Vale reconocer el lugar desde donde venimos partiendo –ni la tarea ni el diagnóstico que puede desprenderse de lo dicho, y de lo que se diga, arranca hoy- para intentar contribuir en este ámbito al menos con un ejercicio que se aleje de voluntarismos e ingenuidades tanto como de ciertos determinismos.

Desde hace un tiempo decimos como UTPBA que LAS IDEAS QUE NO SE CONOCEN SON IDEAS QUE NO LUCHAN, en el absoluto convencimiento de que no hay luchas sin ideas ni posibilidad de disputar en el terreno de las ideas –sobre todo aquella abrumadora mayoría que no forma parte del ya mencionado poder dominante- sin luchar, entendida ésta –la lucha- como una actitud integral de resistencia y construcción y no en su reducida acepción, a veces hasta despectiva, a la que se suele condenar tan hermoso verbo.

En este sentido, y correspondiéndonos con la propuesta que nos invita a referirnos a contenidos y transformación social, nos resulta inevitable desde nuestra concepción ligar la construcción de valores y hasta de una política cultural, artística y comunicacional que dé cuenta de los intereses de las mayorías populares, a una política que ponga en crisis el actual modelo de dominación económica, cultural, político y social, cuyas matrices estructurales persisten, a partir de la preservación, por parte de una minoría poderosa e insaciable, de instrumentos estratégicos en lo cultural, económico y tecnológico.

Es que fue esa condición creada desde un sistema a escala planetaria, como el capitalismo, y la decisión criminal –sobre todo en las últimas décadas- de los Estados Unidos de arrasar con todo lo que se enfrentara a su voracidad, la que generó el actual escenario de muerte, guerras preventivas, invasión de países, aniquilamiento de poblaciones enteras, desocupación, miseria, desigualdad, asimetrías.

En ese escenario los dueños del mundo tuvieron en la cultura –tomada ésta en su significado más ancho- una herramienta clave desde donde universalizar sus valores e intereses, convenciendo y creando consensos, una tarea –nos apuramos a decirlo antes que algunos nos acusen de determinismo crónico- que resolvieron –y resuelven- desde un complejo entramado donde coexisten:

Producción de contenidos. Capacidad de acceso, desarrollo y creación en materia tecnológica. Desregulación económica que permite solo la consolidación de los más poderosos, hacia el interior de sus países y fronteras hacia fuera. Liberación de las llamadas autopistas de la información para las multinacionales de la comunicación, telecomunicación, informática e industrias culturales.

Monopolios en la red de distribución de contenidos, sean estos informativos, de ficción, publicitarios a través de distintos soportes: televisión, radio, cine, Internet, medios gráficos.

En su libro “La Globalización imaginada” el reconocido sociólogo argentino Néstor García Canclini, en su capítulo “Hacia una agenda cultural de la globalización”, señala que “Wall Street, el Bundesbank, Bertelsmann, Microsoft, Hollywood, CNN, MTV, Sotheby’s y Christie’s serían algunos de los personajes organizadores” del relato mas reiterado sobre la globalización, que narra la expansión del capitalismo postindustrial y de las comunicaciones masivas como un proceso de unificación y/o articulación de empresas productivas, sistemas financieros, regímenes de información y entretenimiento.

En ese capítulo, al referirse a la doble agenda de la globalización –unificación de los mercados materiales y simbólicos, por un lado, y máquina estratificante que profundiza la desigual distribución de los bienes- Canclini describe sus terribles consecuencias, entre ellas la destrucción de sindicatos, partidos, movimientos populares, así como los efectos cada vez más degradantes de las condiciones laborales y la inseguridad pública, la espectacularización de todo esto en los medios masivos e intentos fallidos de controlar las protestas y la violencia aumentando la represión legal e ilegal.

Tal vez no sea necesario detenerse demasiado en una caracterización que hoy surge como evidente, aunque no está de más recordar que fue no sólo escasamente transitada en su momento sino que hasta rechazada por varios que, como ciertos bultos, se acomodan en el camino.

La mención tiene que ver con la necesidad de insistir acerca del lugar de donde estamos partiendo, dado que –ya haciendo referencia al tema que nos convoca- “se tiene la impresión”, al decir del citado Canclini, que “algunos se acuerdan de llamar a la cultura como recurso de emergencia, como si ‘crear una nueva cultura’ pudiera ordenar mágicamente lo que a la economía se le escapa”.

Porque ese reconocimiento es imprescindible a la hora de asumir el desafío de construir arte, comunicación y cultura como expresión creativa y de necesidad de los sectores populares.

Hemos hecho cultura de la resistencia y hemos resistido desde la cultura sin perder, muchos de nosotros, nuestro compromiso en la búsqueda de un horizonte de transformación que incluye la cultura. Esa inacabada búsqueda –que reconoce una historia en la que, para el hombre, la cultura y la vida tenían, tienen, un sentido opuesto a los tiempos del capitalismo globalizado y criminal- obliga a ampliar los niveles de participación en la discusión y en la acción de parte de distintas organizaciones sociales –no apenas aquellas a las cuales naturalmente nos puede calzar el tema-, si coincidimos, por un lado, en un concepto extendido de cultura y, por otro, si pretendemos evitar un interés limitado a lo corporativo.

En esa búsqueda además de no perder de vista el poder de quienes detentan la cultura dominante, es vital tener en cuenta - en una realidad que tiende a modificarse en los últimos años, sobre todo en el plano regional- que los mecanismos estructurales e ideológicos de semejante hegemonía permanecen inalterable en cuestiones centrales: control, capacidad de llegada, inteligencia para reformular prácticas sin variar objetivos y, sobre todo, recursos.

Haber resistido permite hoy ser actor de una discusión, eludida y ninguneada desde el poder, pero ello no supone poseer una fuerza que pueda pasar a definir algunos temas que requieren algo más que buenos o interesantes proyectos. Estamos hablando siempre de una disputa de poder no de un catálogo de reconocimientos que, sin dudas, nos corresponden.

Y de una disputa con el sector de la economía mundial que más se ha desarrollado en las últimas décadas, en materia de acumulación de capital y en el manejo de lo simbólico, que incluso ha contribuido a la elaboración de peligrosas teorías que niegan su capacidad de incidencia y realzan acríticamente al receptor del mensaje –cultural, artístico, comunicacional- reconvertido en consumidor.

Frente a ello –un tema para nada menor, hablamos de millones de personas- un especialista como Héctor Schmucler advirtió sobre las posturas que afirmaban “con alivio” que “los efectos no existen y el receptor pasó sucesivamente de esclavo a amo y luego a usuario olvidando que la gente hace algo con los medios, después que los medios hicieron a la gente de una manera determinada”.

La persecución, la desaparición, la muerte, la censura, el exilio impuesto desde la implantación del terrorismo de Estado fueron parte de la trágica dimensión que tuvo para la cultura la dictadura militar. La reconstrucción de aquel tejido cultural que tenía al hombre como hacedor de su propio destino, atravesó desde 1983 consensos democráticos que relegaron una reivindicación integral y su sentido desde una perspectiva histórica; padeció la posmodernidad y la descalificación, siempre en paralelo con la instalación de la cultura del individualismo, el hedonismo, la banalidad, del fin de la historia y de las ideologías, todo ello dispuesto desde el capitalismo imperial globalizado.

Disponer hoy de propuestas y acciones que desde nuestra condición de trabajadores de la cultura planteen un debate que atienda distintos planos de lo cultural tras haber enfrentado, se insiste, fenomenales obstáculos, merece subrayarse.

Poner el acento en la producción nacional, en la necesidad imprescindible que la Ley de Bienes Culturales contemple a los verdaderos hacedores de la cultura, los trabajadores, y no como hasta aquí a las grandes corporaciones mediáticas; insistir en la imperiosa necesidad de políticas públicas que preserven y auspicien las variadas expresiones culturales, artísticas y comunicacionales; en un instrumento legal que contemple el carácter social de los medios de comunicación, en sus distintos soportes; en la jerarquización de todas las carreras ligadas a la acción cultural.

Sin embargo como UTPBA estamos convencidos que estas iniciativas se convierten en una expresión de deseos y una muestra de voluntarismo si otros sectores y el conjunto de la sociedad no asumen una relación distinta con un problema que va mucho más allá del interés de los mas directamente afectados por el tema, del mismo modo en que como UTPBA y como trabajadores de la cultura nos involucramos en la lucha por una justa y equitativa distribución de la riqueza, que de manera diversa encaran sectores de esta sociedad.

Y se llegó hasta acá. Donde el contenido y la capacidad de transformación social del arte, la comunicación y la cultura está indisolublemente ligado a la voluntad, organización y capacidad de las fuerzas sociales y su convencimiento de la necesidad de esa transformación.

Un recorrido que requiere de nuestros mejores esfuerzos, de conocimiento, de capacitación, de inteligencia. Que escuche, que haga docencia, que vincule lo local con lo global y a la inversa. Que no pierde de vista el sentido integral de la lucha, que es por un mundo mejor.

# Ponencia presentada por Daniel das Neves, secretario General de la UTPBA en el marco de la mesa redonda “Arte, comunicación y cultura: contenidos y transformación social”, realizada en el Primer Congreso Argentino de la Cultura que se desarrolló del 25 al 27 de agosto en Mar del Plata.