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El espectáculo debe seguir, reza una vieja consigna de los escenarios. El espectáculo, claro está, sigue y abarca hoy el resto de la programación, que ha de desarrollarse bajo los criterios del drama, que para este caso es también el criterio del terror, del dolor ajeno -que puede ser el propio- y el impacto visual, traducidos bajo el concepto de rating. Abarcar la mayor audiencia posible con todos los mecanismos posibles. Un ejercicio que finalmente acaba en el promedio estadístico, en un algoritmo compuesto por el número de mentes interesadas en la pantalla, su poder adquisitivo y los retornos, medidos en ingresos publicitarios.

24 Horas, el informativo central de TVN, ha devenido en un espacio que en la prensa escrita nacional halla sus referentes en La Cuarta o en Las Ultimas Noticias. Un espacio informativo audiovisual que se transparenta a sí mismo en su necesidad de adaptar su programación, aunque ésta sea informativa, a los intereses o la falta de intereses de la audiencia.

Pese a tener como conductores a dos de los periodistas más competentes de la televisión, la modificación en los contenidos y en el formato de estos contenidos ha sido demasiado evidente desde el cambio de editor jefe, hace unos pocos meses. El resultado, o el elaborado producto, es un continuo de casos policiales, dramas personales, algo de información institucional y cosas raras, como enfermedades exóticas o historias de fantasmas. Entre tan exuberante material aparecen, en constreñidos y fugaces bloques, noticias supuestamente irrelevantes para TVN, como reformas constitucionales, caso MOP-Gate y elecciones. Que nadie diga que TVN no cubre la información política.

La tendencia, aun cuando respondería a la recuperación de una perdida audiencia, refleja también el momento político nacional, con un gobierno saliente asediado por casos de corrupción y elecciones en el corto plazo. Para generar una imagen de neutralidad partidaria, TVN esquiva la información política y opta por el espectáculo. En el intento por evitar conflictos, derriba de un solo golpe su función como medio de información. Una estrategia que puede llegar a ser comprensible en un medio privado, pero es inaceptable en uno de carácter público.

El teórico norteamericano Neil Postman afirmaba en su ensayo Divertirse hasta morir que la televisión ha reducido la política, la religión, los deportes, la vida social o el comercio a un espectáculo. Todas estas actividades han sucumbido hasta morir en una patológica diversión, lo que queda en evidencia al observar por ejemplo que el discurso político ha terminado en un extraño relato compuesto por el marketing y la retórica del show business. La ubicua televisión ha reducido los contenidos y los ha convertido en imágenes, podríamos decir en un trabajo dramatizado de edición. Un proceso que pone sus teorías muy cerca del famoso aforismo de MacLuhan: "El medio es el mensaje". Esto es, el medio, la televisión en sí misma, reemplaza a los contenidos. Otros autores coinciden con Postman al afirmar que la televisión es un medio que se consume más allá de su programación: vemos TV sin importarnos demasiado si hay una película, una serie o un reportaje. Ante la obsesión por la televisión perdemos la capacidad de selección y discriminación.

La televisión chilena y TVN, que es el caso que nos preocupa, ha llevado este fenómeno hasta sus últimas consecuencias, lo que significa haber vaciado de contenidos relevantes sus informativos. Ante una audiencia moldeada y también deformada por la televisión "apolítica" de la dictadura, ante una cultura corporativa y política que privilegia la rentabilidad de una empresa por sobre su función o la calidad de su producto, es difícil pensar en una televisión distinta a la que tenemos. Pero convertir el informativo del principal medio público en un show de la crónica roja, es otra cosa