Pocos días atrás tuve la suerte de escuchar al economista Alfonso López Chau disertar sobre política, economía y ética y una de sus sentencias me quedó grabada por la fuerza de su contenido: son las leyes inscritas en el alma del pueblo las que deben predominar sobre las leyes escritas y compiladas en gruesos tomos. En buen romance, cuando el pueblo soberano decide votar con los pies y sale a las calles y plazas a ejercer su derecho inalienable de botar a los tiranos, pone en práctica todas las leyes y códices inscritos en su alma libérrima. Y si así se hizo con el delincuente Fujimori, también podría repetirse la experiencia si, infortunio típico de nuestras sociedades latinas, el gobierno transitorio no es capaz de limpiar la casa de los bichos y bandidos que aún se pasean como Pedro en su casa por toda la administración estatal.

Sostuvo López Chau que la política peruana requería de un saneamiento o profilaxia integral y hasta radical. Indicó que las gavillas habían generado el derrumbe de los partidos políticos al privilegiar los apetitos de capilla y no los grandes derroteros constructores de países como el Perú que es lo que llaman los sociólogos una nación en formación y que era tarea primordial reconstruir la democracia a través, precisamente, de los partidos, con liderazgos jóvenes, claridad de metas y planteamientos, profundo amor a una causa de justicia y convicción absoluta que sí se puede hacer patria sin robar ni creer que el Estado es una ubre para amigos o patoteros.

Encuentro, pues, en los sucintos párrafos anteriores que pretenden reflejar lo que a mi juicio fue una formidable oración académica y política, verdades -como las llamaba Luis Heysen- de a puño. Hay que rehacer los partidos políticos, que son y deben serlo, canteras de líderes democráticos, honrados, ejemplares, misioneros. Creo importante recordar que sí hemos tenido políticos honestos, uno de ellos, creador de lo que antaño fue un gran partido, Víctor Raúl Haya de la Torre, murió en casa prestada y cuando fue presidente de la Asamblea Constituyente de 1978, cobraba S/. 1.00 cada 30 días. Hoy los idiotas que están en el Congreso fraudulento, se refocilan en los US$ 10,000 que les regala el país por estar sentados. Los adalides sociales no deben ser presupuestívoros y pillos, tienen que entender que la política es servicio cívico para el país y no una forma de estafar al Estado o de hacerse ricos en corto tiempo.

El fujimorismo delincuencial ha dado el ejemplo del no ejemplo. Todos los ladrones que han pasado por la cosa pública se enriquecieron a costa de licitaciones irregulares, contratos mañosos, comisiones por debajo de la mesa, robando a diestra y siniestra. ¿Alguien se ha preguntado de qué vive el nipón cobarde Fujimori? ¿Por causa de qué se persigue a Montesinos? ¿Por buena gente? NO, simple y llanamente por ladrón. Estos cacos son los que nos gobernaron y asustaron durante 10 años.

La ley inscrita en el alma de los peruanos demanda que a estas ratas hay que ponerlas en su lugar de privilegio que es la cárcel. Por ejemplo, el fujimorista Barbarán Tullier agredió al joven Pedro Ríos dirigente del Frente Patriótico de Loreto con una barra metálica en Iquitos y todo porque este tipo está protegido por un prefecto fujimorista, por el general Herrera Rubianes y por los fiscales puestos nada menos que por la corrupta Blanca Nélida Colán, hecho que ha generado una seria denuncia pública del FPL y firmada por su presidente Luis Armando Lozano Lozano. ¿Qué espera el gobierno para cambiar a estas autoridades corruptas?

La ley inscrita en el alma popular proclama su asco contra los parlamentarios fujimoristas que "presiden" algunas comisiones del Congreso. Verbi gracia: el idiota de Marcenaro, el fifí anticholo y sodalicio de Tudela, ambos gonfaloneros inmorales de un régimen hamponesco como fuera el de Fujimori. Pero las leyes escritas no dicen nada. Es decir, hay que pensar en cómo prevenir estos contrasentidos.

La ley inscrita en el alma del pueblo desearía que a todos los corruptos se les pusiera un sombrerito con orejas de rata y una F en el frontis para identificarlos por las calles y cuyo uso debiera ser obligatorio como medida disciplinaria y de castigo contra estos inmorales. Y este tema debiera ser también una motivación y un acicate en la lucha por la ética como norma de comportamiento cívico.

Hay casos que conmueven: hoy se discute el retorno al país de Alan García Pérez, pero éste es un personaje sobre el que hay sospechas mayúsculas de conducta deshonesta. ¡Qué verguenza! Un ex-presidente de origen democrático pero de inconductas hasta hoy nunca esclarecidas. La ley inscrita en el alma popular demanda que se lapide a quienes traicionan el mandato inhabilitándolos de por vida para la cosa pública. ¡Nunca más debían ser permitidos de postular o aspirar a cargos públicos!

Tenemos en el Perú que aprender a refundar nuestro país, con honestidad, con amor por la justicia y odio profundo contra los cacos y saqueadores profesionales. ¡Hermanos: hay muchísimo que hacer!

*Liberación, Lima-Perú, dirigido entonces por César Hildebrandt.