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A finales de 1960, dos computadoras IBM 1401, compradas por Cuba a la Internacional Business Machine, la mundialmente conocida IBM, quedaron varadas para siempre en el puerto de Nueva York, mientras los portuarios se preguntaban qué hacer con aquellas inmensas cajas de “cerebros electrónicos”, como se les decía a estos armatostes, grandes como escaparates, que entonces eran el último grito de la tecnología.

Quizá sea el primer caso, mas no el único, que evidencia cómo las sucesivas administraciones de la Casa Blanca, con su política de bloqueo económico y comercial, han torpedeado por más de 40 años el desarrollo tecnológico de la Isla, algo que a veces a simple vista no se nota, pero que es una realidad cruda y constante. Cada byte que llega a nuestro territorio en un disco duro cuesta mucho más que su precio normal en el mercado, pues los equipos de cómputo se encarecen hasta en un 30 por ciento o más por encima de su valor, al no poderse adquirir directamente en su mayor mercado mundial, Estados Unidos, o tener que pagar grandes tarifas de transportación por comprarlos lejos. Incluso en ocasiones hay que abonar un plus extra por el temor del vendedor a las pérdidas que le ocasionaría que el Departamento del Tesoro, o el de Estado, descubriera que ha negociado con la Isla proscrita.

Son apenas un par de ejemplos. Hay muchos más.

Computadoras proscritas

El bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos obstaculiza seriamente nuestro acceso a las tecnologías de la información y las comunicaciones, pues desde el año 1962 Cuba tiene prohibido adquirir equipos de cómputo de cualquier compañía o subsidiaria estadounidense.

Según el informe que la delegación cubana presentara en la segunda fase de la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información, que se efectuó en noviembre en Túnez, esta situación ha acarreado pérdidas millonarias en las actividades de telefonía básica e inalámbrica, sistemas de alarma, comercio electrónico y comunicaciones postales. Además, es un factor que limita la adquisición de nuevos conocimientos, no solo por académicos criollos, sino también por norteamericanos, pues los científicos y profesionales de ese país necesitan, todavía hoy, la autorización del Departamento del Tesoro para viajar a Cuba, algo que muchas veces es negado.

Resulta increíble que hasta la labor de ayuda humanitaria, destinada en muchas ocasiones a hospitales, escuelas y otros centros sociales, sea torpedeada. Así ha ocurrido más de una vez con la Caravana de Pastores por la Paz, organización religiosa norteamericana a la cual le han pretendido confiscar las computadoras donadas a nuestro país. La denuncia de Cuba ante la Cumbre Mundial especifica el caso de USA/Cuba-Infomed, organización no gubernamental radicada en California, que pretendía, como en otras ocasiones, donar 423 computadoras que serían instaladas en hospitales y policlínicos cubanos para apoyar la red de diagnóstico e informaciones médicas.

El 10 de abril de 2003 el Departamento de Comercio de Estados Unidos negó categóricamente una licencia de exportación a esta entidad para traer los equipos, que estaban destinados al Instituto de Nefrología y a la red nacional de atención a enfermedades renales, donde facilitarían un estudio epidemiológico para la prevención de enfermedades renales crónicas; al Cardiocentro del Hospital Pediátrico William Soler; a la red cardiopediátrica nacional y a la Escuela Latinoamericana de Ciencias Médicas.

Lo increíble es que el documento de la prohibición consigna: “Los Departamentos de Comercio, Estado y Defensa de los Estados Unidos han llegado a la conclusión de que esta exportación sería perjudicial a los intereses de política exterior de los Estados Unidos”. Estados Unidos, hipócritamente niega a trabajadores humanitarios donar tecnología a Cuba mientras entrega gratuitamente computadoras, impresoras, módems, celulares y cuanto artilugio novedoso hay para fomentar la contrarrevolución interna.

Guajiros sin E-commerce

Los guajiros de Oriente hace rato saben que su café y el cacao, apreciados en todo el mundo, también pueden “degustarse” por Internet. Lo saben, pero no pueden ponerlo a disposición de los cibernautas.

En la supuestamente democrática “Autopista de la Información” usted no puede vender nada sin tener una tecnología que le proporcione una firma digital. Ese es su identificativo, su carné virtual, su sello cibernético, su tarjeta de presentación y autentificación en los bancos para que la gente pueda comprar y pagarle legalmente. Pero los campesinos cubanos de las provincias orientales no tienen firma digital. Desde el año 2000, por no disponer de las tecnologías de certificados digitales, está paralizado el programa de la Unión Internacional de Telecomunicaciones para llevar el comercio electrónico a zonas donde nunca ha llegado, que permitiría a esos productores vender sus bienes y servicios por Internet, fundamentalmente a otros países del Caribe.

Los proveedores de esta firma virtual —empresas de Estados Unidos— tienen prohibido suministrar esa tecnología a Cuba. Algo similar les sucede a otras empresas nacionales, que para vender en Internet tienen que estar buscando constantemente socios en todos los confines del planeta dispuestos a arriesgarse, siempre bajo la amenaza de una multa gigantesca de Estados Unidos, presión que obliga a los negociadores criollos a dar mayores facilidades a la otra parte, y reduce por ende las ganancias.

Daños mutuos

El colmo de quienes apoyan y refuerzan con medidas cada vez más absurdas el bloqueo, es que han llegado a perjudicar a las propias empresas norteamericanas, al obligarlas a no vender sus productos a la Isla.

Quizá el mejor ejemplo de esto sea el gigantesco monopolio de Bill Gates, Microsoft, que en las licencias de uso de todos sus productos consigna que estos no pueden ser exportados a Cuba, a terceros que negocien con ella y hasta a personas que se sospeche puedan hacerlos llegar a nosotros.

Similares situaciones se dan con todo tipo de software y equipos, motivo por el cual entidades nacionales se ven obligadas a comprar las licencias de software, sus actualizaciones y la transferencia de tecnología a través de terceros países, con el consiguiente incremento de precios y demora en la adquisición.

La sociedad norteamericana pierde, por otro lado, la posibilidad de acceder a creaciones informáticas o tecnológicas del patio, como las colecciones multimedia educativas o de salud, apreciadas en otros lugares del mundo, que pudieran ayudar a muchas personas, fundamentalmente entre los hispanos residentes en territorio de EE.UU., a elevar su nivel cultural.

Se queda, además, sin poder constatar los avances en sectores como la producción de equipos médicos de alta tecnología, muchos de los cuales son competitivos mundialmente por su calidad, prestaciones y precio, y que pudieran ser utilizados para salvar la vida de muchos norteamericanos, específicamente en las comunidades más pobres. El absurdo e irracional bloqueo no tiene justificación alguna. Daña a ambas partes. Y, por desgracia, el mundo virtual tampoco escapa a esta realidad.