El sapientísimo ministro de Defensa, Allan Wagner Tizón, anunció, muy serio, que los uniformados con militancia política debían apartarse o ser extirpados del servicio activo. Una pregunta: ¿ha pedido el diplomático, su pase a la disponibilidad en Torre Tagle o está haciendo públicamente todo lo contrario que él pide a otros profesionales? La política debiera ser ejemplo y, que se sepa, el interés de Defensa no pasa por la persecución majadera de hombres que a él se le antojan como elementos conspirativos contra la seguridad de su sector.

Por alguna razón misteriosa, el ministro de Defensa ha olvidado reiterar el concepto que tan entusiásticamente había dicho días antes sobre la “seguridad cooperativa”. ¿Será que al haberse enterado que es una gringada del Departamento de Estado, a posteriori el 9/11 en Nueva York y que se elaboró contra las nuevas formas del terrorismo internacional, ya no es tan efectiva la copia servil en el sector Defensa? Haría bien, el precarísimo titular de esa cartera, en informarse in extenso antes de ceder a las frivolidades que le dan como insumos sus asesores e intelectuales pro-Estados Unidos y de ONGs financiadas por USAID.

Para felicidad reflexiva del país, también el ministro Wagner no ha vuelto a reiterar aquella poco feliz idea de gerencia por objetivos que usó para retratar a los heroicos hombres y mujeres de la Fuerza Armada a los que pretende (¿o pretendió?) reducir a guarismos vulgares de cualquier estadística, olvidando que son humanos de carne y hueso a quienes la nación les encarga constitucionalmente responsabilidades de muy alta y delicada misión. Sin embargo, no hay que olvidar el viejo dicho: ¡terco como la mula!

¿Puede jugarse al intelectualismo de salón o de ONG cuando se trata de la defensa nacional? Dudosa veleidad que puede costar muy caro.

En la revista de análisis Quehacer No. 160 encuentro en la página 33, un párrafo emitido por el señor Carlos Amat y León: “En pleno siglo XXI tenemos un sistema de defensa nacional con paradigmas de defensa del territorio con capacidad disuasiva, cuando la defensa se realiza mediante las relaciones institucionales con el sistema internacional, es decir, sobre la base de relaciones de Estados en los ámbitos comercial, financiero, tecnológico, construyendo una red de asociatividad internacional de mutuas ventajas; ese es el instrumento más poderoso para disuadir cualquier ruptura del orden internacional. La infantería, la artillería, la Fuerza Aérea y la Marina convencionales representan un costo muy alto de mantenimiento y renovación de equipos para una guerra de preservación territorial; no son pertinentes en el siglo XXI. Hoy, la potencia de un país es su capacidad productiva de renovación tecnológica y su vinculación estratégica con los intereses de los imperios dominantes. Esto lo comprendió Chile muy bien desde el siglo XIX, y nosotros no”.

Recuerda siempre con pedagógica cuanto patriótica capacidad de análisis el maestro Alfonso Benavides Correa: “Un país desarmado no es garantía de paz, un país desarmado es una presa apetecible”.

En plena II Guerra Mundial en célebre entrevista de los líderes aliados entonces contra Alemania y Japón, Stalin, visiblemente harto de la elocuencia verborrágica del Papa Pío XII (Eugenio Pacelli) le preguntó: “¿de cuántas divisiones dispone el Vaticano?”. El cura católico, cómplice silencioso de los nazis, tuvo que internarse en las profundas aguas del mutismo más indecoroso. Al señor Amat, habría que preguntarle: ¿a nuestros hermanos del sur que estuvieron en 1836 (primera guerra) y 1879 (segunda guerra) y hoy con sus 5 mil millones de dólares invertidos en Perú y que van a defender disuasivamente, vamos a oponerles organigramas, banderolas, tallercitos, fórums, manifiestos con firmas de “formadores de opinión” y demás adefesios teóricos? Hay una distancia notable entre el realismo objetivo de nuestra vinculación con Chile y el socavamiento que en nombre del progreso hacen ciertos elementos, ayer como hoy, para debilitar aún más nuestra muy enclenque capacidad militar.

Peor aún. Un pueblo que no logra aprehender lo que significan, en el mundo moderno, miles de millones de dólares a cuya defensa incorpora Chile como política de Estado su inclusión en la Comunidad Andina de Naciones, ayer Pacto Andino, y por su necesidad vital de gas y agua y no como bondad integracionista de Latinoamérica, tiene el destino esclavo cantado por la ineptitud cobarde de sus dirigentes políticos como intelectuales que pavimentan con culturas de cerviz agachada y barnizadas de modernas, un simpatiquísimo vía libre para quienes tienen política nacional, horizontes geopolíticos clarísimos y, ayer como hoy, determinadísimos propósitos hacia el norte y en un país como el nuestro, pleno en riquezas que en el sur no tienen. ¿Para quién juegan los quintacolumnas modernos en la intelectualidad de ONGs y en los ministerios?

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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