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Desde la caída del Muro de Berlín, los neoconservadores han experimentado y generalizado, a través de la National Endowment for Democracy (NED), un método de toma del poder indoloro en los Estados del Pacto de Varsovia y luego de la antigua Unión Soviética. La receta es simple para hacer creer que se han ganado las elecciones: se desarrolla el resentimiento popular contra los dirigentes en el poder alrededor de la consigna: «¡Ya estamos hartos!» Simultáneamente, se divulgan sondeos alterados que anuncian la inexorable victoria del partido favorable a Estados Unidos y se organizan incidentes en los colegios electorales. Basta entonces afirmar que las elecciones del partido en el poder han sido fraudulentas para que el partido favorable a Estados Unidos sea automáticamente proclamado vencedor de las elecciones y que las demás formaciones políticas sean olvidadas.
Después del derrocamiento del gobierno búlgaro en 1990, la prensa dominante en los Estados atlantistas ha aplaudido sin reflexionar cada vez que un partido favorable a Estados Unidos vencido en las urnas se apodera del poder mediante las calles. Extrañamente, cuando un gobierno altera manifiestamente el resultado de las elecciones para impedir que su oposición, contraria a Estados Unidos, le suceda en el poder, los mismos periodistas se vuelven ciegos.

El 2 de julio de 2006, los electores mejicanos fueron a las urnas para celebrar elecciones presidenciales. La Comisión Electoral (IFE) declaró que Felipe Calderón, el candidato del Partido Acción Nacional, del presidente saliente Vicente Fox, había obtenido un 0,5% más que su adversario de izquierda, Andrés Manuel López Obrador. Este último impugnó inmediatamente los resultados basándose en sondeos «a boca de urna» que le eran favorables y en pruebas de fraude masivo. Puso inmediatamente estos elementos en conocimiento del Tribunal Electoral y movilizó a sus militantes para que se realizara un nuevo conteo de votos.

Contrariamente a lo que afirma la prensa dominante internacional, Calderón no fue declarado vencedor oficialmente. El vencedor no puede ser declarado por el IFE, sino por el Tribunal Electoral (TRIFE) que aún no se ha pronunciado. Las recriminaciones de López Obrador han sido mencionadas sin muchas precisiones, caricaturizadas, presentándolo como un mal jugador (para un análisis detallado del conflicto, ver el abundante dossier en español preparado por nuestros colaboradores latinoamericanos). Igualmente, el apoyo logístico brindado por Estados Unidos a Calderón y Fox ha sido silenciado.

Este tratamiento parcial de las elecciones mejicanas es una prolongación de la línea editorial dominante para todo lo relacionado con América Latina. Si bien se pudo escribir con benevolencia sobre las victorias de los partidos antiimperialistas en Venezuela, Argentina, Brasil y Uruguay, se traspasó la línea amarilla con la nacionalización de los hidrocarburos en Venezuela y luego en Bolivia. De pronto, los líderes «populares» pasaron a ser «populistas» y la loable voluntad de soberanía económica se convirtió en odioso nacionalismo. La prensa la emprendió contra el presidente Evo Morales y tembló ante la idea de una posible victoria de Ollanta Humala en Perú.

El ex ministro de Relaciones Exteriores mejicano, Jorge Castañeda, aprovechó este ambiente para denunciar en una tribuna, muy bien difundida por Project Syndicate, el programa de su adversario político, López Obrador, acusado de desarrollar un programa similar al de Morales o Chávez. No fue el único que cuestionó al candidato de la izquierda mejicana.
En una entrevista publicada antes de las elecciones por el diario francés Le Monde, el presidente saliente, Vicente Fox, glorificaba su balance sin encontrar contradicción. Llegó hasta negar la existencia de problemas sociales mayores, admitiendo sólo problemas locales. Defendiendo ardientemente las medidas de libre comercio con Estados Unidos, denunció la actitud de Venezuela y el «populismo» de su presidente Hugo Chávez (de quien no habla muy bien Le Monde) asociado implícitamente a López Obrador.
Igualmente, siempre antes de las elecciones, Denise Dresser, editorialista del periódico mejicano Reforma, afirmaba en Los Angeles Times que muchos de sus compatriotas veían a Andrés Manuel López Obrador como peligroso y populista. Por su parte, en el New York Times y el International Herald Tribune, el redactor de la revista Letras Libres, presentaba a Andrés Manuel López Obrador como un exaltado mesiánico, peligroso para la democracia mejicana y que sin dudas hablaría de fraude si perdía las elecciones.

Los lectores de la prensa dominante estaban por lo tanto bien preparados antes incluso de las elecciones para no dar crédito a este individuo dudoso. Después de las elecciones, el tono no cambió.
Es muy difícil encontrar en la prensa dominante occidental un artículo que refleje las acusaciones de López Obrador.
El periódico mejicano El Universal publica por su parte el discurso pronunciado por el candidato ante sus partidarios el fin de semana pasado. Este afirma estar convencido de su victoria y disponer de numerosas pruebas que lo confirman. Pide que el Tribunal Electoral ordene un nuevo conteo y asegura que sus militantes no se desmovilizarán. Este punto de vista es apoyado por una gran parte de la prensa de izquierda latinoamericana.
El editorialista iraquí Adnan Hussein Ahmed asegura igualmente a los lectores del periódico en línea Rezgar, en lengua árabe, que el adversario de López Obrador es un lacayo de los neoconservadores. Para el autor, no hay dudas de que el candidato del Partido Acción Nacional, delfín de Vicente Fox, es, como su predecesor, un agente estadounidense encargado de atacar a la tendencia socialista en México y en las organizaciones internacionales latinoamericanas.

Sin embargo, en el resto de la prensa dominante internacional no es este el punto de vista que prevalece y el ataque contra Andrés Manuel López Obrador proviene nuevamente de Jorge Castañeda. Siempre gracias a Project Syndicate, el autor publica una tribuna inmediatamente después de las elecciones en El Nuevo Diario (Nicaragua), Los Angeles Times (Estados Unidos, el Korea Herald (Corea del Sur), Diario Las Américas (diario estadounidense de Miami en español), El Periódico (Guatemala), La Opinión (periódico estadounidense de California en español) y probablemente en otros en la que asegura la victoria de Felipe Calderón. Esta difusión parece ir dirigida fundamentalmente a los países vecinos de México y no corresponde a una difusión Project Syndicate «clásica», es decir, de las que tiene una amplia repercusión en la prensa anglófona asiática. Castañeda fustiga una vez más a Andrés Manuel López Obrador a quien acusa de populismo y de ser el heredero del autoritarismo del antiguo partido dominante, el PRI. Para Castañeda, no hay dudas de que Felipe Calderón ha sido correctamente electo y proyecta ya su programa: proseguir la política económica de Vicente Fox y llevar a cabo una reforma institucional tendiente a construir mayorías parlamentarias tras el presidente.
Comprendiendo que se había expresado demasiado rápido y que la crisis electoral no había terminado, Castañeda vuelve a la carga en el Washington Post algunos días después. Nuevamente reafirma que Calderón es sencillamente el nuevo presidente legalmente electo en México y que la agitación actual es fruto de la falta de experiencia frente a elecciones libres aunque reñidas, y pide respeto a los procedimientos electorales a fin de evitar que sean desviados por Andrés Manuel López Obrador. Matizando sus palabras, aconseja sin embargo a Calderón que adopte una parte de las propuestas de su rival para obtener el apoyo de los más pobres.
El ex embajador en Panamá y ex consejero de la campaña electoral de John Kerry, Robert A. Pastor, además director ejecutivo de la Commission on Federal Election Reform, resalta en Los Angeles Times los méritos del sistema electoral mejicano para denunciar mejor, sin nombrarlo, a Andrés Manuel López Obrador. Designa al candidato de izquierda como un político que cree ganar una elección al tener a la mayor cantidad de sus partidarios en las calles. Señalemos que esta descripción se aplica sólo a los dirigentes políticos que no son bien vistos por Washington y no a Mijail Saakashvili o Viktor Yushchenko. El autor considera el sistema electoral mejicano superior al de Estados Unidos aunque no sea perfecto. Basta ver los resultados electorales del año 2000 para estar convencido, pero, contrariamente al autor, no pensamos que esto disipe las sospechas de fraude.

No obstante, no todos son tan categóricos como Castañeda o Pastor.
Partiendo del ejemplo de las elecciones norteamericanas, el ex consejero de Al Gore durante las presidenciales estadounidenses del año 2000, Ronald Klain, también se muestra escéptico en el Washington Post. En una especie de carta de asesoramiento a Andrés Manuel López Obrador, el abogado le recomienda no seguir el ejemplo de Al Gore y no jugar únicamente la carta legalista, apostando por la movilización de sus militantes y el activismo. A Calderón le recomienda aceptar un conteo de los votos: quizás pierda, pero ha sido electo con una sospecha de fraude y nunca será legítimo a los ojos de la población.
Esta opinión sorprende al dejar entender que para Klain se produce hoy en México el mismo tipo de fraude que en Florida en 2000. Ahora bien, Klain es un clintoniano en el Partido Demócrata y pertenece a una élite estadounidense que siente poca consideración por López Obrador. ¿Habría que ver en esta tribuna un recordatorio de pasadas maniobras del clan Bush al aproximarse las elecciones de noviembre o bien una disensión en el caso mejicano en el Partido Demócrata?

Por su parte, Greg Grandin, profesor de historia latinoamericana en la universidad de Nueva York y colaborador del semanario de izquierda The Nation considera en el New York Times que en la actualidad están dadas las condiciones para una crisis mayor entre Estados Unidos y México sobre al cuestión agrícola y la inmigración. Considera que se avanza hacia un deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y México, así como hacia una radicalización de un campesinado mejicano privado de recursos por los acuerdos de libre comercio. Por lo tanto considera que Estados Unidos no debe apoyar a Calderón en la actual crisis y debe aceptar la renegociación del tema agrícola del TLCAN con el nuevo presidente electo, cualquiera que sea.
Ahora bien, es precisamente para evitar esta renegociación que Washington apoyó al candidato del PAN.

Desde la caída del Muro de Berlín, los neoconservadores han experimentado y generalizado, a través de la National Endowment for Democracy (NED), un método de toma del poder indoloro en los Estados del Pacto de Varsovia y luego de la antigua Unión Soviética. La receta es simple para hacer creer que se han ganado las elecciones: se desarrolla el resentimiento popular contra los dirigentes en el poder alrededor de la consigna: «¡Ya estamos hartos!» Simultáneamente, se divulgan sondeos alterados que anuncian la inexorable victoria del partido favorable a Estados Unidos y se organizan incidentes en los colegios electorales. Basta entonces afirmar que las elecciones del partido en el poder han sido fraudulentas para que el partido favorable a Estados Unidos sea automáticamente proclamado vencedor de las elecciones y que las demás formaciones políticas sean olvidadas.
Después del derrocamiento del gobierno búlgaro en 1990, la prensa dominante en los Estados atlantistas ha aplaudido sin reflexionar cada vez que un partido favorable a Estados Unidos vencido en las urnas se apodera del poder mediante las calles. Extrañamente, cuando un gobierno altera manifiestamente el resultado de las elecciones para impedir que su oposición, contraria a Estados Unidos, le suceda en el poder, los mismos periodistas se vuelven ciegos.

El 2 de julio de 2006, los electores mejicanos fueron a las urnas para celebrar elecciones presidenciales. La Comisión Electoral (IFE) declaró que Felipe Calderón, el candidato del Partido Acción Nacional, del presidente saliente Vicente Fox, había obtenido un 0,5% más que su adversario de izquierda, Andrés Manuel López Obrador. Este último impugnó inmediatamente los resultados basándose en sondeos «a boca de urna» que le eran favorables y en pruebas de fraude masivo. Puso inmediatamente estos elementos en conocimiento del Tribunal Electoral y movilizó a sus militantes para que se realizara un nuevo conteo de votos.

Contrariamente a lo que afirma la prensa dominante internacional, Calderón no fue declarado vencedor oficialmente. El vencedor no puede ser declarado por el IFE, sino por el Tribunal Electoral (TRIFE) que aún no se ha pronunciado. Las recriminaciones de López Obrador han sido mencionadas sin muchas precisiones, caricaturizadas, presentándolo como un mal jugador (para un análisis detallado del conflicto, ver el abundante dossier en español preparado por nuestros colaboradores latinoamericanos). Igualmente, el apoyo logístico brindado por Estados Unidos a Calderón y Fox ha sido silenciado.

Este tratamiento parcial de las elecciones mejicanas es una prolongación de la línea editorial dominante para todo lo relacionado con América Latina. Si bien se pudo escribir con benevolencia sobre las victorias de los partidos antiimperialistas en Venezuela, Argentina, Brasil y Uruguay, se traspasó la línea amarilla con la nacionalización de los hidrocarburos en Venezuela y luego en Bolivia. De pronto, los líderes «populares» pasaron a ser «populistas» y la loable voluntad de soberanía económica se convirtió en odioso nacionalismo. La prensa la emprendió contra el presidente Evo Morales y tembló ante la idea de una posible victoria de Ollanta Humala en Perú.

El ex ministro de Relaciones Exteriores mejicano, Jorge Castañeda, aprovechó este ambiente para denunciar en una tribuna, muy bien difundida por Project Syndicate, el programa de su adversario político, López Obrador, acusado de desarrollar un programa similar al de Morales o Chávez. No fue el único que cuestionó al candidato de la izquierda mejicana.
En una entrevista publicada antes de las elecciones por el diario francés Le Monde, el presidente saliente, Vicente Fox, glorificaba su balance sin encontrar contradicción. Llegó hasta negar la existencia de problemas sociales mayores, admitiendo sólo problemas locales. Defendiendo ardientemente las medidas de libre comercio con Estados Unidos, denunció la actitud de Venezuela y el «populismo» de su presidente Hugo Chávez (de quien no habla muy bien Le Monde) asociado implícitamente a López Obrador.
Igualmente, siempre antes de las elecciones, Denise Dresser, editorialista del periódico mejicano Reforma, afirmaba en Los Angeles Times que muchos de sus compatriotas veían a Andrés Manuel López Obrador como peligroso y populista. Por su parte, en el New York Times y el International Herald Tribune, el redactor de la revista Letras Libres, presentaba a Andrés Manuel López Obrador como un exaltado mesiánico, peligroso para la democracia mejicana y que sin dudas hablaría de fraude si perdía las elecciones.

Los lectores de la prensa dominante estaban por lo tanto bien preparados antes incluso de las elecciones para no dar crédito a este individuo dudoso. Después de las elecciones, el tono no cambió.
Es muy difícil encontrar en la prensa dominante occidental un artículo que refleje las acusaciones de López Obrador.
El periódico mejicano El Universal publica por su parte el discurso pronunciado por el candidato ante sus partidarios el fin de semana pasado. Este afirma estar convencido de su victoria y disponer de numerosas pruebas que lo confirman. Pide que el Tribunal Electoral ordene un nuevo conteo y asegura que sus militantes no se desmovilizarán. Este punto de vista es apoyado por una gran parte de la prensa de izquierda latinoamericana.
El editorialista iraquí Adnan Hussein Ahmed asegura igualmente a los lectores del periódico en línea Rezgar, en lengua árabe, que el adversario de López Obrador es un lacayo de los neoconservadores. Para el autor, no hay dudas de que el candidato del Partido Acción Nacional, delfín de Vicente Fox, es, como su predecesor, un agente estadounidense encargado de atacar a la tendencia socialista en México y en las organizaciones internacionales latinoamericanas.

Sin embargo, en el resto de la prensa dominante internacional no es este el punto de vista que prevalece y el ataque contra Andrés Manuel López Obrador proviene nuevamente de Jorge Castañeda. Siempre gracias a Project Syndicate, el autor publica una tribuna inmediatamente después de las elecciones en El Nuevo Diario (Nicaragua), Los Angeles Times (Estados Unidos, el Korea Herald (Corea del Sur), Diario Las Américas (diario estadounidense de Miami en español), El Periódico (Guatemala), La Opinión (periódico estadounidense de California en español) y probablemente en otros en la que asegura la victoria de Felipe Calderón. Esta difusión parece ir dirigida fundamentalmente a los países vecinos de México y no corresponde a una difusión Project Syndicate «clásica», es decir, de las que tiene una amplia repercusión en la prensa anglófona asiática. Castañeda fustiga una vez más a Andrés Manuel López Obrador a quien acusa de populismo y de ser el heredero del autoritarismo del antiguo partido dominante, el PRI. Para Castañeda, no hay dudas de que Felipe Calderón ha sido correctamente electo y proyecta ya su programa: proseguir la política económica de Vicente Fox y llevar a cabo una reforma institucional tendiente a construir mayorías parlamentarias tras el presidente.
Comprendiendo que se había expresado demasiado rápido y que la crisis electoral no había terminado, Castañeda vuelve a la carga en el Washington Post algunos días después. Nuevamente reafirma que Calderón es sencillamente el nuevo presidente legalmente electo en México y que la agitación actual es fruto de la falta de experiencia frente a elecciones libres aunque reñidas, y pide respeto a los procedimientos electorales a fin de evitar que sean desviados por Andrés Manuel López Obrador. Matizando sus palabras, aconseja sin embargo a Calderón que adopte una parte de las propuestas de su rival para obtener el apoyo de los más pobres.
El ex embajador en Panamá y ex consejero de la campaña electoral de John Kerry, Robert A. Pastor, además director ejecutivo de la Commission on Federal Election Reform, resalta en Los Angeles Times los méritos del sistema electoral mejicano para denunciar mejor, sin nombrarlo, a Andrés Manuel López Obrador. Designa al candidato de izquierda como un político que cree ganar una elección al tener a la mayor cantidad de sus partidarios en las calles. Señalemos que esta descripción se aplica sólo a los dirigentes políticos que no son bien vistos por Washington y no a Mijail Saakashvili o Viktor Yushchenko. El autor considera el sistema electoral mejicano superior al de Estados Unidos aunque no sea perfecto. Basta ver los resultados electorales del año 2000 para estar convencido, pero, contrariamente al autor, no pensamos que esto disipe las sospechas de fraude.

No obstante, no todos son tan categóricos como Castañeda o Pastor.
Partiendo del ejemplo de las elecciones norteamericanas, el ex consejero de Al Gore durante las presidenciales estadounidenses del año 2000, Ronald Klain, también se muestra escéptico en el Washington Post. En una especie de carta de asesoramiento a Andrés Manuel López Obrador, el abogado le recomienda no seguir el ejemplo de Al Gore y no jugar únicamente la carta legalista, apostando por la movilización de sus militantes y el activismo. A Calderón le recomienda aceptar un conteo de los votos: quizás pierda, pero ha sido electo con una sospecha de fraude y nunca será legítimo a los ojos de la población.
Esta opinión sorprende al dejar entender que para Klain se produce hoy en México el mismo tipo de fraude que en Florida en 2000. Ahora bien, Klain es un clintoniano en el Partido Demócrata y pertenece a una élite estadounidense que siente poca consideración por López Obrador. ¿Habría que ver en esta tribuna un recordatorio de pasadas maniobras del clan Bush al aproximarse las elecciones de noviembre o bien una disensión en el caso mejicano en el Partido Demócrata?

Por su parte, Greg Grandin, profesor de historia latinoamericana en la universidad de Nueva York y colaborador del semanario de izquierda The Nation considera en el New York Times que en la actualidad están dadas las condiciones para una crisis mayor entre Estados Unidos y México sobre al cuestión agrícola y la inmigración. Considera que se avanza hacia un deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y México, así como hacia una radicalización de un campesinado mejicano privado de recursos por los acuerdos de libre comercio. Por lo tanto considera que Estados Unidos no debe apoyar a Calderón en la actual crisis y debe aceptar la renegociación del tema agrícola del TLCAN con el nuevo presidente electo, cualquiera que sea.
Ahora bien, es precisamente para evitar esta renegociación que Washington apoyó al candidato del PAN.

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Desde la caída del Muro de Berlín, los neoconservadores han experimentado y generalizado, a través de la National Endowment for Democracy (NED), un método de toma del poder indoloro en los Estados del Pacto de Varsovia y luego de la antigua Unión Soviética. La receta es simple para hacer creer que se han ganado las elecciones: se desarrolla el resentimiento popular contra los dirigentes en el poder alrededor de la consigna: «¡Ya estamos hartos!» Simultáneamente, se divulgan sondeos alterados que anuncian la inexorable victoria del partido favorable a Estados Unidos y se organizan incidentes en los colegios electorales. Basta entonces afirmar que las elecciones del partido en el poder han sido fraudulentas para que el partido favorable a Estados Unidos sea automáticamente proclamado vencedor de las elecciones y que las demás formaciones políticas sean olvidadas.
Después del derrocamiento del gobierno búlgaro en 1990, la prensa dominante en los Estados atlantistas ha aplaudido sin reflexionar cada vez que un partido favorable a Estados Unidos vencido en las urnas se apodera del poder mediante las calles. Extrañamente, cuando un gobierno altera manifiestamente el resultado de las elecciones para impedir que su oposición, contraria a Estados Unidos, le suceda en el poder, los mismos periodistas se vuelven ciegos.

El 2 de julio de 2006, los electores mejicanos fueron a las urnas para celebrar elecciones presidenciales. La Comisión Electoral (IFE) declaró que Felipe Calderón, el candidato del Partido Acción Nacional, del presidente saliente Vicente Fox, había obtenido un 0,5% más que su adversario de izquierda, Andrés Manuel López Obrador. Este último impugnó inmediatamente los resultados basándose en sondeos «a boca de urna» que le eran favorables y en pruebas de fraude masivo. Puso inmediatamente estos elementos en conocimiento del Tribunal Electoral y movilizó a sus militantes para que se realizara un nuevo conteo de votos.

Contrariamente a lo que afirma la prensa dominante internacional, Calderón no fue declarado vencedor oficialmente. El vencedor no puede ser declarado por el IFE, sino por el Tribunal Electoral (TRIFE) que aún no se ha pronunciado. Las recriminaciones de López Obrador han sido mencionadas sin muchas precisiones, caricaturizadas, presentándolo como un mal jugador (para un análisis detallado del conflicto, ver el abundante dossier en español preparado por nuestros colaboradores latinoamericanos). Igualmente, el apoyo logístico brindado por Estados Unidos a Calderón y Fox ha sido silenciado.

Este tratamiento parcial de las elecciones mejicanas es una prolongación de la línea editorial dominante para todo lo relacionado con América Latina. Si bien se pudo escribir con benevolencia sobre las victorias de los partidos antiimperialistas en Venezuela, Argentina, Brasil y Uruguay, se traspasó la línea amarilla con la nacionalización de los hidrocarburos en Venezuela y luego en Bolivia. De pronto, los líderes «populares» pasaron a ser «populistas» y la loable voluntad de soberanía económica se convirtió en odioso nacionalismo. La prensa la emprendió contra el presidente Evo Morales y tembló ante la idea de una posible victoria de Ollanta Humala en Perú.

El ex ministro de Relaciones Exteriores mejicano, Jorge Castañeda, aprovechó este ambiente para denunciar en una tribuna, muy bien difundida por Project Syndicate, el programa de su adversario político, López Obrador, acusado de desarrollar un programa similar al de Morales o Chávez. No fue el único que cuestionó al candidato de la izquierda mejicana.
En una entrevista publicada antes de las elecciones por el diario francés Le Monde, el presidente saliente, Vicente Fox, glorificaba su balance sin encontrar contradicción. Llegó hasta negar la existencia de problemas sociales mayores, admitiendo sólo problemas locales. Defendiendo ardientemente las medidas de libre comercio con Estados Unidos, denunció la actitud de Venezuela y el «populismo» de su presidente Hugo Chávez (de quien no habla muy bien Le Monde) asociado implícitamente a López Obrador.
Igualmente, siempre antes de las elecciones, Denise Dresser, editorialista del periódico mejicano Reforma, afirmaba en Los Angeles Times que muchos de sus compatriotas veían a Andrés Manuel López Obrador como peligroso y populista. Por su parte, en el New York Times y el International Herald Tribune, el redactor de la revista Letras Libres, presentaba a Andrés Manuel López Obrador como un exaltado mesiánico, peligroso para la democracia mejicana y que sin dudas hablaría de fraude si perdía las elecciones.

Los lectores de la prensa dominante estaban por lo tanto bien preparados antes incluso de las elecciones para no dar crédito a este individuo dudoso. Después de las elecciones, el tono no cambió.
Es muy difícil encontrar en la prensa dominante occidental un artículo que refleje las acusaciones de López Obrador.
El periódico mejicano El Universal publica por su parte el discurso pronunciado por el candidato ante sus partidarios el fin de semana pasado. Este afirma estar convencido de su victoria y disponer de numerosas pruebas que lo confirman. Pide que el Tribunal Electoral ordene un nuevo conteo y asegura que sus militantes no se desmovilizarán. Este punto de vista es apoyado por una gran parte de la prensa de izquierda latinoamericana.
El editorialista iraquí Adnan Hussein Ahmed asegura igualmente a los lectores del periódico en línea Rezgar, en lengua árabe, que el adversario de López Obrador es un lacayo de los neoconservadores. Para el autor, no hay dudas de que el candidato del Partido Acción Nacional, delfín de Vicente Fox, es, como su predecesor, un agente estadounidense encargado de atacar a la tendencia socialista en México y en las organizaciones internacionales latinoamericanas.

Sin embargo, en el resto de la prensa dominante internacional no es este el punto de vista que prevalece y el ataque contra Andrés Manuel López Obrador proviene nuevamente de Jorge Castañeda. Siempre gracias a Project Syndicate, el autor publica una tribuna inmediatamente después de las elecciones en El Nuevo Diario (Nicaragua), Los Angeles Times (Estados Unidos, el Korea Herald (Corea del Sur), Diario Las Américas (diario estadounidense de Miami en español), El Periódico (Guatemala), La Opinión (periódico estadounidense de California en español) y probablemente en otros en la que asegura la victoria de Felipe Calderón. Esta difusión parece ir dirigida fundamentalmente a los países vecinos de México y no corresponde a una difusión Project Syndicate «clásica», es decir, de las que tiene una amplia repercusión en la prensa anglófona asiática. Castañeda fustiga una vez más a Andrés Manuel López Obrador a quien acusa de populismo y de ser el heredero del autoritarismo del antiguo partido dominante, el PRI. Para Castañeda, no hay dudas de que Felipe Calderón ha sido correctamente electo y proyecta ya su programa: proseguir la política económica de Vicente Fox y llevar a cabo una reforma institucional tendiente a construir mayorías parlamentarias tras el presidente.
Comprendiendo que se había expresado demasiado rápido y que la crisis electoral no había terminado, Castañeda vuelve a la carga en el Washington Post algunos días después. Nuevamente reafirma que Calderón es sencillamente el nuevo presidente legalmente electo en México y que la agitación actual es fruto de la falta de experiencia frente a elecciones libres aunque reñidas, y pide respeto a los procedimientos electorales a fin de evitar que sean desviados por Andrés Manuel López Obrador. Matizando sus palabras, aconseja sin embargo a Calderón que adopte una parte de las propuestas de su rival para obtener el apoyo de los más pobres.
El ex embajador en Panamá y ex consejero de la campaña electoral de John Kerry, Robert A. Pastor, además director ejecutivo de la Commission on Federal Election Reform, resalta en Los Angeles Times los méritos del sistema electoral mejicano para denunciar mejor, sin nombrarlo, a Andrés Manuel López Obrador. Designa al candidato de izquierda como un político que cree ganar una elección al tener a la mayor cantidad de sus partidarios en las calles. Señalemos que esta descripción se aplica sólo a los dirigentes políticos que no son bien vistos por Washington y no a Mijail Saakashvili o Viktor Yushchenko. El autor considera el sistema electoral mejicano superior al de Estados Unidos aunque no sea perfecto. Basta ver los resultados electorales del año 2000 para estar convencido, pero, contrariamente al autor, no pensamos que esto disipe las sospechas de fraude.

No obstante, no todos son tan categóricos como Castañeda o Pastor.
Partiendo del ejemplo de las elecciones norteamericanas, el ex consejero de Al Gore durante las presidenciales estadounidenses del año 2000, Ronald Klain, también se muestra escéptico en el Washington Post. En una especie de carta de asesoramiento a Andrés Manuel López Obrador, el abogado le recomienda no seguir el ejemplo de Al Gore y no jugar únicamente la carta legalista, apostando por la movilización de sus militantes y el activismo. A Calderón le recomienda aceptar un conteo de los votos: quizás pierda, pero ha sido electo con una sospecha de fraude y nunca será legítimo a los ojos de la población.
Esta opinión sorprende al dejar entender que para Klain se produce hoy en México el mismo tipo de fraude que en Florida en 2000. Ahora bien, Klain es un clintoniano en el Partido Demócrata y pertenece a una élite estadounidense que siente poca consideración por López Obrador. ¿Habría que ver en esta tribuna un recordatorio de pasadas maniobras del clan Bush al aproximarse las elecciones de noviembre o bien una disensión en el caso mejicano en el Partido Demócrata?

Por su parte, Greg Grandin, profesor de historia latinoamericana en la universidad de Nueva York y colaborador del semanario de izquierda The Nation considera en el New York Times que en la actualidad están dadas las condiciones para una crisis mayor entre Estados Unidos y México sobre al cuestión agrícola y la inmigración. Considera que se avanza hacia un deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y México, así como hacia una radicalización de un campesinado mejicano privado de recursos por los acuerdos de libre comercio. Por lo tanto considera que Estados Unidos no debe apoyar a Calderón en la actual crisis y debe aceptar la renegociación del tema agrícola del TLCAN con el nuevo presidente electo, cualquiera que sea.
Ahora bien, es precisamente para evitar esta renegociación que Washington apoyó al candidato del PAN.