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Sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano.
Pablo Neruda

Parada frente a las fotos de los candidatos, ella veía repetirse la historia del PRI en un partido de nueva fundación, pero con el mismo origen. Los mismos apellidos en rostros más jóvenes, pero con las mismas viejas ideas que permitieron conservar la hegemonía de la clase dominante.

Frente a las fotos sufría la impotencia de verse envuelta en las viejas prácticas mapachistas [1] , las cuales, desde su quehacer profesional, solía criticar y combatir.

Por un lado, no podía quejarse. Tenía un trabajo apasionante, y en poco tiempo, había logrado reforzar su auto confianza y algunos pequeños éxitos, que para ella, eran grandes pasos que la hacían sentirse orgullosa. Sus garabatos, como solía referirse a sus textos, habían sido reproducidos por varios medios, y le habían valido algunos reconocimientos.

Sin embargo, su empleador no ofrecía garantías de estabilidad laboral, no tenía contrato ni prestaciones y desde el inicio había experimentado esa sensación de estar trabajando gracias al favor y buena voluntad de un gran poder corporativo, que ni siquiera tomaba en cuenta la calidad de su producción. La convocatoria fue para todos, incluso para los que se encontraban disfrutando del período vacacional. Les solicitaron llenar unas planillas con personas que tuvieran intención de voto al partido, proporcionando los datos y número de credencial electoral. Luego solicitaron su cooperación y la de sus compañeros como “observadores” por parte del partido durante la jornada electoral. Como inmigrante tenía vedada todo tipo de actividad política. Eso podía eximir su participación. Sin embargo, la “invitación” venía con la siguiente aclaración: “...se cotejará la lista de “colaboradores” con la nómina, lo cual beneficiará la permanencia en la institución”. Si eso no es una amenaza...las amenazas, ¿cómo son?.

Con la responsabilidad de dos hijos encima reflexionó; era más probable que fuera despedida por negarse a contribuir, que ser expulsada del país por colaborar con un grupo político. Era la primera vez que enfrentaba una situación similar. Ni durante la más dura etapa del proceso militar en Argentina, trabajando para la administración pública, había sido víctima de tal intimidación. La indignación, la vergüenza, la impotencia se apoderaban de ella.

Recurría infructuosamente al legado de su padre, a sus enseñanzas, a la formación que había recibido fundada en los valores, en la integridad moral y en el respeto. Pero no encontraba en todo ello una respuesta meritoria a tal escenario; no podía perder su trabajo. Apretando los labios recibió las instrucciones para realizar su comisión como observadora del partido, mordiéndose la lengua para no gritar la inmoralidad. Se formó detrás de otras personas para recibir el “recurso”, forma en la que eufemísticamente llamaban al dinero que se les daba para sufragar los gastos que ocasionaba el trabajo que realizaría. Tuvo que repetir varias veces su apellido porque la voz no salía de su garganta. Con las uñas clavadas en las palmas de sus manos y el último pedacito de decencia que le quedaba renunció al dinero que le ofrecían.
-  “Por favor, lo va a necesitar, compañera. Es lo justo”, dijo el señor, mientras sonreía con sarcasmo, por la acción que consideraba falso orgullo.
-  “No se preocupe, habrá quien lo necesite más”, contestó, mientras pensaba: “Yo no soy tu compañera, estoy siendo obligada”. No fue un acto de orgullo, era el último resto de dignidad, de altivez y de respetabilidad que le quedaba. Lo único que la hacía sentirse menos mal. Al menos no había sido comprada con dinero. Salió del lugar con las instrucciones claras a cumplir su función. Pero no pudo evitar llorar desconsoladamente en la puerta del lugar por la gran humillación de cual había sido víctima, sabiendo que sería difícil mirar a los ojos de sus hijos para pedirles una gestión honorable de sus vidas.

Esta puede ser tu historia, o la de tu vecino, o tal vez, sea la mía. Lo cierto, es que se ha venido repitiendo en México por muchas décadas y es una práctica que no ha dejado de realizarse, a pesar de la apertura democrática y del aumento de la participación ciudadana en la política.

El derecho a trabajar honestamente, a expresarse políticamente, a participar o no a favor de ciertos grupos o sectores, el derecho a “ser”, a “elegir” con libertad no puede seguir siendo atropellado con la prepotencia de la autoridad patronal. Todos necesitamos trabajar, todos tenemos el derecho a trabajar sin ser obligados a participar en actividades políticas si no tenemos la voluntad de hacerlo, bajo amenazas de consecuencias nefastas en el aspecto laboral, que tal vez nunca lleguen. En lo que las represalias se hacen efectivas, el daño ya está hecho, la dignidad fue pisoteada por un grupo de bravucones con poder, el orgullo y la decencia fueron totalmente mancillados.

El terrorismo laboral es moneda corriente en México y se hace más evidente en períodos electorales, y la gente decente, las personas que diariamente ganan su sustento y el de su familia con su esfuerzo y responsabilidad sólo pueden, como el personaje de nuestra historia, apretar los labios, clavar las uñas en las palmas de las manos y rechazar la dádivas para hacer menos pesada la culpa y la vergüenza.

En cuanto alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad de hombre, ninguna tiranía puede dominarle.
Mahatma Gandhi

[1] Mapache es un animal mexicano que se desplaza como un roedor, que por las noches entra subrepticiamente en los gallineros con la intención de llevarse consigo una de las aves. El «mapachismo» en jerga maxicana designa a alguien que entra por ejemplo en una casilla electoral y que en lugar de depositar un voto deposita 50 marcados en favor del mismo candidato. Es mapachismo tratar de inducir, en la misma fila donde se forman los electores para llegar a la casilla y la urna, al voto en favor de determinada persona ofreciendo dinero o favores. También es mapachismo fijar propaganda impresa de cualquier partido en los muros vecinos a la casilla, para inducir el voto. El PAN (Partido de Acción Nacional) fue el primer partido que adjudicó al PRI la práctica del mapachismo, consistente en realizar las vísperas o el día de la elección varias operaciones ilegales fuera de la vista del público, es decir, actuando como mapaches.