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Darth Vader versus Obi Wan Kenoby

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Darth Vader versus Obi Wan Kenoby por David B. Salazar; [email protected]

Europa y los EU observaron con sorpresa la guerra en el Líbano, en la que Israel desató feroz represalia –a lo que ya nos tiene acostumbrados-, contra los actos dizque a su vez "terroristas" de aquellos que, cansados del pisoteo de su dignidad humana, libran una batalla desesperada y angustiosa -que los orilla de un modo incuestionable y en gran parte justificado, hasta al martirologio-. A su vez la desproporcionada e indiscriminada violencia con la que actúa la fuerza armada de Israel, ni siquiera se tipifica como "Terrorismo de Estado", pues el imperialismo que instrumentaliza dicha nación, lo hace también con el “lenguaje” que se emplea comúnmente para relatar estos hechos.

La acción planeada para un par de semanas –a lo más-, terminó en un hecho que ya no es nuevo en el horizonte bélico del Cercano y Medio Oriente: el fortalecimiento militar del poder combativo del mundo árabe e islamista a partir del inesperado desempeño de la fuerza militar de Hezbollah, la guerra de baja intensidad en Irak y el resurgimiento de los talibanes en Afganistán. Tal vez hubo de parte de Israel un error inducido por la arrogancia y omnipotencia incubada en un historial de batallas vencidas desde 1948 y por la llamada oficialmente "lucha antiterrorista" que “justificaba” sus masacres contra los árabes. Pero esta vez el Hezbollah ha librado una "guerra justa", buena… pues ataca el atropello impune de la dignidad árabe y la violación sistemática de sus derechos.

EU impone el concepto de lucha antiterrorista cuando ejerce su poderío militar asimétrico para desplegar por el mundo sus preconceptos e intereses plutocráticos (en lo esencial, son tan materialistas, como lo fueron los del imperio soviético y todos los anteriores), en contra de naciones y países que aunque débiles en lo militar, son profundamente espirituales. Aunque las formas terroristas son también parte del acerbo musulmán en sus guerras, no es exclusividad de ellos solamente. También es terrorismo destripar inocentes niños y mujeres mediante un misil electrónico o bombas de racimo, que el milico ejecuta a distancia y así no es salpicado por la sanguinolenta melange de restos humanos de sus víctimas, borboteando a raudales. Por esto no parece incumbirle. Tampoco importa que el cretino masacrador actúe ciegamente bajo las órdenes de sus "comandantes" que no entienden de las "estrategias" de aquella plutocracia ávida de dinero y de dominio económico que está enclaustrada en la cúpula de la pirámide de poder de sus "democráticas naciones". Tampoco tienen la conciencia necesaria ni el entendimiento requerido para darse cuenta de su condición de "mercenarios" a la que han arribado gracias a la complacencia y el engreimiento material del que son objetos. Tampoco importa ya si tienen conciencia o no de su condición humana, desde que actúan como los robots del Imperio del Mal en la Guerra de las Galaxias (Darth Vader).

Tanto en Afganistán, en Irak, como en Palestina y el Líbano, hay un elemento militar que fue subestimado por los estrategas occidentales: se trata del factor espiritual como forma de poder militar y político (el factor Obi Wan Kenoby). Ese factor estaba en el origen del poderío de la cristiandad, que desde las catacumbas corroyeron al Imperio Romano, hasta las Cruzadas, que algún tiempo más tarde convergió en la destrucción del Imperio Otomano. El poder religioso, esa extraordinaria determinación de combate desde un "absoluto" que lleva al combatiente a considerar la eventualidad de su propia muerte como puerta de salvación de su pueblo y de sí mismo, es un arma decisiva.

Hoy estamos ante la confrontación del soldado "bien pagado" (mercenario), apenas o nada motivado para el heroísmo y el sacrificio; contra el "guerrero sagrado", preparado espiritualmente para el martirio, en defensa de su pueblo y de sus creencias. Hablar de suicidio en estos casos resulta un craso error. Para el muhajedin se trata del sacrificio vital y salvador que lo dignifica espiritualmente en su humana condición comunitaria. Es la vida misma en la dimensión teológica de quienes poseen fe en su comunidad, hoy pisoteada por bárbaros humanos, alienados por una cultura apropiacionista global.

La guerra técnica –material-, donde cuenta más la tecnología de destrucción, que se considera superior a la firmeza del "guerrero sagrado" -henchido de espíritu gregario- está hoy desafiada por lo que ocurre en Afganistán, Chechenia, Irak y en el Líbano. Se trata una vez más de la sempiterna y homérica lid entre el poder material –de carácter individualista-, de algún imperio transitorio ávido de riqueza, y la convicción profunda de nuestra condición gregaria, de nuestra fe comunitaria, social, que caracteriza a todos los humanos que todavía conservan con orgullo y determinación su condición de tales. Es difícil imaginar que cualquier ejército occidental pueda reclutar "suicidas sagrados" como los del Islam para demoler ya sea las torres de Nueva Cork o el Octágono. ¿Olvida Occidente de cómo construyó su poderío a partir de las ruinas del Imperio Romano? ¿Acaso no fue esa fervorosa cristianía que maduró en las catacumbas la que produjo tantos mártires y santos, hasta lograr capturarlo? Los hombres de aquellos tiempos estaban más cerca de ese absoluto "sagrado" del islamismo actual que el de la frivolidad materialista del militarismo actual, que ya no se condice con la noción de Comunidad.

Cuando la idea revolucionaria se internalizó como protoforma de fe, la revolución fue vivida religiosamente y produjo heroísmo, sacrificio. Allí encontraremos a personajes como el Víctor Raúl fundacional, Martí y tantos otros, pero a partir de la implosión de la URSS, la fracasada Revolución Cultural china, la melancolía cubana o el fin del Che, ya la Revolución es otro dios muerto en la cultura occidental… y sin embargo vive –porque es parte inseparable de nuestra humana condición-, aunque esta vez aparezca en otras latitudes. Cristo ya lo dijo: No sólo de pan vive el hombre… La justicia cuenta.

Algunos grandes estrategas de Occidente, como W. Churchill, comprendían cabalmente la predominancia del espíritu sobre la materia y durante los peores tiempos de la 2da guerra mundial, él proclamaba un axioma vencedor: "En la guerra, determinación", es decir fe –convencimiento total en la justicia de su causa—, sin que importe cuanto sudor, sangre y lágrimas, hubiere que derramar en el empeño, y sí que se segaron vidas de heróicos y desconocidos seres –por millones—, en aras de la defensa de su patria, de su comunidad. Su motivo fue justo –impedir el abuso—. Dieron su vida por ello.

Hoy, esa determinación –que emerge del convencimiento y justicia de la causa-, por la razón o sinrazón de lo religioso, está ausente de los ejércitos occidentales. Israel era -hasta hace un tiempo-, el único país occidental que podía oponer una fuerza espiritual capaz de mover sus ejércitos hacia el triunfo, como ocurrió en 1967, cuando en pocos días venció a tres países limítrofes, cuyos ejércitos eran instrumentos de algún caudillo. ¿Pero será que Israel perdió aquella fuerza espiritual –su patria iba en ello- y ya es víctima de la decadencia espiritual de una subcultura de hedonismo y de materialismo mercantil que es la que impera en ese Occidente que niega su metafísica fundacional?

Quizá también ahora en Israel, el soldado de aquella profunda fe comunitaria está siendo desplazado por el soldado técnico, profesional o simplemente reclutado, cuya conciencia ha sido barrida –acallada-, para que resulte impávido ante los abusos y atropellos continuos que debe cometer como persona y como tropa, olvidando que los humanos poseemos siempre un sentido de justicia y empatía con nuestros semejantes y nuestra comunidad, el mismo que cuando se difumina en la inconsciencia, nos lleva a una suerte de nihilismo, de pérdida de fe en nuestros semejantes y de falta de pasión.

En tales circunstancias, la idea de patria, de comunidad y de nación, ya es una idea degradada y decadente si está circunscrita en el cinismo, la prepotencia y el abuso, es decir en la inconsciencia y deshumanización. Los hombres de Napoleón, de Kutuzov o de Vo Nguyen Giap alcanzaron un ciego heroísmo detrás de las banderas de patria, independencia o libertad –valores comunitarios—, que se fundamentan y prevalecen siempre en la dimensión de la fe. Más allá de la tragedia del Líbano e Irak, se abre una profunda reflexión sobre esa necesidad de visión metafísica, religiosa y de justicia.

Occidente se entera de la materia en aburridos libros escolares, como de un recuerdo perimido. El Islam vive hoy sus guerras con la convicción de aquel Ricardo Corazón de León, capaz de cabalgar meses, semimuerto de sed y hambre, por áridos y desolados desiertos, para liberar el Santo Sepulcro que su fe le señalara. Los grandes pueblos de Asia -importantes potencias que hoy se afirman en todos los campos-, como ese islamismo que rechaza casi con horror los niveles de degradación del mundo "moderno y occidental", son una realidad que obliga a un dramático y urgente rearme moral.

Hay un rechazo a esta cultura occidental que adquiere cada vez más fuerza material. Esta admirada sociedad tecnológica, produce un hombre dependiente del consumismo y del exitismo, carente de escrúpulos y de empatía por sus semejantes, intoxicada de falsa libertad de la que hoy son víctimas primordiales jóvenes asediados por la droga, el sordo perreo, la banalización sexual –apéndice y orificio-, la ruptura generacional y el rechazo de los valores de sus padres y de su tradición a cambio de nada. Una subcultura en expansión –aunque insostenible-, que oculta el nihilismo y la autodestrucción.

Llegamos así al peligroso extremo de una confrontación mundial entre espiritualidad y materialismo. Cuesta entender este Occidente que mata sus propios dioses fundadores en nombre de un cada vez más difícil y excluyente "consumismo del placer". El tipo de vida, o de imagen de vida, que hasta hace poco era motivo de admiración, hoy ya sólo atrae a unos pocos. La sociedad tecnológica triunfante termina produciendo de este modo un "hombre masa", que es un residuo de la máquina productiva que él mismo creó y que lo sojuzga e instrumentaliza, deshumanizándolo paradójicamente.

Hay que darnos cuenta que el cáncer de la cultura occidental nace de un espíritu vacuo. Estamos ante una fuerza surgida de un triunfo parcial –sostenida en el predominio de lo tecnológico y material-, pero, en realidad, corresponde reconocer que el Islam está más situado en su fe. Es capaz de transformar sus guerreros en místicos y sus místicos en guerreros. Es capaz de aprender y desarrollar toda la tecnología que fuese necesaria para derrotar totalmente a los "materialistas" de Occidente, como ya lo hacen chinos, indios, coreanos y pakistaníes… porque tiene la voluntad y la fe requerida para lograr esto y más… porque tiene la fuerza espiritual de la que hoy la tropa de occidente carece.

Esta no es una guerra entre "cristianos y musulmanes"… tampoco es un "choque de civilizaciones". Es simplemente la re-emergencia y el rescate de nuestra condición humana profundamente fincada en nuestro espíritu amoroso para con nuestros pares y nuestra condición gregaria que conforma nuestra "mente social" desde la que pensamos y sentimos empatía con nuestro semejante… y es la lucha contra aquel materialismo que nos cosifica como seres humanos… es la lucha por nuestro desarrollo humano con equidad y respeto a nuestra comunidad, a nuestro medio ambiente… en fin, es la lucha contra el prepotente y manipulador que rebaja y humilla nuestra humana condición.

¡Comunidad o Muerte! ¡Venceremos!

Basilio Kondory Atoksaykuchi

Amaybamba, 22 de noviembre de 2006

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