Manuel González Prada

Bajo el Oprobio, Lima, 1933

Alguien dijo que “el Perú no es nación sino un territorio habitado”; y algún otro afirmó que “nuestra república se reduce a una simple denominación geográfica”. En lo primero cabe, por ahora, una buena dosis de verdad. Si el Perú blasona de constituir nación, debe manifestar dónde se hallan los ciudadanos –los elementos esenciales de toda nacionalidad. Ciudadano quiere decir hombre libre; y aquí vegetan rebaños de siervos; de esto al Dahomey o al Congo media muy poca distancia. Si a las agrupaciones humanas se las juzga por los jefes que se dan o toleran, mereceríamos llamarnos un campamento de beduinos, una feria de gitanos o una ranchería de pieles rojas. No hay derecho a título más glorioso cuando se obedece a un Benavides.

Las grandes naciones proceden con suma benevolencia al acreditar plenipotenciarios cerca de nuestros Behanzines; más aunque nos tratan de igual a igual (llevando la exageración su cortesía diplomática) no dejan de estimarnos en nuestro justo valor. Si algunos estadistas de las grandes naciones recurren al mapamundi para conocer nuestra situación geográfica y cerciorarse de que no lindamos con el Japón o el Canadá, otros saben que ayer producíamos guano y que hoy seguimos en la costumbre de hacer revoluciones, celebrar empréstitos y no pagar las deudas. España nos mira como a hijos ingratos y rebeldes; los demás Estados nos consideran desde el punto de vista comercial –vendedores y compradores: vendedores de cobre, algodón y azúcar; compradores de manufacturas chillonas, baratijas de bazar aldeano y novelones de Montepío y compañía.

El Perú fue la colonia favorita de España en Sudamérica. En él se mostró más dispendiosa, esmerándose en dejar mayor número de obras públicas. A falta de colegios, nos llenó de iglesias y conventos; mas no podía legarnos otra cosa, dadas la época y la índole española. Esos conventos y esas iglesias testifican el empleo de una gran fuerza humana. Si los españoles reunieron mucho oro, no se lo llevaron todo. Ignoramos lo que resultaría si se comparara el valor de lo legado por los virreyes con el valor de lo edificado por los presidentes. Al consumar la Independencia no figurábamos como la última nación del continente. ¿Podemos llamarnos hoy la primera? Ninguna de nuestras ciudades rivaliza con Buenos Aires, Montevideo ni Santiago: en todas ellas se palpa la estagnación o la ruina, sobre todas pesa una atmósfera de hospital y cementerio.

Lima, la decantada Lima, vale tanto como una ciudad europea de tercer o cuarto orden. Tiene fisonomía vetusta, aire de cosa exhumada, aspecto de una Pompeya medieval. Aquí se asfixia el hombre organizado para respirar un ambiente moderno, aquí no puede saborear “ese buen aire de París que, según Flaubert, parece contener efluvios amorosos y emanaciones intelectuales”. Gracias a los municipios gobiernistas, ineptos y rapaces, Lima tiene por efluvios amorosos y emanaciones intelectuales el vaho de alcantarillas mal cerradas, el aroma de basuras aéreas y terrestres, el polvo de calles sin pavimentar o con pavimento irrisorio y el miasma de charcos en putrefacción. Y esto se llama “la perla del Pacífico” y “la Sevilla sudamericana”. Con la ridícula modernización de sus antiguallas inmodernizables y las nuevas casas de estilo rastá, nuestra capital es una vieja verde que se figura estar muy chic y a la moda con su traje de segunda o tercera vida, sus perifollos descoloridos y su relente a moho disuelto en naftalina. Cuando se vuelve a Lima, después de residir algún tiempo en una ciudad moderna, se sufre tal depresión y tal desaliento que vienen ganas de encaminarse al cementerio, introducirse en un nicho y hacerse colocar una lápida. Vivo, muerto ¿no da lo mismo aquí? Los vivos de nuestras calles y plazas ¿encierran más vida que los muertos del panteón?

II

Según Edgar Quinet “las repúblicas hispanoamericanas nacieron con las arrugas de Bizancio… Ahí el soplo matinal del Universo roza la frente del hombre sin poder reanimar a ese viejo”. Dudamos que semejantes palabras (dichas a mediados del siglo XIX) convengan hoy a todas las naciones americanas de origen español: algunas evolucionan en plena juventud. Nadie osaría llamar a México, la Argentina, el Uruguay, etc., jóvenes prematuramente avejentados, incapaces de rejuvenecerse “al soplo matinal del Universo”.

Desgraciadamente, nosotros nos hallamos lejos de figurar en el número de las repúblicas que van consiguiendo borrar en su frente las arrugas de Bizancio. Permanecemos bizantinos, sin la erudición ni el arte de Bizancio, habiendo cambiado al gladiador y al retórico por el torero y el rábula. Nuestro poco adelanto material ¿se compensa con el avance de órdenes más elevados? Si por un cataclismo, semejante al de la Atlántida, desapareciéramos en una sola noche, el mundo no sufriría una gran pérdida: sólo unos cuantos mercaderes o mercachifles lamentarían nuestra desaparición. Somos factor despreciable en la riqueza intelectual de la especie humana: no hemos implantado una reforma, creado una institución, enunciado una verdad científica ni producido un libro magistral. No tenemos hombres sino ecos de otros hombres, no expresamos ideas sino repetimos frases caducas y apolilladas. Las voces de nuestro Parlamento, de nuestras universidades y de nuestras asociaciones literarias o científicas resuenan como el susurro de insectos alrededor de un pantano. Alguna vez domina de tarde en tarde el susurro: chirrido de rana con ínfulas de risueñor.

Políticamente hablando, vivimos tal vez en condiciones más degradantes que bajo la dominación española. Si ayer nos sometíamos con resignación a la tutela de un rey más o menos capaz de justicia, hoy nos hallamos expuestos a caer bajo la tiranía de un aventurero de ínfima ralea. Los virreyes no fueron tan abusivos como los presidentes. La servidumbre durante la Colonia parece cosa natural: se nacía vasallo y vasallo se moría; la servidumbre a los noventa años de independencia, no se concibe y mueve a náuseas: nacemos libres y nos convenimos a vivir esclavos. Y ¡esclavos de qué señores! El régimen de violencia y rapiña inaugurado por la soldadesca el 15 de mayo habría producido en otra nación un levantamiento general, y el tiranuelo hubiera sido inmediatamente arrollado por las iras populares. En esta muchedumbre sin médula ni sangre, la audacia y los crímenes del incipiente Melgarejo peruano infunden pavor. Ante los cadáveres de las víctimas inmoladas en Santa Catalina, el Napo, Llaucán, Vitarte, Arequipa, etc., los hombres tiemblan (si hombre merecen llamarse los eunucos de alma, los que no tienen virilidad arriba de la cintura). El que no cede al miedo, se corrompe al interés.

Mas nada debe sorprendernos en un país donde la corrupción corre a chorro continuo, donde se vive en verdadera bancarrota moral, donde los hombres se han convertido no sólo en mercenarios sino en mercaderías sujetas a las fluctuaciones de la oferta y la demanda. Una conciencia se vende y se revende hoy en el Perú, como se vende y se revende un caballo, un automóvil o un mueble. Admira que en las cotizaciones de la Bolsa no figure el precio corriente de un ministro, de un juez, de un parlamentario, de un regidor, de un prefecto, de un coronel, de un periodista, etcétera.

Y nos referimos particularmente a Lima que en el organismo nacional ejerce la función de núcleo purulento. Aquí nacen para cundir en toda la República los gérmenes patógenos, aquí se malean los hombres sanos venidos de las provincias a evolucionar en el mundo político. El provinciano, cogido en la zarabanda de los intrigantes limeños, comienza por adquirir una visión falsa de las cosas y acaba por sufrir una completa obliteración del sentido moral. No se cura de las lacras lugareñas y se contamina con los vicios de la capital. Un forastero alimeñado se vuelve peor que los limeños pur sang.

El nombre mismo de nuestra capital encierra una ironía: se llama Ciudad de los Reyes una población misérrima donde un presidente o virrey de medio pelo gobierna en una corte de libertos o manumisos encastados con franceses, alemanes, nipones, italianos, chinos, etcétera. Esa corte abigarrada forma una especie de cadena masónica constituida pro viejos avezados a la política de baja ley y por jóvenes más intrigantes acaso y más podridos que los viejos. Aptos para fraguar revoluciones, mas no para consumarlas a costa de su sangre, los limeños dan en sus calles un terreno a las luchas, entierran a los muertos y fraternizan con los vencedores. Y siempre ha sucedido así; cuando nuestros miríficos abuelos encendían un castillo para celebrar la entrada de los Patriotas, guardaban otro para festejar el regreso de los Realistas. ¿A qué rememorar cómo fueron recibidos en 1881 los vencedores de San Juan y Miraflores? Los fastos limeños no registran muchos rasgos de valor ni de entereza.

Y sin embargo, las provincias viven fascinadas por la capital, con los ojos fijos en ella, como aguardando las inspiraciones del oráculo infalible: no piensan ni actúan sin conocer el pensamiento ni recibir las órdenes de la Delfos peruana. Efectivamente –“¿Qué dice Lima?” se pregunta la República antes de resolverse a tomar una determinación. Los buenos provincianos, a causa de una aberración óptica, ven desde lejos muy grande lo chico, tomando por Girardin al foliculario sin gramática ni sentido común, por Talleyrand al mulatillo de labia y tupé. A más, creen partidos numerosos a los estados mayores sin ejército, reciben como evangelio el programa insustancial de candidatos hechizos y viven seguros que el Mesías ha de nacer en la tierra clásica de los tránsfugas y los logreros. En fin, dando risa y lástima, se figuran que en Lima florece una juventud animada por los ideales más sublimes y sedientos de sacrificarse por la regeneración nacional. ¡Como si de una generación a otra la sangre de traidores y rateros se cambiara en sangre de héroes y patricios! ¡Como si los hijos no fuera aquí el trasunto de los padres! ¡Como si del lobo no naciera el lobato y de la víbora el viborezno!

La desinfección nacional no puede venir del foco purulento; la acción necesaria y salvadora debe iniciarse fuera de Lima para redimir a los demás pueblos de la odiosa tutela ejercida por grupillos de la capital. ……………………………

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