Pero impulsar una concepción política más afinada, desde la cual desarrollar formas organizativas más eficaces, requiere otro posicionamiento identitario (...).

Esta visión del movimiento de mujeres donde se considera a éste como un sitio de pertenencia identitaria muy arraigada y muy alejada de la concepción masculina, machista, las mujeres hemos logrado una autoexclusión real de la política y solamente accedemos mediante la concesión pactada de las cuotas de poder, que tampoco significan una real participación en términos de poder político que se ejerza o de ciudadanía que sea efectiva.

(...) Es importante pasar de una ciudadanía otorgada del 30% hacia una ciudadanía exigida del 50% (N.de R: similar a la ley de cupos Argentina) que, además, ya ha sido brillante y lúcidamente reclamada por varios grupos de mujeres que han hecho de la lucha por la equidad y la participación, una bandera de vida. Y, cuando digo que la ciudadanía del 30% fue otorgada, no intento minimizar las luchas que muchas mujeres libraron por convertir este punto en una realidad. Todo lo contrario, porque si no hubiera sido por la valentía de ellas, jamás se hubiera conseguido nada. Me refiero al espíritu con el que el colectivo masculino aceptó esta norma; con un espíritu de concesión al más débil, pero sin cambiar ni un milímetro la construcción mental, patriarcal y machista, que define las relaciones entre los sexos. (...)

Por eso es que sostenemos con mucha vehemencia, que el concepto de paridad y alternancia, más allá de un número escrito en un papel, deberá constituirse en una nueva manera de ver la sociedad de a dos; de ver la sociedad con los ojos de la equidad y del respeto por la presencia de otros y otras, diferentes, pero unidos en la diversidad.

Si no es así, no pasará de ser un mero enunciado escrito sin mayor trascendencia. Las luchas políticas lo son cuando, además de ser libradas, tienen el poder de cambiar el statu quo.