Dejó La Primera, diario que amenaza en lilliputiense plazo en convertirse en el último, César Hildebrandt, indignado por una primera plana, según le contó el dueño del tabloide, Ricardo Wong, presionada desde Palacio. ¿Tan temprano, con torpeza de paquidermo de húmeros malos y miopía pronunciada en sala de conferencias, mete la pata la administración actual? Entre las consabidas excusas que pronuncia, cual autómata y saltimbanqui, que se ha creído el cuento que le han narrado, Jorge del Castillo, y la coincidencia del hecho notorio de su salida del medio escrito, le creo, sin duda alguna, a César Hildebrandt.

Habíase tornado ya una pedagógica costumbre diaria repartir por vía electrónica, urbi et orbi, la columna de Hildebrandt que escribió hasta ayer en aquel medio, a partir de la fecha, de impronunciable nombre. No sólo eso, el debate transitaba por las muy polémicas, filudas y hasta demasiado generosas, de cuando en vez, opiniones de aquél. Hoy ante la evidencia de facto que le han condecorado por la fuerza monumental de sus denuncias, preciso es reconocer que si en Perú se recompensase a los brutos por las torpezas en que incurren, tendríamos la comunidad de imbéciles más grande del mundo. Alea jacta est.

Pero la trinchera de Al día con Hildebrandt, que conduce en Radio San Borja, de 9 a 11 am., se escucha en taxis, puestos ambulantes, mercados con altavoces, casas y oficinas. A mí me es imposible entrar a la página web porque la saturación de oyentes tempraneros me gana siempre en esos afanes. Es decir, César no puede alegar que está solo o abandonado. Le acompañan cientos de miles de radioescuchas que ¡precisamente! reciben noticias, comentarios, críticas, entrevistas que no sacan los miedos de comunicación limeños que se creen nacionales! Porque, bueno es subrayarlo, en aquellos no prima la crítica, sino la aquiescencia; para nada existe la construcción opinante sino la abulia en pésimo castellano, la idiotez elevada a la cúspide de la mediocridad más abyecta. El pueblo es más sabio que todos los sabios.

Dos temas, entre muchísimos otros, para mí como para 26 millones de peruanos, tratados por Hildebrandt, han sido motores y dínamos fundamentales en esta etapa: la historia patria y la carencia de idoneidad de las pandillas políticas, empresariales o ideológicas. En el primer caso, ha apostrofado César a los ignorantes que desconocen nuestras conflictivas relaciones con los vecinos, sobre todo, con uno del sur. Ha advertido en mil tonos sobre la servidumbre que emana por parte de chilenófilos epidémicos en altísimos puestos, inmerecidos por cierto. No ceja, en su prédica diaria, de evidenciar las tremendas contradicciones del señor Alan García. Y esto nos lleva al segundo punto en que también ha puesto resonante empeño constatando que el Perú es un país de élites pasmadas, anti-históricas y adormecidas en sueños de opio.

Y, como no podía ser de otro modo, volvió CH, a convertirse en the pain on the ass, en el tábano en el lomo, en la peor de las pesadillas de ¡precisamente! los políticos vendepatria; los empresarios mercantilistas y comechados; de los que gritan en nombre de los pobres pero cobran en dólares contantes y sonantes, desde la zurda caviar en que abundan intelectuales de quiosco y pululan momios de reaccionaria derecha racistas y anticholos. Entonces llegó lo que a los brutos se antoja como una reprimenda y para el resto de la gente común, no es más que otra presea en la dilatada carrera de César Hildebrandt.

Estas pocas y modestas palabras como testimonio de solidaridad con César.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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