Parafraseando al maestro Manuel González Prada se puede decir: ¡Perú es un organismo enfermo, donde se aplica el dedo, brota una ONG! En efecto, es hasta probable que un porcentaje minúsculo de estas entidades reconozca limpieza y sinceridad, pero el resto constituye una institucional y muy taimada estafa con la fe pública, so pretexto de la custodia de derechos humanos, sociales, educativos y de todo orden. Cada vez que hay que birlarle dólares imperialistas a gringos profundamente idiotas ¡hay que formar o apelar a una ONG (organización no gubernamental)!

¡Nadie o muy pocos les denuncian porque las ONGs tienen cuasi capturado el aparato informativo nacional vía personas claves o sufragadas o redes radiales y televisivas al servicio exclusivo de sus “verdades”! Quien se meta con ellos, corre el peligro de trocar en muerto viviente o incurrir en el deceso civil. Pero, si los guarismos son fríos, no hay duda que gran parte del dispendio que el Estado demuestra en horas de la transferencia, éste se verifica en consultorías que las ONGs o sucedáneos con alias galanos, perpetraron con el dinero público y con el inconfundible y perverso cometido de robar al Estado, vivir bien en nombre de los pobres e institucionalizar la ficción de la necesidad que se tiene de estas organizaciones que actúan políticamente con muchos fondos pero que no concitan ni el más mínimo respaldo en las urnas.

Del 95% de “analistas, consultores, estrategas, internacionalistas, especialistas” que merodean por todos los canales, diarios y radios, de ese porcentaje significativo, la totalidad pertenece a ONGs o entidades similares. Por tanto, generan una urdimbre de autoelogios recurrentes, citas entre sí respecto de sus “libros” o “ensayos” y producen no pocas arremetidas corporativas en los Estados nacionales o sus dependencias. De modo que “aconsejan” la marcha de lo que ellos llaman “sociedad civil”.

La ineptitud y cretinismo de los partidos políticos, en absoluta decadencia, deja el espacio libre para que otras agrupaciones les reemplacen, con el agravante crematístico que obtienen dinero a raudales y viven bien, obtienen bienes inmuebles, viajan con muchísima frecuencia y consiguen el “reconocimiento”, a fuer de insistentes, de la sociedad que no puede sino “rendirse” ante su continente intelectual que, las más de las veces, pasa por los trillados caminos de eslóganes y libretos anacrónicos.

Las denuncias de los últimos días dan cuenta de cómo es que se ha dilapidado el dinero público en consultorías, mejor dicho “vividurías”. La pregunta es ¿cómo se van a combatir estos desmanes? No es sólo que le roben, con legalidad hechiza y muy bien armada, a los gringos idiotas su dinero. Sino que también incurren en un robo sistemático y mucho más letal, contra la fe del pueblo personificado en el Estado. ¿Alguien puede decir si alguna ONGs o consultora, da soluciones reales o paliativos? Tómese en cuenta que discurrir por caminos absolutamente francos, yugula ¡de inmediato! la prosecución de tallercitos, pago de sueldos obesos, fórums, edición de folletos, cartas, separatas y demás monsergas.

El camino típico de los traficantes de la pobreza es dar lo que los Estados incapaces de movilizar recursos honestamente a través de vectores políticos honestos, deberían procurar. Entonces, ¿cuál el derrotero?: un Estado profundamente embebido de su propósito social, dispuesto a señalar a los ladrones y pulverizar a los rufianes de cualquier signo político, presentes y pasados! ¡Más aún! A todos los que se aprovecharon, con el pretexto que fuere, de los dineros públicos, hay que enjuiciarlos y procesarlos para que ¡devuelvan lo robado! Sólo así podrá garantizarse que el hurto y estafa sea una genuina lacra punible contra la sociedad. ¡Así se pretendan cubrir con consultorías u ONGs capaces de mercadear con lo que tengan a mano!

No sería raro que arrecien los ataques, aunque, y somos los primeros en reconocerlo, no tenemos ninguna importancia.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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