En su muy notable libro Revolución en Educación, el historiador y educador chileno, Pedro Godoy P., de recientísima y fecunda visita al Perú, afirma un conjunto de asertos de vibrante vigencia y polémica reflexión. El modelo neoliberal impuesto por Pinochet con la asesoría de los Chicago Boys y que la Concertación de Michelle Bachelet mantiene, suscita en Godoy la siguiente sentencia: “Tal teoría convierte la docencia en mercancía, al alumno en cliente y al educador en mercenario”.

Habíamos escrito, días atrás: “¿Qué están forjando nuestras universidades? ¿Profesionales de y para el Perú o simples mandaderos para las empresas transnacionales? Una cosa es estudiar con la ineludible comprensión que todo aquel que arriba al plano profesional tiene un compromiso con el país y sus 26 millones de habitantes, y otra, muy distinta, entrenarse para ser uno más de la multitudinaria cadena de transmisión opresiva que impulsan las grandes empresas mundiales en Perú. ¿Hay distinción entrambos conceptos en el enorme archipiélago de estas casas de estudios nacionales? Dijo, alguna vez, en lúcida interpretación, Luis Alberto Sánchez: la universidad no es una isla. O, ¿estamos creando un ejército de Simpáticos Saltimbanquis Urbanos (SSU)?” (¿Universidades o despensas para las transnacionales?)

Y los giros que sobre el particular elabora Godoy en su referido estudio superan todo lo conocido, clásico y aburrido de los “profetas” y “especialistas” en la materia.

Leamos.

“Nuestros expertos se enamoran de lo foráneo porque viven de espalda a lo criollo y están obsesionados por lo moderno.

No es el nuestro, el oficio de farandulero que busca el aplauso, del político cuyo afán es el sufragio y tampoco el del empresario cuya meta es la rentabilidad. Hay un destino de “aguafiesta” que empuja a difundir –desde el pupitre, la prensa o el impreso- lo que se juzga una ponencia cierta y útil para el país. Ello, aunque desagrade al establishment. Concordamos en que el riesgo es asumir la condición de outsider. Sin embargo, más ominosa que la censura es la autocensura. De allí que se afronten los peligros del silenciamiento que es la cicuta de nuestra democracia ramplona. La meta: un sistema escolar con raíz nativa y afán de servicio. Insistiremos hay que poner punto final al plagio, es decir a la “copiomanía”. La actual reforma se calca de una europea y se acata a capataces del Banco Mundial y del FMI. Se espera lacayunamente la receta forastera juzgada infalible. Eso explica que un director de escuela secundaria de Nueva York –mister Gregoy Hodge- sea invitado de honor (El Mercurio, 1-9-2006) y consultado como oráculo. Lo de siempre: chamanes del I mundo escuchados con admiración siútica y afán imitatorio.

Reitero: hay complementariedad entre denuncia y propuesta. Ahora, con esta obra, se promueve tecnologizar a la nueva generación previniendo frustraciones y parasitismo. Se centrará en concebir la educación sistemática como palanca de nacionalización, es decir, como herramienta que permita profundizar nuestra identidad evitando los efectos letales de una globalización que es el nuevo rostro de los imperialismos.

¿No es justamente ese tipo de educación el que contribuirá a liberarnos de “esa languidez tórrida, de ese fatalismo indio, de esos vicios raciales” que, según Gabriela Mistral, tornan a nuestra América perforable al “clavo de acero y de oro, es decir a la voluntad y opulencia” que representa EEUU? ¿O continuaremos –como hasta hoy- aferrados a una escuela libresca e inactual, enciclopédica y abstracta, verborrágica e intelectualista? Recuérdese –el experto estadounidense Kandel- manifiesta: “cuando los latinoamericanos critican el imperialismo yanqui vale la pena consultarles qué es lo que han hecho a través del aparato escolar para capacitar personal suficiente, a fin de obtener el máximo de provecho de sus recursos naturales”. Otro analista, también norteamericano, Richard F. Behrendt, señala: “Latinoamérica sufre de escasez de técnicos en negocios, administración, ingeniería, agricultura, sanidad. Esto –concluye- se debe al énfasis que la tradición hispánica ha puesto en los estudios legalistas y culturales”.

Hoy –ante el crepúsculo de las ideologías- se opina que no se trata de una educación individualista o colectivista, ni burguesa o proletaria, ni mucho menos confesional o laica, sino de una educación adecuada a la sociedad desarrollada. ¿Significa esto atribuir todo el desarrollo económico a la educación económica? ¡No! Pero, sí es un factor valioso. Del mismo modo sería un error atribuir nuestro subdesarrollo sólo a una estructura escolar desvinculado del quehacer productivo. Esta constituye sólo un factor concomitante. Desde otro ángulo, la educación tecnoeconómica no es el elíxir maravilloso que inyecta vigor a la economía, despertando a una colectividad aletargada. Apenas si es uno de los ingredientes indispensables para el “il risorgimento” nuestro.

Ningún estrato aparece capacitado para los múltiples desempeños que exigen el desarrollo y, específicamente, el industrialismo…. Esta observación es válida tanto para el vástago del ignaro “picante” como para el retoño del encumbrado “palogrueso”, pasando por la progenie del “medio pelo”.

Sobran, pues los teóricos de la economía, mientras existe un déficit in crescendo de expertos en coordinación y dirección de empresas. Más que eso, son insuficientes las personas que anhelan fundar su propia empresa. Ello obliga a revisar el tipo de profesionalización proporcionado por los centros de enseñanza superior. Estos, pareciera, fomentan un prurito investigativo, tienden a desvincular el aprendizaje de la práctica, produciendo no tecnólogos superiores, sino pichones de presuntos cientistas. No empresarios, sino burócratas.

Regresando al examen de los diversos estamentos del cuerpo social en relación con su comportamiento económico es preciso manifestar que la clase alta se encuentra absorbida por las profesiones liberales, la política contingente, el servicio exterior, el empresariado arcaico de la agricultura, la especulación bursátil, la actividad bancaria, el comercio importador-exportador.

La clase media ha acudido al liceo público y ahora también a los subvencionados y privados. Son agencias de cultura general. Durante doscientos años es fábrica de burócratas de la administración pública. Produjo la inundación de “licenciados en humanidades”. Aquellos que superaban la valla del bachillerato –hoy de la PSU- se incorporan a la U, seducidos por las profesiones liberales que dejan de ser privativas del círculo oligárquico. Más en las dos alternativas señaladas, este grupo no es promotor del cambio en materia económica, sino que –entre forcejeos y tropezones- se injerta en el arcaico establishment. No se trata de ser un conglomerado al estilo de los sectores medios de EEUU o de Europa occidental, sino de una peculiar pequeña burguesía ensamblada al sector terciario y, por ende, prestataria de servicios, pero ajena a la producción de bienes.

La clase baja –salvo la excepción confirmatoria de la regla- es mano de obra no calificada. Fuera de diminutos núcleos de operarios expertos ligados a centros fabriles o a la gran minería, el resto de la población humilde no posee oficio. Constituyen el grisáceo rebaño que vaga de faena en faena, proclamando que “trabaja en lo que venga”. En rigor, sin embargo, no pasa de ser pura fuerza bruta, hoy ya desechada por el uso de la herramienta sofisticada y de la maquinaria compleja.

La “chusma querida” se proclama víctima de una despiadada explotación por parte de la “canalla dorada”. Recurre entonces a periódicas paralizaciones de labores para lograr mejores condiciones de vida y de trabajo. Los de arriba prefieren invertir en cualquier empresa no riesgosa que son, justamente, las reproductivas. Los retoños –convertidos en estudiantes- adscritos a la ley del mínimo esfuerzo animan expectativas que agudiza la TV. Se acoplarán al ejército de analfabetos tecnológicos con licenciatura en EM humanístico-científica que avala aprendizajes nulos o enclenques.

Suelen despilfarrar sumas enormes en consumos suntuarios o las depositan en bancos del exterior, eludiendo la inestabilidad política, la agitación laboral, la carencia de crédito, la tributación excesiva y las gabelas de la legislación social. Las capas medias, sujetas a sueldo fijo, por efecto de la espiral inflacionaria, ven reducir su poder adquisitivo. Por otro lado, los medios de comunicación social –la propia educación formal- estimulan, hasta el delirio, la apetencia de confort y de prestigio. Se trata del alud denominado “revolución de las expectativas crecientes” que, en naciones industriales, constituye un estímulo positivo, pero que en el mundo subdesarrollado equivale una fuente de frustración porque tales apetencias no poseen por correlato una metódica que permita satisfacerlas.”

Cierto que Godoy, con la inmensa experiencia que posee ha escrito desde Chile y para Chile, pero basta con reemplazar los gentilicios y ocasionalmente se obtendrán similitudes notables con la realidad peruana.

Al final del sugestivo ensayo, Revolución en Educación, el profesor Godoy escribe: “Si la escuela en griego significó “ocio” fue porque estuvo reservada para los vástagos del patriciado. Esta casta, debido a la posesión de muchedumbres de esclavos, se emancipó de la obligación de laborar. Sin apuro podían prepararse para el gobierno y la administración de la “res pública” y de la “res privada”. Suyas eran las artes liberales que enseñaban ayos y preceptores. Propias de los esclavos, las artes mecánicas que aprendían a través de la rutinaria práctica. Ahora que vivimos en una sociedad democratizada, la ociosidad está abolida y el trabajo pasa a constituir, no sólo un derecho, sino también una obligación para todos y cada uno de los ciudadanos. No puede entonces la escuela continuar siendo leal a su raíz etimológica, sino convertirse en ámbito en el cual se estimula la laboriosidad. No, por cierto, con poemas y peroratas, comedietas y máximas, teoremas y axiomas, sino mediante la acción productora. Sólo así los planteles, serían auténticas “oficina humanitatis”, es decir, talleres de humanidad”.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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*Educación para el Desarrollo por Pedro Godoy P., Centro de Estudios Chilenos, Ediciones NuestrAmérica, Tiemponuevo, Santiago de Chile, octubre 2006.