Mientras que las grandes causas no perecen por el miedo, porque subliman sus recuerdos heroicos, sus motivaciones éticas y revolucionarias, aunadas a una despiadada y feroz auto-crítica y su columna vertebral pasa por la fraternidad solidaria entre sus miembros, las hermandades, más propiamente colectividades mafiosas, tienen un símbolo endiosado como motor y dínamo de sus existencias: el dólar. Sin la moneda, de boca para afuera odiada, de bolsillo para adentro, idolatrada, no hay lucha por nada, sólo desaliento y como consuelo, becas y relaciones públicas para buscar en qué colocarse y ¡seguir ganando para alimentar sus bocas hambrientas!

Las hermandades de los dólares pretextan, industrializan, reinventan lenguajes y alambican términos para generar neumáticas ficticias, siempre y cuando, el vil metal, casi siempre exaccionado del exterior o expoliado al Estado, vía cómplices cuyas hojas de vida están calibradas al milímetro, provean de cómo parasitar en el ademán y en el contorno ¡jamás en la solución porque las soluciones acaban con el líquido elemento, en este caso los dólares!

Los métodos son fáciles de identificar. Basta con ingeniosas campañas que no pasan de ser afirmaciones primarias, hasta simples, pero barnizadoras de dinámicas que “justifican” libracos, talleres, fórums, seminarios, sueldos, gastos de caja chica y mil otras chucherías, siempre con la ayuda de contables experimentados y cuya primera misión es asegurar la partida de dólares ¡cómo no! ¡Es débil mental, pero no debemos discriminarlo! ¡Tiene los genes de mamá, pero ella no lo reconoce! ¡Es farsante y vive del Estado, pero no debemos decirlo! Yo haría una campaña que encontraría en Perú, millones de recipendiarios: ¡Es un hijo de mala madre, pero todos se callan!

Sólo las fraternidades que se reúnen para buscar caminos de avenida, alamedas de solución y modernizaciones en un mundo altamente retador, tienen la posibilidad, no ineluctable, de sobrevivir a la anomia nacional que corroe la ética pública y privada. Las élites están absolutamente envilecidas, las de derecha vendepatria y reaccionaria; las de zurda dolarizada y huérfana de ideas; las de centro más bien funcional y traidoras, social-demócratas, liberales o neoliberales oportunistas, todas han sentido la obsolescencia que proviene de no haberse renovado. Las mismas caras, los métodos idénticos, las taras sempiternas, las fallas intrínsecas, ¡nada ha cambiado porque no hay inteligencia suficiente o entereza para comprender que el mundo ha trocado en retos mucho más complicados!

El dólar, como cualquier moneda, no produce felicidad. Sí quita, de repente, dolores de cabeza y paga facturas. Sin embargo no puede comprar ni crear mística y potencial de combate sublime por la patria, su dignidad e historia: en el momento en que se secan los caños, los que viven de estos dólares, sólo huyen y desaparecen simultáneamente con el billete. En cambio, la ética, la capacidad de regeneración de un país tiene que aprender a administrar sus mitos, sus tareas, su mesianismo constructor, nacional y nacionalista, porque de lo contrario la violentización de las sociedades corroe hasta la última célula.

Estuve ha poco en una reunión. Golpeados, casi apaleados por los guarismos electorales, los más inteligentes, comprendieron que no hay explicación posible que cohoneste el fracaso total obtenido. Disociar un comicio político de uno vecinal es básicamente una estupidez pseudo-intelectual. Se pierde o se gana. Las gamas medias sólo son parte del gran consuelo onanista en que pareciera gozar mayúsculos sectores de las castas políticas. Algo así como: ¡a mí me fue mal, pero al del costado, peor! Mal de muchos, consuelo de tontos.

Si los que aún profesan una fe y una ideología, cualesquiera que ella fuese, no comprenden que su tesoro empieza a amenguar por falta de elan, pantalones e idoneidad para expulsar a las malas pulgas, entonces, no les queda otra salida que dormir la ilusión, llorar el recuerdo, entrar al pasado. Los que aún quieren pelear porque esa es su naturaleza victoriosa ¡enhorabuena! ¡Y para eso no se necesitan dólares, ni gringos bobos dispuestos a expiar sus pecados o gringos vivísimos que han convertido, por la vulgar compra, a antiguos rebeldes, en parlanchines borregos, genuinos y torpes representantes del imperialismo en nuestros países! ¡Y hay decenas de cipayos vergonzantes en estos pagos!

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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