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La prensa dominante aborda la ofensiva israelí en el Líbano dando por seguros dos aspectos sin embargo dudosos. Por una parte considera que los soldados detenidos por el Hezbollah fueron secuestrados en territorio israelí y no hechos prisioneros en suelo libanés; por otra, estima que la ofensiva tiene como objetivo liberar a los soldados y destruir el Hezbollah. Sus columnas priorizan a los dirigentes israelíes o a sus voceros tradicionales para exponer su versión de las causas de la guerra.
Las informaciones de los grandes medios son diferentes según la lengua del público al cual se dirijan. Así, en su versión en árabe, el sitio web de la BBC da detalles de las posiciones del Hezbollah al dar la palabra a Hassan Nasrallah, pero se abstiene de hacerlo en la versión en inglés del mismo sitio.
Se detallan las pérdidas civiles israelíes, pero apenas se mencionan las pérdidas militares, de forma que la muerte de civiles no aparece como un terrible efecto colateral, sino como un crimen de guerra.
Ignorancia y propaganda se mezclan para la dar la impresión de un enfrentamiento entre judíos y cristianos, por una parte, y musulmanes por otra. Así, el público no está informado sobre el acuerdo en el Líbano entre el general cristiano Michel Aoun y el Hezbollah musulmán, o se le asegura que el Hezbollah ataca la ciudad cristiana de Nazaret cuando esta es musulmana en sus tres cuartas partes.

Aunque desarrollando un análisis idéntico al de sus colegas anglosajones, los periódicos franceses Le Monde y le Le Figaro se diferencian al dar la palabra al primer ministro libanés Fouad Siniora, en entrevistas publicadas con dos días de intervalo, en las que este pide un cese al fuego inmediato con el apoyo de la comunidad internacional. Además plantea el problema de los soldados israelíes capturados al mismo tiempo que el de los detenidos libaneses en Israel. En la entrevista de Le Monde, el Primer Ministro deja entender que, para él, Israel es un mayor problema para el Líbano que el Hezbollah, aunque la pregunta del periodista lo lleve a decir lo contrario. Fue más explícito aún en la entrevista concedida a Le Figaro en la que afirma que organizará el desarme del Hezbollah y la recuperación del control de todo el territorio libanés cuando el ejército israelí evacue las granjas de Chebaa. El Primer Ministro critica el apoyo estadounidense a Israel y se muestra agradecido por la ayuda francesa.

En todos los demás lugares la palabra es monopolizada por los dirigentes israelíes y sus voceros.
En el Boston Globe, el cónsul general israelí en Nueva Inglaterra, ex encargado de Relaciones Públicas del ministerio israelí de Relaciones Exteriores, Meir Shlomo, se hace cargo de la defensa de su país. Asegura que los hechos de Gaza y el Líbano están relacionados y que las acciones israelíes son únicamente una respuesta legítima a la violencia de Hamas y del Hezbollah.
El autor estima además que ambos conflictos muestran que la retirada de los territorios no sirve de nada ya que ni en el Líbano ni en Gaza se ha detenido la violencia. Esta afirmación tergiversada es una nueva constante de la propaganda de Tel Aviv con vistas a preparar a la opinión pública para una reocupación de Gaza.
Finalmente, retomando un argumento internacional que funciona bien, asegura que Hamas y el Hezbollah no están movidos por intereses, sino por su odio a Israel.

El cliché colonial de la impotencia, la ira, la envidia y el odio intrínsecos de los árabes frente a Occidente en general y a Israel en particular es abundantemente esgrimido en la prensa occidental por los editorialistas israelíes, especialmente en el Jerusalem Post, órgano de prensa cercano al Likud, donde el editorialista Barry Rubin o el Dr. Schlomo Avineri afirman que Israel actúa en interés de los árabes al destruir un Hezbollah del que son incapaces de deshacerse por sí mismos.
Sin retomar en su totalidad el cliché de partida, Amos Oz, escritor israelí y miembro fundador del movimiento «pacifista» israelí La Paz Ahora propone una variante paternalista de este razonamiento. Teniendo en cuenta el apoyo de Egipto, Jordania y Arabia Saudita, escribe en Le Figaro y en Los Angeles Times que se trata de una guerra entre las democracias y los países árabes encauzados por el buen camino, por un lado, y, por el otro, los fanáticos chiítas (Irán, Siria y el Hezbollah).

Por su parte, los neoconservadores olvidan sus recientes críticas a la administración Bush para aplaudir la acción israelí y llamar a un retorno a la línea dura contra Siria e Irán.
El redactor jefe de la revista de referencia de esta corriente y fundador del Project for a New American Century, William Kristol, entrega en el Weekly Standard un vibrante homenaje a la acción de Israel contra el Líbano. Mediante una serie de analogías dudosas, llega a la conclusión de que el ataque israelí es sólo una batalla en la larga guerra que libra «el islamismo», al que vincula a la Siria baasista y laica y a Irán, contra «la civilización democrática». Asegura que no se trata de una guerra israelo-árabe más, que prolonga sesenta años de combates, sino de un conflicto de valores. Retomando la analogía habitual entre islamismo, nazismo y comunismo, reitera que el islamismo podría llegar a ser tan peligroso como los dos movimientos totalitarios si se le deja desarrollar y, para impedir este desarrollo, no ve otra solución que la de cambiar los regímenes de Irán y Siria.

En ese mismo sentido abundan los demás halcones estadounidenses.

En el Washington Times, el coordinador de los halcones, Frank J. Gaffney Jr., expresa que ahora no hay ya refugio para los «terroristas»: no deben hacerse más concesiones territoriales a los palestinos (?) y no debe permitirse que encuentren refugio más allá, lo que justifica, según la lógica del autor, un ataque contra Siria e Irán. Pide una renovación de la doctrina Bush y el cese de las negociaciones.
En su crónica del Washington Post, el psiquiatra neoconservador Charles Krauthammer considera que existía un consenso internacional para el desarme del Hezbollah, pero nadie se atrevía a iniciar el trabajo. El Hezbollah cometió el error de atacar a Israel y la respuesta permitirá eliminar el movimiento e iniciar una dinámica.
Excepcionalmente en Los Angeles Times, el director del Middle East Forum, Daniel Pipes, fiel a su orientación extremista, teme que Ehud Olmert no llegue lo suficientemente lejos y renuncie al objetivo que él asigna a la acción israelí: la destrucción de Hamas y del Hezbollah. Así, pide a la administración Bush que presione a Tel Aviv para que continúe su ofensiva hasta la realización de estos objetivos y se dirija a continuación hacia Irán.

Acompañando este movimiento editorial, los tradicionales camuflajes árabes de los neoconservadores muestran su aprobación. El Wall Street Journal da así la palabra a un bloguero iraquí, Mohammed Fadhil quien asegura que la acción de los Estados Unidos en Irak debe servir de modelo para toda la región y que ahora hay que volverse hacia Teherán, acusado tanto de los problemas en el Líbano como en Irak.
Farid N. Ghadry, cofundador del Reform Party of Syria, financiado por la National Endowment for Democracy, pone a Siria en la mirilla en el Washington Times.

La mayor parte de los editorialistas de la prensa dominante, sin presentar pruebas, acusan a Damasco o a Irán de haber organizado conscientemente esta crisis y de ser responsables del drama libanés.
Con cierta sorpresa, y una dosis de decepción, encontramos entre los acusadores a Robert Fisk, periodista de The Independent. Sin brindar otras justificaciones de lo que dice a no ser la preparación del Hezbollah, asegura que este actúa por cuenta de Siria y que habría sido el propio presidente Bashar El Assad quien habría pedido al Hezbollah que «secuestrara» a los soldados para provocar el caos. Sin embargo, el periodista teme un mal cálculo de Damasco que podría ser también un objetivo para Israel, lo que llevaría a una escalada regional.
En el otro extremo del espectro político, el editorialista conservador australiano Greg Sheridan, comparte este punto de vista y afirma en The Australian que la acción israelí está justificada en sí, aunque se equivoca de objetivo, pues debería haber atacado a Siria, y no habla de Irán, pues el momento no es propicio.

En definitivas, es Irán el objetivo mediático priorizado.
Beneficiado con la difusión de su tribuna por parte de Project Syndicate, el analista del Pentágono y del Center For Strategic & International Studies, Edward N. Luttwak, asegura en el Jerusalem Post y en el Taipei Times que Irán provocó esta crisis para escapar a las sanciones internacionales y provocar una contra-candela. Afirma que Irán corrompió a Hamas y hace valer sus vínculos jerárquicos con el Hezbollah para llevar un ataque en dos frentes. Considera que la «respuesta» israelí es legítima y que permitirá aislar al Hezbollah.
Este punto de vista es compartido, entre otros, por el analista David Ignatius en el Daily Star, de Beirut, por el ex embajador israelí, Dore Gold, en el Daily Telegraph o por el ensayista Bernard-Henri Levy en Le Point, quien ve en este caso una «prueba» más de la existencia de un movimiento «fascislamista».

Sin embargo, esta unanimidad oculta un aspecto importante: Israel se está lanzando a un conflicto que no puede ganar. Los medios de que dispone no permiten al ejército israelí vencer una resistencia nacional que el ejército estadounidense no logra controlar en Irak.
Esto alarma al presidente del American Jewish Congress, Henry Siegman, defensor tradicional de Israel, quien en el semanario británico The Observer y en el diario australiano The Age muestra su preocupación por los medios con que está actuando Israel. No cree que la acción actual del ejército israelí pueda afectar en algo al Hezbollah como organización y teme por el contrario que Israel sea arrastrado por la ola de desestabilización regional que provoca. Considera que no se debe mezclar la violencia en Gaza, fruto de la ocupación, y lo que sucede en el Líbano, por lo que acusa al Hezbollah.
En la misma cuerda, el escritor israelí David Grossman afirma en Libération y en The Guardian que Israel no puede vencer al Hezbollah de esta forma y teme un desmembramiento del Líbano.

No queda espacio en la prensa occidental dominante para los opositores tradicionales a la política israelí. Además, pocos son los que hacen un análisis estratégico de la situación, prefiriendo, como el profesor Saree Makdisi en Los Angeles Times, lamentar los daños a su país.

El ex consejero de Geoff Hoon cuando este era ministro de Relaciones Exteriores de Tony Blair, David Clark, saca conclusiones bien diferentes en The Guardian. Para él, es evidente que Israel no desea la paz en el Medio Oriente y que «la ausencia de interlocutor árabe para la paz» es sólo un pretexto que le permite hacerse de más territorios mediante la fuerza. Va más lejos y asegura que a los países occidentales les interesa que la región sea pacificada y que por lo tanto tienen objetivos diferentes. Pide que los países occidentales apoyen a Mahmud Abbas y obliguen a Israel a aceptar un plan de paz sin explicar, sin embargo, hasta dónde puede llegar la obligación.

En la prensa árabe, evidentemente, el tono es bien diferente.
Así, Abdel Bari Atouan, redactor jefe de Al Quds Al Arabi se indigna contra el punto de vista de los dirigentes occidentales y especialmente contra el plan de Kofi Annan, equivalente a una rendición incondicional del Hezbollah. Es de la opinión de que el contexto israelo-libanés justifica totalmente la captura de soldados israelíes. Mostrando un optimismo que podríamos considerar fuera de lugar teniendo en cuenta lo que sufren los libaneses, el periodista palestino estima que la ofensiva israelí colocará a los dirigentes árabes frente a su responsabilidad lo que reactivará la resistencia al régimen sionista.
El analista político de Alhayat, Abdelwahab Badrakhan, considera que la acción israelí ha sido decidida en Washington y que el plan conjunto de Israel y Estados Unidos es hacer del Líbano un protectorado israelí. Sin embargo, no considera que, a pesar de la presión de los neoconservadores, Teherán o Damasco estén amenazados por este conflicto.

No es la opinión del ministro sirio de Información, Mohssen Bilal, quien asegura en el diario catarí Raya, que su país está listo para responder a una ofensiva israelí.