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¿Cómo lo ha logrado El Festín del Petróleo? ¿Dónde radica esa extraña fortaleza, que le vuelve a la vida cada vez y cuando? ¿Tanto puede el mote de “primer best seller ecuatoriano” que se le colgó en su primera salida, marzo de 1974? ¿Resultan así de perdurables sus excelencias literarias?

No les arrebatemos a los críticos el derecho a juzgar o despanzurrar la obra según su agrado. Lo que para nosotros está claro, 34 años después de la primera edición, es que los males descritos entonces siguen mortificando, pudriendo y desangrando al organismo nacional. Territorio enajenado a favor de compañías extranjeras, saqueo impune de la riqueza ecuatoriana, mafias políticas, ebrias de poder y lujuria, danzando sobre la bandera tricolor, gángsteres erigidos en dueños del país, banqueros que acumulan más pillaje que mil ladrones juntos, jefes militares y policiales convertidos en perros de casa grande: he allí el Ecuador de la gran era petrolera inaugurada en 1972.

Todo esto mientras la selva amazónica y sus pobladores originarios son abatidos a golpe de bala y motosierra, en tanto la contaminación infecta suelos y ríos, y el cáncer se vuelve tan común como la gripe.

Y claro, la pobreza galopante levantando el polvo de los caminos en la huida masiva, cada vez más lejos de la Patria, tras el Sueño Americano, el Sueño Italiano, el Sueño Español, el Sueño Australiano, cualquier sueño, en fin, con tal de no ver más el rostro purulento y lloroso de la madre. No importa si para morir ahogados en el Océano Pacífico, asfixiados en los barcos cargueros o abaleados por la policía y los racistas norteamericanos.

Por cierto con el agregado de una deuda externa tan voluminosa que suma mil dólares por cada ecuatoriano, incluidos los nacientes y los moribundos. Deuda que es cada vez menos externa pues los papeles de la muerte fueron vendidos a la baja por la banca extranjera a especuladores nativos cuyos nombres son tan temibles que nadie se atreve a pronunciarlos. Especuladores que nos despellejan al cobrarnos cada papel en el 120 por ciento del valor nominal, cuando ellos pagaron la mitad o menos. Que para eso sirve la plata del petróleo.

Era fatal que sucedieran estos hechos si el petróleo seguía enajenado, si no se daba un viraje completo en la vida nacional y no cambiaban las estructuras y las manos que manejan las estructuras del Estado ecuatoriano.

Cierto que hay algunos cambios. Funciona la democracia, hablan por primera vez las mujeres y los niños, los indios se han vuelto respetables y a los negros se los distingue con el título de “afroecuatorianos”, además de glorificarlos por sus hazañas en el fútbol, aunque las autoridades sigan divulgando la estampa de que todo negro es un ladrón real o potencial.

En lo esencial, los cambios son cosméticos y superficiales. Una mano de gato para tapar la lepra. De allí esa especie de asco con que las mayorías ven las anunciadas elecciones de octubre próximo. Están seguras de que, antes que otra finalidad, la clase política pretende lanzarse al abordaje del gran barco petrolero que flota en el mar fangoso de nuestra historia, para repartirse una vez más esa riqueza hasta el hartazgo. Es que es la misma clase que nació en un festín, ha vivido y gozado de mil festines, quiere eternizar su poder de festín en festín.

Seguramente porque contribuye a visualizar su trágica suerte, el pueblo vuelve sus ojos a las páginas de este libro. Quiere que le ayude a sacudir la mata. Que caigan los frutos podridos, que reverdezca la esperanza.

El 15 de noviembre, aniversario del bautizo de sangre de los trabajadores ecuatorianos, se lanzó la 8va. edición de EL FESTÍN DEL PETRÓLEO, escrita por nuestro Maestro y compañero JAIME GALARZA.

Esta obra es fundamental para el conocimiento de la historia nacional y de la terrible verdad de la más dilapidada riqueza natural. Su reedición aportará luz a las nuevas generaciones que, como las anteriores, buscan la liberación nacional.

La obra fue impresa por la editorial LETRAS DE LA COMUNA.

(Nota de Altercom)