían en desempleo, extrema pobreza, pauperización de las masas rurales, además de reclamos en defensa de la soberanía e independencia gravemente afectadas.

Este fue el planteo tanto del Pentágono como de los ideólogos de la ultraderecha que diseñaron los planes de la política exterior, en vigencia desde los años 80. También toda la política contra el terrorismo, que hoy somete al mundo a las decisiones imperiales, estaba diseñada en la GBI mucho antes de los atentados de septiembre de 2001 en Nueva York. En realidad este era el argumento para apoderarse de recursos de América Latina, lo que hoy es el motor de esta invasión silenciosa.

Estas tropas en Paraguay incursionarán sobre la zona de la Triple Frontera, que une a Paraguay, Brasil y Argentina, lugar elegido por Washington desde hace tiempo para instalar un asentamiento militar o para mantener tropas de despliegue rápido. Además allí existe en el subsuelo el acuífero Guaraní, una de las mayores reservas de agua dulce en el mundo, petróleo, gas y recursos de biodiversidad tanto del país como de los territorios vecinos.

El acuífero puede garantizar agua a la actual población del mundo por 180 años a un promedio de cien litros de agua por persona. Hay que imaginar, además, que con tropas en distintas zonas fronterizas se amenaza por el norte, sur, este y oeste a los países más importantes de América Latina y se van a formar cerrojos sobre las zonas más codiciadas, como la región amazónica.

Estos son los objetivos del trazado de bases, abiertas o encubiertas algunas, que se construyen en la Tierra del Fuego, en el extremo sur de Argentina, o de los asentamientos en Mazaruca, delta de Entre Ríos, y en Misiones, fronteriza con Paraguay.

Radares y bases militares

Estados Unidos controla con radares ya casi todo el continente. A fines del año pasado, y en cifras muy conservadoras, se citaban seis fijos: tres en Perú y tres en Colombia y once móviles y secretos en seis países del área andina y caribeña. Pero son varios más los que se incorporaron en cada una de las maniobras militares conjuntas dirigidas por Washington en estos dos últimos años.

Con el remozado esquema de la GBI y bajo el disfraz de la guerra antiterrorista, cada día Estados Unidos avanza un paso en la región, mucho más allá de las conocidas bases de Manta (Ecuador), Soto Cano (Honduras), Reina Beatriz (Aruba), Hato Rey (Curazao), Comalapa (El Salvador) entre varias otras. Ahora llegó el turno de Centroamérica, después de firmar con algunos países el tratado de libre comercio (Cafta) -documento básico de la recolonización de esa zona- que deberá permitir el ingreso de tropas. El más adelantado es Honduras, donde ya existen bases, y en El Salvador hay la decisión de instalar un verdadero Comando Sur policial.

La lenta reacción de los gobiernos latinoamericanos y el desconocimiento de la mayoría de los pueblos posibilita esta invasión silenciosa, como lo ejemplifica Paraguay donde el Congreso ocultó a la población el acuerdo que significa la virtual ocupación de ese país. La medida votada por el Congreso el pasado 26 de mayo se tomó después de la visita del vicepresidente paraguayo, Luis Castiglioni a Washington, para entrevistarse con su colega Dick Cheney, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y el ex jefe de la diplomacia para América Latina, Roger Noriega, entre otros.

Allí quedó en claro el papel que se asignará a Paraguay en los entramados geoestratégicos del imperio para la región, con el tratado de seguridad hemisférica, defensa, lucha contra el terrorismo y el envío a ese país de expertos del Centro de Estudios Hemisféricos de Defensa del Pentágono, para dictar un "Seminario de planificación del sistema de seguridad integral nacional". También se anunció la instalación de una gran oficina del FBI en Asunción y días después -mediante asesoría y financiamiento de Corea del Sur- el gobierno paraguayo anunció que toda persona que salga o entre al país será fotografiada y se le tomarán sus huellas digitales, dentro de un nuevo "programa de seguridad".

Por estos días también se anunciaron grandes maniobras en Panamá, y en otros países de la región. Mientras se daban estos pasos, el gobierno de Washington ratificó la extensión de la ayuda para el Plan Colombia, después de convertir a ese país andino en un singular portaviones de Estados Unidos. Allí apoya a un gobierno como el de Alvaro Uribe, que ha hecho del paramilitarismo su socio cotidiano. Los paramilitares colombianos, junto al ejército de la seguridad nacional de ese país y bajo las órdenes del Comando Sur, matan a razón de más de dos mil personas por mes. En esta tragedia de comparar cifras, en Colombia cada mes se producen tantas víctimas como todas las que tuvo la dictadura de Pinochet. Esto da cuenta del genocidio en ese país olvidado.

Este entramado tiene que ver con las necesidades del imperio de "reasegurarse el patio trasero", cuando se extingue el pantano de Iraq, y a sus empresarios, que se regodeaban con las ganancias petroleras de la ocupación colonial del territorio iraquí, la sonrisa se les ha congelado.

Necesitan venir por más a territorios más cercanos, donde desde los años 90 llevan a cabo una invasión silenciosa que comenzó con la aplicación del Consenso de Washington y el huracán neoliberal, que destruyó lo poco que se iba reconstruyendo de América Latina.

El plan estaba previsto dentro del esquema de la GBI: tomarse América Latina en un proyecto que abarca lo económico, político y militar. Para ello se contaba con la apropiación de los medios masivos de comunicación, la destrucción educativa, cultural y la exclusión masiva, cuando ya advertían en los años 90 que la región iba a estallar por el tema de la deuda externa, la masiva pobreza, el desempleo, las necesidades de los más postergados como son los indígenas y campesinos. Todo estaba previsto en las reuniones del Comando Sur de Estados Unidos y los diseñadores de la política exterior en esos años 90.

La sucesión de documentos de Santa Fe, creación de los hombres del más duro neoconservadurismo, habla a las claras de estos planes. Los están cumpliendo al pie de la letra, como lo muestra esta invasión silenciosa que significa la guerra de baja intensidad.