En uno de los más desopilantes mamarrachos producidos por la Defensoría del Pueblo capitaneada por Beatriz Merino, esta entidad acaba de emitir un “certificado de desaparición”. Al margen del dolor humano que pueda haberse causado por sinrazones violentas contra personas, no se entiende ¡cómo es que la DP ni siquiera se inmuta cuando en Cajamarca 3 mil galones de petróleo contaminan un río y envenenan la ingesta de los lugareños y no dice chis ni mus! Lo truculento del aviso estriba en que el mensaje de Beatriz Merino para el nuevo gobierno es ¡por si acaso, aquí estoy!

Cuando las explosiones en el gasoducto-estafa de Camisea la DP reaccionó tarde y forzada por las circunstancias y el marasmo burocrático recayó, como de costumbre, sobre su evaluación de entonces. Ni el Estado ha reaccionado con la fuerza que da la indignación de los derechos humanos zaheridos y violentados por las empresitas tramposas en el Sur andino y en los departamentos de Cusco, Ayacucho e Ica y tampoco se ha atendido, en cautela de su proyecto de vida, a los miles de damnificados de aquellos lugares.

Se están produciendo casos gravísimos de violencia del Estado contra ronderos y campesinos de Piura en la Mina Majaz porque estos protestan contra la explotación y exploración contaminadora y devastadora de los bosques de neblina y contra especies de la fauna únicas en el mundo que perecerán irremediablemente. El antecedente de Tambogrande cuando el pueblo expulsó con paciente heroísmo a la Manhattan desnuda la indolencia y brutalidad en que navegan las instituciones del Estado, en primer lugar, la Defensoría del Pueblo.

¿Qué defiende la Defensoría del Pueblo y cuál hasta ahora el papel de Beatriz Merino? La señorita de marras se ha dedicado al triste y censurable papel de gonfalonera de sus amigotes. Condecoró al escritor español Mario Vargas Llosa y nadie sabe porqué causas aparte de su fraternal vinculación con aquél. El toma y daca palurdo y republicano se comprobó cuando en Cancillería le otorgaron a la Merino una presea cuyo misterio de méritos también estriba en los arcanos burocráticos. En cambio que se sepa hasta hoy no hunde sus delicados pies en el barro de Choropampa, ni en Hualgayoc, ni en Huancabamba por no nombrar Kiteni, Kepashiato, Alto Shimá y otras zonas. ¿No sería interesante que lo hiciera por mínimo decoro?

El Establo parlamentario que felizmente se fue con más pena que gloria, premunido del altísimo honor de constituir una de las expresiones más deprimentes de la mediocridad legiferante, nombró a Beatriz Merino como Defensora del Pueblo. Y hasta hoy la funcionaria de marras no explica qué quiso decir cuando anunció que había avanzado gestiones para traer capitales para obras de infraestructura y saneamiento. Hasta donde mis conocimientos alcanzan, la Defensoría del Pueblo y el Defensor, no pueden ser, de ninguna manera, gerentes tácitos o cabilderos profesionales de empresas transnacionales. ¿O sigue siendo empleada del Banco Mundial?

¿Emitirá la DP certificados de estupidez, debilidad mental, latrocinio legalizado, color de piel, hermandad de las ONGs traficantes de la pobreza, “decencia” de gentes por vivir en zonas residenciales, de ahora en adelante? Cuando las instituciones del Estado subvierten sus cometidos se producen eructos altisonantes. El próximo Establo, si tiene alguna pizca de sentido crítico constructivo, tiene que enviar a su casa a Beatriz Merino y, si es preciso, darle las gracias en sesión solemne por la multitud ficticia de servicios prestados. ¡Y pensar que hay aún gente buena que creyó que librándose de la garrapata anterior, la Defensoría iba a caminar por las anchas avenidas de la reivindicación genuina del pueblo! ¡Qué fiasco!

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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