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Uno de los principales objetivos declarados de la política exterior de Washington y sus aliados es la propagación mundial de la «democracia». Con una exaltación mesiánica llena de amenazas el presidente George W. Bush hizo de esto el eje central de su segundo discurso de investidura. La promoción de la democracia se ha convertido igualmente en la justificación, a posteriori, de la invasión ilegal a Irak y en la justificación a priori de la mayor parte de los cambios de régimen con los que sueñan los más iracundos dirigentes estadounidenses.

El diario australiano The Australian reproduce fragmentos de un artículo del ministro de Relaciones Exteriores Alexander Downer, inicialmente publicado en el periódico del Partido Liberal australiano, en el que retoma los principales ejes retóricos de la vulgata «democrática» y reafirma su fe en la promoción de la democracia, en la que Australia participa tanto en Irak como en las islas Salomón.
Lamentablemente para Downer, parece que, como ya es costumbre en él, tuviera cierto retraso en cuanto a los conceptos de propaganda a la moda. En efecto, aún en julio de 2004, sostenía obstinadamente que Australia había participado en la guerra de Irak para privar a Sadam Husein de sus armas de destrucción masivas en un momento en que la administración Bush y el gobierno Blair ya habían renunciado a este argumento desligitimizado. En la actualidad, repite su fe en la promoción de la democracia en términos cercanos a los que utilizaba George W. Bush durante su discurso inaugural en enero de 2005 y que se encuentra dormido desde entonces.

Como lo hemos visto en lo referente a Irán, altos dignatarios estadounidenses recomiendan ahora un acercamiento más «realista» a los temas internacionales y sobre todo al objetivo del «cambio de régimen», corolario del discurso sobre la «democratización».
Haciendo frente a dificultades militares en Irak y sin poder contener el surgimiento de un eje Teherán-Moscú-Pekín alrededor de la Organización de Cooperación de Shangai, una parte de las élites washingtonianas, y especialmente de los diplomáticos del Departamento de Estado, revisa sus ambiciones, moderándolas, o tratan de ganar tiempo, esperando encontrar más tarde una oportunidad que les permita lograr sus fines. Así, de lo que se trata ahora es de negociación con Teherán o de discusiones directas con Pyongyang, e incluso del retorno a los principios del retorno al derecho internacional.

Esta actitud provoca la ira de los extremistas que acusan a la administración Bush de traicionar los objetivos de «democratización» que se había trazado.
Los dos investigadores del think tank neoconservador American Enterprise Institute, Danielle Pletka (ex directiva del Committee for the Liberation of Iraq) y Michael Rubin (ex asesor de Donald Rumsfeld y de la Auitoridad Provissional de la Coalición en Irak), se lamentan en Los Angeles Times del giro tomado por al democracia estadounidense. Son de la opinión de que bajo la conducción de Condoleezza Rice, Washington se convierte al «realismo» y abandona la «democratización» del Medio Oriente, uno de los objetivos de los neoconservadores. Deploran la falta de apoyo de la administración Bush a los disidentes chinos y la falta de presión sobre Egipto, Líbano, Siria o Corea del Norte.
Ambos autores son imitados en el International Herald Tribune por Amr Hamzawy y Michael McFaul, de la Carnegie Endowment for International Peace (M. McFaul es igualmente miembro de la National Endowment for Democracy). Los dos se concentran en el tema egipcio y los irrita lo que consideran suavidad por parte de la administración Bush. Acusan al régimen de Hosni Mubarak de volver atrás en cuanto a los avances democráticos obtenidos bajo la presión estadounidense y piden a Washington que a partir de ahora condicione la ayuda financiera a una liberalización del régimen. Hamzawy retomará las líneas fundamentales de este argumento en una tribuna publicada únicamente con su nombre en el Daily Star (filial del New York Times como el International Herald Tribune) extendiendo su lógica no sólo a Egipto sino a los demás países del «Gran Medio Oriente» y afirmando, según la vulgata bushiana, que favorecer las autocracias árabes es hacer el juego al islamismo.

Así las cosas, se imponen algunas aclaraciones. En primer lugar, podría pensarse que asistimos a una manifestación de cólera de demócratas idealistas que desean que la libertad y la democracia se desarrollen por doquier en el mundo y los entristece que las promesas de George W. Bush no hayan sido cumplidas. No es este el caso.
La neolengua en vigor en Washington ha transformado la palabra «democracia» en un argumento justificativo de su política. Como escribía Jeane Kirkpatrick en su famoso artículo de 1979 «Dictatorships and Double Standards» publicado en la revista Commentary: «Aunque la mayor parte de los gobiernos del planeta sean, como siempre lo han sido, autocracias de un tipo u otro, ninguna tiene más influencia en los americanos educados que la de que es posible democratizar gobiernos por doquier, todo el tiempo y en cualquier circunstancia». Así, la lucha por la democracia ha sido el argumento que ha servido de objetivo oficial a la mayor parte de la política exterior estadounidense. En nombre del fortalecimiento de la democracia, Madeleine Albright y luego Condoleezza Rice han querido construir una «comunidad de democracias» que asegurará la preeminencia de Washington sobre sus aliados y servirá de base para un sistema internacional únicamente en beneficio de los Estados considerados «democráticos» por los Estados Unidos. Para los neoconservadores, el argumento democrático sirve de justificación para el derrocamiento de regímenes enemigos (ayer Irak, hoy Siria o Irán) o considerados no muy cooperativos (Egipto). Los regímenes instaurados en Irak o Afganistán demuestran que era más la docilidad que la democracia lo que se buscaba.
El presidente de la escuela de gobierno y dirección política de la universidad Bahcesehir de Estambul, y ex encargado de misión de la ONU, Adel Safty, recuerda además en el Gulf News que los autores de referencia de los neoconservadores no son demócratas. El analista retoma los textos de académicos que recuerdan la influencia de Leo Strauss y Carl Schmitt sobre la administración Bush y su ideología. Ambos ideólogos fascistas han desarrollado un pensamiento que hace de la existencia de una amenaza exterior un requisito para el orden político estable. Así, el discurso democrático de la administración Bush no es más que un barniz dado especialmente por Nathan Sharansky que viene a superponerse a problemáticas ajenas a la real democratización, ya que supone que los pueblos «democratizados» vean su soberanía sometida al control de un país extranjero.

De este modo, no deben comprenderse las quejas de los neoconservadores como una voluntad de promoción de la democracia sino como la manifestación de una decepción en cuanto a los resultados obtenidos por la administración Bush y a una guerra de clanes en su interior.
Veamos sin embargo que los neoconservadores han recuperado la esperanza con el ataque israelí contra el Líbano, lo que analizaremos en otro artículo.

Sin embargo, esta omnipresencia de la retórica «democrática» ha contaminado el debate sobre la acción de los Estados Unidos en el mundo. Es frecuente ver editorialistas de la prensa dominante occidental interrogarse sobre lo bien fundados de los métodos de la administración Bush teniendo en cuenta su objetivo, que era, no lo dudaban, la democratización del mundo. Esta ceguera no es únicamente de la prensa occidental.
Así, en el periódico saudí Arabrenewal, el escritor y periodista de la misma nacionalidad Ossama Abdelrahmen no cree en el concepto de democratización del «Gran Medio Oriente» escenificado por los Estados Unidos. No obstante, el autor considera que Estados Unidos tiende a imponer mediante las armas una forma de democracia calcada del modelo estadounidense que no es conveniente para el mundo árabe. No cuestiona la voluntad de Estados Unidos de «democratizar» a los países árabes y pierde de vista la orientación colonial del proyecto.

¿Acaso las protestas neoconservadoras manifiestan la pérdida de influencia de esta corriente de pensamiento en Washington? Lamentablemente no, responde el analista panárabe, Patrick Seale, en el periódico sirio Syrianobles. Considera que la política exterior de Washington sigue marcada por el sionismo extremista de los neoconservadores que mantienen su influencia mediante los think tank de Washington, de modo que la influencia «moderadora» de la Srta. Rice sólo sería una ilusión.
Por nuestra parte señalaremos que las críticas acerbas de los neoconservadores apuntan, como acostumbran, al Departamento de Estado. En el primer mandato de George W. Bush hicieron a Colin Powel su chivo expiatorio, papel que corresponde ahora a Condoleezza Rice. Sin embargo, los neoconservadores critican ahora también al propio presidente. Esta extensión puede ser interpretada como una maniobra coordinada con la administración Bush para llevar su política al extremo, aunque también puede expresar un arrebato teórico propio de este tipo de ideología y, en este caso, provocar el alejamiento de los neoconservadores.