Como herramientas de poderosa inteligencia, que por serlas no me pertenecen, deviene inexcusable rescatar estos dos conceptos: interregno depurador de Javier Valle Riestra y gobernabilidad básica de Luis Alberto Salgado. En momentos en que la repetición cacófona amenaza invadir el nuevo gabinete, distorsionando, de algún modo, el sentir popular de junio que derrotó cabal y contundentemente a las fuerzas reaccionarias y antipatrióticas de la derecha más miope, hay fanales que conducen por las alamedas democráticas y ni la molicie o la bulla pueden menoscabar los ideas de estas dos personalidades.

Según Valle Riestra el interregno depurador constituye un momento militante de reflexión para pensar y corregir, corregir y pensar, el arbitrario y abusivo uso que se dio a las leyes en los últimos lustros. No sólo que el chisme, más que la prueba, la versión no actuada en el exigente cotejo de fuentes, sino que la mendacidad y la pasión, el gesto subalterno, presidieron el criterio de quienes debían impartir justicia y sancionar a los culpables y liberar a quienes fueran inocentes. Los intereses de pandillas, los guarismos de cenáculos acostumbrados a mal usar su poder corruptor, el mantenimiento del status quo, en que todos somos responsables por tanto nadie es culpable, salvo los más bobos y torpes, prevalecieron por encima de las más elementales normas del derecho. Limpiar este cenagal, purificar el alma peruana de tanto odio fabricado en usinas protervas, es, para don Javier, un acto indispensable de mea culpa para todos los que actúan en la cosa pública y privada. Por alguna razón que desconozco, a pesar de múltiples diálogos en ese sentido, Valle Riestra ha declinado profundizar un tema al que debería dedicar otro de sus ágiles y buidos ensayos.

El especialista y demócrata en el exigente ámbito de derechos humanos, Luis Alberto Salgado ha escrito recientemente: “Tanto la reforma del Estado y su modernización, como el necesario proceso de descentralización y regionalización, la elevación de los indicadores de desarrollo humano en educación, salud, seguridad alimentaria, seguridad ciudadana, etcétera, sólo podrán avanzar y afianzarse en la medida en que vayamos construyendo la gobernabilidad básica. Se sostiene que la gobernabilidad básica se va alcanzando con una política gubernamental permanente de derechos humanos integrales, mediante la construcción diaria y paulatina de consensos, con una voluntad gubernamental claramente expresada en acciones concretas, en decisiones de Estado explicadas en función de esos referentes de derechos humanos sustentados en un conjunto conocido de instrumentos internacionales de derechos humanos que incluyen los derechos a la vida y a la libertad, pero también los otros derechos civiles y políticos, y los no menos importantes: los económicos, los sociales y los culturales, cuya desatención y violación por parte del Estado explican la persistente crisis nacional”.

Un nuevo gobierno que impulse al alimón, por la fuerza de las circunstancias y por la justicia de su causa que el pueblo demanda, un interregno depurador en sus altas esferas burocráticas, judiciales, militares, parlamentarias y políticas y la persecución perseverante de una gobernabilidad básica con privilegio de todo lo referido a los derechos humanos, tiene garantizado un lugar de calidad integérrima en la historia nacional. ¡Precisamente, hay savia y riqueza y –cómo no- materia prima abundante a lo largo y ancho del territorio nacional!

Todo indica que las repeticiones ofensivas y embajadoras de fuerzas retrógadas que no ganaron los comicios pero que sí tienen prensa y poder, harán su (exclusiva y excluyente) gestión. El vicio de partida se advierte desde la génesis en el gobierno aprista. Por tanto, tendrá que aguzar el señor García Pérez su intuición para alentar imaginativos senderos por los que discurrir apoyándose en la fuerza social y militante de las masas populares, propias y ajenas. Cuando un gobernante olvida a quien lo eligió, empieza el nadir de su tragedia y esto es lo que hay que evitar porque el hombre de abajo y de a pie demanda un Perú libre, justo y culto, pero que no será obra –nunca- de los traficantes de la pobreza ni de los mandones consuetudinarios del país. En cambio nada más bello y acogedor que la construcción del pueblo y de su camino de liberación revolucionaria.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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