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Vícam, Son. “Para ti no habrá ya sol; para ti no habrá ya noche; para ti no habrá ya muerte; para ti no habrá ya dolor; para ti no habrá ya calor, ni sed, ni hambre, ni lluvia, ni aire, ni enfermedades, ni familia… nada podrá atemorizarte. Todo habrá concluido para ti, excepto una cosa: el cumplimiento del deber en el puesto que se te designe. Allí quedarás para la defensa de tu nación, de tu pueblo, de tu raza, de tus costumbres. ¿Juras cumplir el mandato divino?”, invoca el solemne juramento yaqui, leído en círculo cerrado al subcomandante insurgente Marcos, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

“Con estas palabras, los capitanes yaquis (yoemes, como se nombran a sí mismos) otorgan la investidura a los nuevos oficiales que, bajando la cabeza, responden ehui (sí)”, concluye el pergamino pirograbado en piel y enmarcado con “huesos” de cactus, leído y entregado al delegado Zero.

En la sencilla y casi fugaz ceremonia, que hasta ahora había sido celosamente reservada para este pueblo, la autoridad tradicional de Vícam concede -junto con la bandera yoeme- el máximo cargo del guerrero indio al representante de la Comisión Sexta del EZLN.

El nombramiento es más que simbólico: en cada comunidad que visita, el subcomandante va “echando trato” de lucha con los indígenas para derrocar al sistema capitalista y expulsar a los ricos de México, causantes del despojo, la marginación y la pobreza.

El pacto, con cuatro de los ocho pueblos yaquis de Sonora, queda cerrado al amanecer del 25 de octubre, luego de superar dos intensas discusiones ocurridas la noche anterior -una de ellas pública, pero en lengua yoeme-, sobre la pugna que divide a estas comunidades.

Según cuenta la gente, los yaquis estaban enojados porque el subcomandante sólo visitó un pueblo, el de Vícam, al que se accede por un sinuoso camino sin pavimento y que apenas cuenta con luz eléctrica y agua potable, justo como ocurre en las comunidades del sur de la República.

El pacto establecido con los yaquis no es el único. En la nación guerrera Comca’ac -ubicada en Punta Chueca, Sonora-, el delegado Zero y el representante del Congreso Nacional Indígena (CNI) que lo acompaña en el recorrido, Juan Chávez -autoridad purépecha de Michoacán-, reciben el bastón de mando, no para ordenar qué hacer sino para pelear juntos por la autonomía y la liberación de las tribus.

Una sola voz, la del presidente del consejo de ancianos Comca (seris, como se les conoce) -considerado la máxima autoridad de esta tribu-, entona el canto de guerra, himno de esta nación.

La bienvenida a La Otra Campaña se hace en memoria de los guerreros que cayeron en la defensa del territorio seri. Pero no sólo de ellos, sino de los que pelearán por conservar intacto el corazón de la comunidad: la Isla Tiburón, ahora amenazada por los intereses del capital turístico, promovido por el megaproyecto presidencial Mar de Cortés, antes Escalera Náutica, y por los del propio gobernador del estado, Eduardo Bours, quien suele sobrevolar la zona en helicóptero.

Con humildad de indígena tzotzil de la montaña de Chiapas, el subcomandante asume el compromiso guerrero con estos pueblos y dice que él no ha venido a ordenar, que ha venido a escuchar y a llevar el dolor de los pueblos en su corazón, que es como una caja de guardar dolores. “Venimos a pedirles que sigan luchando, pero ya no solos, unidos con nosotros”.

La unidad de los pueblos indios se expresa en el CNI: eje rector de este trato. En cada comunidad, dicho congreso se asume como el gran actor del cambio social futuro. “En el Congreso Nacional Indígena los pueblos indios somos uno, no estamos solos”, explica Marcos.

Alzamiento pacífico

El espíritu guerrero de los indios del norte, en especial el de los seris y los yaquis —dispuestos a todo por defender su cultura y su territorio—, revelan la búsqueda de la transformación social.

“Yo soy un subcomandante cualquiera, pero algo he leído y según yo, en 1906, Sonora, con Cananea, anunció la Revolución de 1910. Nosotros pensamos, por estas señales que nos dan los pueblos indios, que otra vez, en las tierras de Sonora, brillará la profecía que unos años después habrá de hacerse realidad”, dice el delegado Zero a universitarios el 23 de octubre, un día después de escuchar a los habitantes de la nación guerrera Comca’ac.

Con 25 estados de la república visitados y con el diagnóstico de su situación, Marcos presagia que en este país pronto habrá un levantamiento de insurrección; aunque, puntualiza, será pacífico.

“Lo que va a pasar, va a pasar. Y tenemos que decidir si le vamos a entrar o no. No estoy hablando de un levantamiento armado, ni de ponerse pasamontañas, levantarse en armas. Estoy hablando de un levantamiento pacífico. Y no de irse a otro lado sino luchar cada quien en su lugar. Y poder transformar esto en todas partes, pero apoyándonos unos con otros.”

Además de los yaquis y los seris, durante su paso por Baja California y Sonora, Marcos pacta luchar al lado de los kumiai, kiliwa, cucapá y pai-pai; de los triquis, mixtecos y zapotecos originarios de Oaxaca, que desde hace 15 años habitan en San Quintín, Baja California, y de los tohono odam (conocidos como pápagos).

En Sonora también tiene acercamientos con las tribus pima y yoreme (o mayo), y con la navajo y la cherokee, cuyos territorios se localizan en Estados Unidos. El interés de los pueblos indios en esta propuesta se fundamenta en la resistencia a la extinción, pues sobre ellos pende “la amenaza de guerra que, para exterminarlos, no utiliza balas sino leyes”.

El México ocupado

Sub comandante Marcos

La red anticapitalista que teje el subcomandante Marcos en todo el país no se limita a los pueblos indios, abarca a todos los oprimidos del sistema, entre ellos los inmigrantes legales e ilegales.

“Lo primero que conocí de Estados Unidos fueron sus cárceles y los golpes de la migra”, cuenta Felix García, indígena cora de la costa de Nayarit, residente del “México ocupado”, como los inmigrantes nombran al territorio (que comprende California, Arizona, Nevada, Utah y parte de Colorado, Nuevo México y Wyoming) regalado a Estados Unidos en 1848, con la firma del tratado de Guadalupe Hidalgo, tras concluir la guerra de intervención norteamericana.

Por sus mejillas endurecidas escurren lágrimas de rabia, mientras su voz entrecortada narra las heridas que lo marcan desde entonces: “Crucé cinco veces la frontera. Me vi en la necesidad de dejar mi ejido porque el dinero no alcanzaba, no por gusto, como dice Vicente Fox.

“El presidente afirma que México tiene una economía maravillosa; y sí, la tiene, pero para sus hijastros, los hermanos Bribiesca, y para su esposa, Marta Sahagún. Vergüenza le debería de dar que la economía de México se sostenga con las remesas y que del otro lado nos manden rateros que se refugian en guaridas llamadas consulados, donde también nos discriminan”.

La historia de Félix García se repite incesante en la primera reunión con La Otra del Otro Lado, como se auto nombran los adherentes mexicanos, chicanos y pochos, ocurrida en Tijuana, el 18 y 19 de octubre.

Voces dignas, femeninas y masculinas, narran la pesadilla norteamericana —ofertada como un sueño—: minuteman, migra, salarios de miseria, hacinamiento, discriminación, marginación, racismo. Como muestra del repudio a las políticas discriminatorias, el subcomandante Marcos simula orinar la frontera.

Ramiro Medrano, integrante de la organización Watsonville Brown Berets, denuncia que en los últimos cuatro años, 24 mil personas han sido detenidas en Estados Unidos por razones de inmigración, de las cuales sólo siete mil han sido deportadas: “queremos saber en dónde están los demás, en qué cárceles”, pregunta.

El joven señala que es Halliburton la empresa encargada de detener y confiscar a los inmigrantes ilegales, y que es el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, quien paga por ese trabajo.

“El Departamento de Seguridad pagó más de 300 millones de dólares a Halliburton para que construyera centros de detención de inmigrantes. Las autoridades afirman que no son cárceles, con lo que estamos regresando a la época de los nazis.”

Con el orgullo del chicano, Ramiro dice que la solución para los inmigrantes ilegales no es la amnistía. “Muchos piden que nos perdonen, pero de qué nos van a perdonar. No estamos haciendo nada malo”.

Explica que “el debate de la inmigración no se va a ganar con una amnistía. Tenemos que hacer una revolución, un cambio total, pero pacífico. Por eso La Otra Campaña debe adoptar esta lucha social que se hace del otro lado de la frontera”.

México en venta

En la actualidad, para ceder el territorio mexicano a los estadounidenses, las autoridades federales no necesitan una intervención armada -como la ocurrida en 1848-, lo único que necesitan son leyes que despojen la tierra a sus dueños legítimos -campesinos y ejidatarios-, y que permitan, por medio de disposiciones leguleyas, que inversionistas extranjeros las adquieran bajo la oscura figura del fideicomiso.

Y es que al llegar a Baja California Sur -después de viajar en el trasbordador California Star, de la compañía Baja Feries- el delegado Zero escucha cómo el megaproyecto presidencial Mar de Cortés y los desarrollos turísticos promovidos por el Fondo Nacional de Turismo se apropian ilícitamente de las playas.

Los puntos más críticos son Cabo San Lucas y San José del Cabo, donde las privatizaciones han sido solapadas y se prohíbe la de los mexicanos -lugareños y visitantes- a la costa, que a pesar de ser zona federal es tratada como propiedad privada.

Al concluir su recorrido por Baja California Sur, Baja California y Sonora, considerados como estados altamente productivos y generadores de riqueza del país, La Otra Campaña encuentra marginación, pobreza, desigualdad, discriminación, racismo, explotación laboral: condiciones sociales similares a las que aquejan al sur de México, considerado como la zona más pobre y con menos desarrollo.

Publicado: Noviembre 2a quincena de 2006 | Año 5 | No. 68