Desde hace unos días, el ministro de Defensa, Allan Wagner Tizón, está hablando de “seguridad cooperativa”. Es el emblema de su “gestión” y como no es raro, ya merece los elogios incondicionales de los intelectuales de ONG subvencionados por la cooperación internacional proveniente en grado sumo de Estados Unidos. ¿De dónde viene esta monserga de “seguridad cooperativa”? Se origina en Gringolandia y a raíz de las nuevas formas que según el Departamento de Estado ha adquirido el terrorismo internacional a posteriori el 11 de setiembre. Por tanto, es una gringada, monda y lironda, que el ministro de Defensa está difundiendo con las potentes luces intelectuales cuanto originales que todos le reconocen.

El general Izurieta, jefe de las Fuerzas Armadas chilenas, acaba de declarar, menos de 24 horas atrás, que su “instinto” o intuición le hacen prever “roces”, ¿con quién?: ¡Con el Perú! Y es que mientras los fanales luminosos de Allan Wagner hablan de “seguridad cooperativa” en abandono evidente del concepto irrenunciable de seguridad nacional (a menos que se ostente una capacidad de traición a la patria desvergonzada), la autoridad castrense del sur, nos dice, en la cara pelada, que hay nubarrones en el horizonte. Todo indica que en este intríngulis hay una dosis surreal y también de marcada debilidad mental.

Ante el silencio vergonzoso de los intelectuales, de los medios, hay que denunciar algunas cosas imprescindibles. A saber:

Primero, la seguridad cooperativa es de origen estadounidense y con respecto al 9-11. Más aún, contra lo que ellos llaman "nuevo terrorismo internacional" y a cargo de grupos violentos.

Segundo, ¿cómo se concilia eso con el Estado armamentista y feroz chileno que sí tiene, a la vista, problemas con Perú, tal como lo confiesa su comandante en jefe?

Tercero, todos los caviares e intelectuales de ONG son parte institucional mercenaria al servicio de Estados Unidos, vía la cooperación internacional que financia sus talleres, fórums y conferencias, destructoras de los paradigmas de nación, Estado, territorio, Ande e Historia.

Cuarto, la cobardía de los intelectuales peruanos cede ante la pitanza y al embuste pagado con dólares copiosos.

Quinto, los medios de comunicación, vía el auto-elogio entre los pandilleros integrantes de estos grupos, disimula cualquier discrepancia y no critica, en absoluto, ni pone de relieve, otras opiniones disímiles. El “espíritu de cuerpo” se traslada de la simple complicidad a un peligroso cáncer contra la misma historia del país. Jorge Abelardo Ramos, el brillante crítico social argentino, denunciaba a los intelectuales enfermos de servilismo orgánico.

Sexto, so pretexto de culturas de paz y respeto a los derechos humanos, se pretende destruir el poder disuasivo de las Fuerzas Armadas y desmoralizarlas al extremo que no las tengamos operativas ni con balas mínimas. Lo que no se dice es que ¡serán otras, y esta vez invasoras, las fuerzas militares que reemplacen a las connacionales en casus belli! Para eso se procura la confección, a cargo de historiadores, de historias comunes y el olvido amnésico y oprobioso de cuanto ocurrió con respecto a la pezuña invasora en 1879.

Sétimo, ni los partidos con alguna solera popular y democrática, ni sus cuadros y mucho menos está en su proyecto nacional o nacionalista, se aperciben del contrabando y declinan traidoramente confrontar esta clase de quintacolumnismos tan tradicionales y vergonzosamente históricos en el Perú.

El servilismo de seguridad cooperativa no es más que una monserga gringa y como tal, deleznable y da cuenta del profundo sentido colaboracionista de Wagner y su corte de validos y tullidos.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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