Felipe es grande para estar en primero. Grande y fuerte. Le tocó llegar a repetir curso después de haber empezado la primaria en el Putumayo, porque a su mamá y a él los sacaron corriendo para Caquetá. Cuando pararon, en Belén de los Andaquíes, en el colegio no le valieron los meses que ya había hecho. Igual, todavía no sabía leer.

Los compañeros de Felipe le decían el guerrerito, porque se agarraba a golpes para defender a un par de niños más pequeños de las burlas del resto del curso. Felipe les cascaba a todos, a sus protegidos también. Con el tiempo, su sobrenombre se volvió el guerrillerito. Felipe se ponía bravo al principio, pero después ya no. Si le dijeran el paraquito o el tombito sería lo mismo.

Parece como si el curso donde está Felipe lo hubieran hecho con niños que llegan a las carreras. Están los que se detienen ahí después de ser desplazados, los que son echados de sus casas todas las mañanas para que vayan a desayunar a la escuela y corren entre los muros de la Alcaldía que promocionan el uso de condones; los que resultaron del paso de los diferentes actores armados como consecuencia indirecta de la preparación, apogeo y desmonte de la zona de distensión. Entre cinco y nueve años atrás. Esos años de paso tienen cara de niño ahora.

Uno: vínculos de paso

Para el Departamento Nacional de Estadística de Colombia, el poblamiento de Caquetá está marcado por la sucesión de colonización, conflicto y migración. Después de una colonización relativamente estable entre los años ochenta y mediados de los noventa, la llegada de la economía cocalera desencadenó el más reciente proceso de conflicto y migración. Algunos llegaron para sembrar; otros para incorporarse al movimiento económico como raspachines, cocineras o comerciantes.

A este paso de personas se suman los desplazados por fuerza del conflicto. De acuerdo con el informe de la Diócesis de Florencia 1999 - 2004, se trata de unas catorce mil personas, sólo en el sur del departamento. Con el fin de las negociaciones entre el gobierno y la guerrilla (2002), Belén se convirtió en el tercer receptor de población desplazada de Caquetá. Las migraciones de este período pueden atribuirse a las acciones del avance paramilitar. Pero la mayoría de las veces, era la guerrilla la que exigía el desplazamiento. Para entonces, Belén era también uno de los municipios con mayores índices de embarazo adolescente del país (21 por ciento).

Lo que tenía en común toda esta gente de paso, migrantes forzados o voluntarios, actores armados de cualquiera de los bandos y de cualquier edad, era un sentimiento de desconfianza e inestabilidad que sacudió también los valores de los habitantes más antiguos.

“Tanto el influjo de la sociedad como la rigidez de las instituciones han agredido una generación de niños de forma que ellos no sólo toleran la guerra sino que la han incorporado a su percepción íntima.”

Así, en los últimos cuatro años de Belén de los Andaquíes, la agricultura ha perdido valor ante una ganadería de ganancia más fácil y mostrona, tan hábil para mantenerse dentro de lo legal como para hacerse a las modas de los nuevos ricos de la nueva economía. Pero saber de la tierra no alcanza para comprar esas cosas. Felipe repasa esa lección todas las mañanas cuando su mamá le grita que prefiere volverse al Putumayo a seguir aguantando hambre y humillación en ese pueblo. En cualquier pueblo.

Dos: los niños de Belén: ¿hacia dónde caminar?

La profesora de Felipe todavía tiene encima del escritorio el primer reporte de notas de 19 niños del curso, incluido él. Es que, a pesar de que ya ha habido cinco reuniones de padres este año, nadie ha venido a reclamarlos.

Lo que ella piensa es que se trata de los mismos estudiantes que tienen problemas de aprendizaje, se golpean, se amenazan y se escupen. Pero lo que ellos piensan, de acuerdo con una encuesta que respondieron 67 niños de escuelas primarias del municipio, es que son muchas cosas las que se aprenden de los adultos, aunque no estén directamente ahí.

… ¿seguir los pasos de los adultos?

Desde afuera, parece como si la agresión fuera la única forma de relacionarse. En la entrevista, el 36 por ciento de los niños dijo que ha visto a los adultos darse de golpes por lo menos una vez cada quince días. Además, el 46 por ciento ve que les pegan a los niños una o dos veces en ese mismo tiempo. Por eso, para Felipe está bien golpear a sus “protegidos”. Es la única forma que sabe para demostrarles que “está del lado de ellos”.

Según las creencias que están aprendiendo, es útil mantener una convivencia violenta. El 83 por ciento de los niños de Belén piensa que ver peleas entre compañeros es divertido y que está bien pelear para defender un amigo. Para la mitad de ellos la agresión, aunque es mala, sirve para conseguir lo que uno quiere.

A medida que los niños son mayores, es más frecuente que piensen que está bien pegarle a alguien si esa persona le pegó a uno primero y que no importa lo que se tenga que hacer para conseguir lo que uno quiere: todos los niños de cuarto de primaria están de acuerdo con esto.

Muchas de estas creencias se practican en el salón de clase. El 64 por ciento de los niños del casco urbano han visto intimidación entre sus compañeros. Para los que estudian internos en zonas rurales, la intimidación ha pasado del 63 al 100 por ciento de tercero a cuarto de primaria. Los de primero, compañeros de Felipe, recuerdan a un niño que les quitaba la comida en el recreo amenazándolos con un chuzo de alambre que escondía entre el tubo de un kilométrico viejo. Alcanzó a raspar a algunos. Pero se fue antes de Semana Santa porque, según su papá y él, “acá no se levanta es nada”.

El 38 por ciento de los niños de tercero dice que ha visto que tratan mal a otros niños por su forma de hablar o vestir, y todos sus compañeros de cuarto año están de acuerdo en que en su salón se discrimina siempre. Respecto a la exclusión, la mitad de los niños entrevistados en todo el municipio dice que, por lo menos una vez a la semana, sus compañeros dejan de lado a alguien o le impiden participar.

Pero no todas las creencias que vienen de fuera se repiten dentro del salón. El 77 por ciento de los niños de tercero dice que nunca ha visto que sus compañeros puedan resolver problemas sin darse de golpes, pero el 75 por ciento de cuarto dice que eso pasa por lo menos una vez cada quince días. El 63 por ciento de los niños del grado tercero ha visto que sus compañeros se ayudan; en cuarto grado, esta proporción asciende al 75 por ciento.

…¿o meterse entre los zapatos del otro?

Aunque el 81 por ciento de los estudiantes dice que se siente bien cuando está bravo con un niño y ve que ese niño se cae, es posible decir que los niños de Belén tienen una mayor disposición a “ponerse en los zapatos del otro” de lo que cabría esperar por las creencias sobre la violencia que los rodean.

Para ellos, sus compañeros son niños que juegan fútbol, que gritan en el salón, que comen naranjas y adoran ir al río, las mismas acciones que ellos mismos prefieren. Una pequeña proporción –el 17 por ciento- comienza a identificar a sus pares como personas con las que se encuentran todos los días para convivir.

La mitad de los estudiantes reconoce que no sabe qué siente una niña con la que nadie quiere jugar, pero el 92 por ciento dice que se siente triste al verla; el 89 por ciento dice que se siente bien cuando le dan un regalo a un niño que no conoce y el 97 por ciento dice que puede sentir alegría cuando a los demás les va bien. El 83 por ciento de ellos trata de darse cuenta de lo que sienten otras personas, y el 67 por ciento trata de imaginarse qué siente otro cuando lo critican.

Además de ponerse en zapatos ajenos, la empatía es una disposición a mirarse por dentro. Y de las propias emociones, la más fácil de ver es la rabia. El 83 por ciento de los niños la identifica en la relación con sus hermanos. Pero no pasa lo mismo respecto a los adultos. Al preguntar qué sienten si un mayor los grita, el 77 por ciento responde cosas como “es que ellos sí pueden”, sin identificar un sentimiento propio. Lo mismo pasa con las emociones positivas: cuando se habla de qué siente uno si le dan un regalo, el 75 por ciento de los niños dice cosas como “le dan a todos menos a mí” o “es que no se puede porque somos pobres”.

Tres: hay que correr

La profesora de Felipe dice que, a pesar de ser el montador del curso, siempre la sorprende a ella y a sus compañeros: cuando tienen mucha sed y él no tiene rabia, les regala naranjas. Ella considera que para mejorar la convivencia en su grupo hay que estimular el reconocimiento de los sentimientos propios y ajenos, además de romper las creencias que justifican la violencia.

Felipe y sus compañeros han trabajado con una herramienta que actualmente experimentan 60 maestros de Caquetá con el apoyo de CINEP y el Ministerio de Educación (la Maleta Pedagógica de Educación para la Paz). Desafortunadamente, no es posible saber si ahora en su vida hay más puños que naranjas: Felipe y su mamá se fueron de Belén de los Andaquíes en junio.

La profesora de Felipe ha visto a muchos como él durante los años de conflicto armado que ha pasado enseñando en Caquetá. Tanto el influjo de la sociedad como la rigidez de las instituciones han agredido una generación de niños de forma que ellos no sólo toleran la guerra sino que la han incorporado a su percepción íntima.

Ya no se trata sólo de justificaciones ideológicas o por el control del territorio; la violencia es una forma de vida aprendida que va con nosotros a donde vamos. Y la educación debería estar en capacidad de responder a esa nueva violencia itinerante, de alcanzarla en donde esté.

La habilidad para generar respuestas se traduce en herramientas pedagógicas: estrategias de convivencia que vayan a donde van los niños y sus familias. A ello se suma una necesidad de continuidad, un ejercicio de interpretación de la historia reciente que incorpore docentes, padres y todo tipo de personas.

Este sería un paso importante para una formación ciudadana que aproveche el desempeño por competencias dentro del aula para ponerse en contacto con la realidad. La construcción de un proyecto colectivo de convivencia para los niños debe apoyarse en el potencial de aprendizaje de toda una comunidad y dar cuenta de las posibilidades, los rasgos culturales, las historias particulares y el desarrollo en cada región.

Ficha técnica de la encuesta - Belén de los Andaquíes

Esta encuesta es parte de la evaluación practicada a 270 niños de 7 municipios de Caquetá (Belén de los Andaquíes, Florencia, Paujil, Morelia, Montañita, Doncello y San José del Fragua) como apoyo de CINEP y el Ministerio de Educación Nacional al pilotaje y puesta en marcha de la Maleta Pedagógica de Educación para la Paz en todo el departamento. Diseño, aplicación e interpretación de la encuesta: Gloria Inés Rodríguez, Laura García - CINEP

Cursos evaluados por escrito:

Tercer grado casco urbano (Institución Educativa Gabriela Mistral). Grados tercero y cuarto internado rural (Institución Educativa San Luis). Cursos evaluados de forma oral: Primer grado casco urbano, segundo grado internado rural

Total niños evaluados: 67 (32 por escrito, 35 de forma oral)