De nuevo el Gobierno central pretende timar los recursos de los municipios. El pasado 30 de octubre logró que el Senado aprobara en segundo debate la reforma que modifica el Sistema General de Participaciones (SGP o transferencias), artículos 356 y 357 de la Constitución Nacional, eliminando las cifras establecidas, para profundizar la descentralización, por los constituyentes en 1991.

Algo similar había obtenido (supuestamente hasta el 2008) contra todo tipo de oposición popular el gobierno de Andrés Pastrana en el 2001. Era una orientación del FMI y así debía ser. La razón era sendilla: era urgente controlar el déficit fiscal proveniente del pago de las obligaciones de la deuda pública externa y del gasto destinado a la guerra. No importó aplicar de esa manera una puñalada a la descentralización, y con ella al poder real de los gobernadores, alcaldes y concejales municipales. Los gastos para educación y salud de los más pobres, que viven en los departamentos menos centrales, y sus municipios más alejados, que no cuentan con otras fuentes de ingresos, como empresas propias, tenia que esperar. Así se hizo.

Desde entonces y hasta el año 2005 los entes territoriales aportaron, según Gilberto Toro (Presidente de la Federación Colombiana de Municipios) $5,2 billones en materia de ajuste y ahorro, y para superar el déficit fiscal destinaron $3,5 billones durante igual período de tiempo. Sin embargo el gobierno del señor Uribe no está satisfecho. Tiene que seguir privilegiando los compromisos con los entes internacionales. Educación, salud, empleo y otras necesidades deberán esperar en las regiones.

¿Una luz al final del túnel?

Ahora vienen nuevos debates (mediados de noviembre) en la Cámara de Representantes. El Gobierno espera que para diciembre el Congreso haya aprobado en primera vuelta la reforma. El 2007 será el año decisivo, toda vez que como reforma constitucional debe surtir discusiones en dos períodos legislativos continuos. Ya el movimiento social está en alerta, el paro nacional estatal y la movilización nacional del pasado 9 de noviembre tenía como uno de sus propósitos denunciar y oponerse a este cometido gubernamental.

Divide y reinarás, dice el refrán maquiavélico. Y así han procedido. Por ahora y para maniobrar, el Gobierno de Uribe ha recurrido a la división de los municipios. En efecto, en las discusiones llevadas a cabo hasta ahora se incluyó una norma que destina del 2 por ciento de los recursos del SGP a los municipios con poblaciones menores a 25 mil habitantes, es decir, algo así como 850 municipios.

Según lo aprobado hasta ahora, las transferencias crecerán en la inflación causada más 4 por ciento durante los años 2008 y 2009 y en 3,5 por ciento real en 2010. Entre 2011 y hasta el 2019 el SGP crecerá la inflación más 3 por ciento, es decir, menos del 10 por ciento. Algo muy distinto a lo ordenado por la norma original que situaba la participación de los entes territoriales –para el 2001– en el 42 por ciento.

Soslaya el Gobierno, de manera conciente y premeditada, la Constitución cuando ordena: “Colombia es un Estado Social de Derecho organizado en forma de república unitaria, descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales…” (Art. 1).


¡Fetiche!

Las agencias internacionales registraron la noticia sin mayor asombro: “descubrieron en un banco asiático 10 toneladas de oro del dictador chileno Augusto Pinochet”.

La noticia produce asco. ¡Diez toneladas de oro guardadas en bóvedas de seguridad. Oro más allá de su alcance, lejos de poder verlo o cogerlo! Fueron tantos los millones que robó a su pueblo –ya localizados en bancos de diversas coordenadas del mundo– que se vió obligado a comprar oro. Así se sintió amo y señor. Es la imagen del poder eterno, representado en oro. Es el simple fetiche de la riqueza multiplicado por el capitalismo. Es el metal amarillo fundido en sangre y dolor de miles de chilenos que la dictadura ordenó matar, encarcelar, perseguir, salir de su país.

Así amasó esa fortuna el dictador. Es oro que no brilla. Es oro que produce rabia y asco. Él lo amasó con furia y con disposición permanente para cumplir las órdenes del amo norteamericano. Es el pago que recibió por su “trabajo”, siempre sucio. Al dictador nunca le cupo gloria. Ahora, ante la evidencia de su alucinación y enajenación le cabe el asco de la humanidad.