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La historia se comprende mejor cuando se examinan grandes períodos, preferiblemente épocas completas, escenarios en los que es posible apreciar las regularidades y se verifican las leyes que a través de la acción de los pueblos y sus vanguardias, dictan el perfil del tiempo. En ese contexto la Sociología asume con rigor el determinismo propio de las ciencias.

De lo que se trata, es de la conformación de un entorno político al que en fecha reciente se han sumado, unos tras otros, varios países de Centro y Sudamérica, que unidos a Cuba y al conglomerado de naciones caribeñas, sin concertación previa ni homogeneidad ideológica, se colocan a la altura de la verdadera modernidad política.

Se trata de otra evidencia de que si bien, coyunturalmente, el desarrollo social puede ser retrasado o detenido, incluso se le puede hacer retroceder, no se posible impedirlo.

Detener el desarrollo económico, cultural y político de los países latinoamericanos y congelar la evolución de sus sistemas políticos fue hasta hace poco la obra cumplida de la oligarquía nativa, integrada por los terratenientes, el clero y el ejército, a la que se sumaron sectores retrógrados de la burguesía nativa desnacionalizada y elementos desclasados corrompidos por el sistema.

La única muestra de flexibilidad y apego a lo moderno del régimen oligárquico autóctono, nacido del caciquismo y del caudillismo, que controló el atrasado medio rural después de la independencia, fue su capacidad mutante para adaptarse a los nuevos estilos de dominación imperial, sin alterar su condición privilegiada.

Si bien la oligarquía criolla logró convivir con la urbanización, se adaptó al estilo y a la hegemonía de las transnacionales norteamericanas y europeas que explotaban el azúcar, el banano, las salitreras, las minas y otras y se reconvirtió para participar en las nuevas formas de saqueo asociadas al petróleo, el gas y las nuevas tecnologías, no sumó un ápice al progreso político.

Semejante mezcla dio lugar a un entorno surrealista cuyos grotescos rasgos, dieron lugar a las obras magnificas de Rómulo Gallegos, Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Roa Bastos, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y otros tantos que en Europa premiaron por su imaginación y en América comprendimos, por el crudo realismo de sus descripciones.

Nunca hubo nada menos pintoresco y romántico en nuestra historia que el infierno de explotación, represión, miseria, atraso, exclusión a que durante doscientos años han enfrentado nuestros pueblos y que finalmente, con las mismas armas con que antes los engañaron y oprimieron, se desprenden de la pesada y repugnante costra de las nuevas formas de coloniaje.

Con Noboa, Menem y Carlos Andrés Pérez, como antes ocurrió con Batista, Trujillo y Duvalier, un poco más tarde con Somoza y Strossner, se cierra un capitulo. El más terrible de la historia americana.

No hay que confundirse. Esta no es la revolución, aunque probablemente el camino de desarrollo, progreso y paz que abre la aplace, la haga menos urgente e incluso innecesaria. Con un paso de siete leguas, Ecuador ha hecho lo necesario: sumarse.

Quien está ahora sola, es la oligarquía.