¿Qué hacen los electos de provincias cuando llegan a Lima?: urgen ser llamados congresistas de la república; ¿qué aprenden aquí los hombres y mujeres de la cosa pública?: a mentir, a hablar en estúpido, a abundar en millones de indefiniciones y a prometer lo que no pueden cumplir; ¿qué embrujo maléfico, sortilegio contumaz o hechizo malhadado, pervierte, tuberculiza, convierte en monstruos a los ciudadanos de esta capital que se cree divina rectora de los destinos del país? Lima cumple 472 años de fundada por el porquerizo natural de Trujillo de Extremadura, España, Francisco Pizarro, y desde entonces, cual foete castigador, ha impuesto su peso centralista, nucleador fragilísimo, racista y discriminador, al resto del país. Lima debería implorar perdón al Perú.

Los miedos de comunicación limeños se creen nacionales, pontifican desde la capital a la vasta e inmensa geografía patria. Hay “especialistas, politólogos, analistas, internacionalistas” –debajo de cada piedra- que jamás visitaron la puna, la selva o siquiera la serranía, pero desde el muelle sillón citadino creen “aportar” con soluciones modernas, de avanzada o inclusivas para los pobladores de la nación. Todo esto apoyado en dólares que vienen del exterior y que han formado una nomenclatura o aristocracia pseudo-intelectual –igual de racista, criolla y discriminadora- que se alaba a sí misma, eleva o desgracia a quienes son sus integrantes o enemigos, respectivamente. Un muerto, una tragedia, un sismo, un apresamiento, no es igual si se trata de Lima que de provincias. En el primer caso, el asunto es grave; en el segundo, de menor y más deleznable prioridad. Si alguna.

La encuesta difundida ayer por un canal de cable preguntaba si la población capitalina trata bien a los que no lo son y la respuesta mayoritaria, abrumadora y aberrante es que no era así. ¿Puede causar sorpresa semejante “descubrimiento sociológico”? La limeñización (aquí vale ese gentilicio) de vastísimos sectores es un fenómeno que ocurre con frecuencia en todas las grandes capitales. Sin embargo, y a la par, coetánea y con fuerza innegable, persisten en toda su virtud musical, artística y telúrica, bolsones de amor provinciano que practican sus rutinas de variada índole. Cierto que los hijos y nietos ya son capitalinos e integran, vía las universidades, ese ejército de Simpáticos Saltimbanquis Urbanos (SSU) al servicio de quien les dé trabajo, enseñe otro idioma y enajene su identificación con cualquier rasgo que implique no sólo lo capitalino sino también lo peruano.

Lima actúa con paternalismo pseudo-protector. Mira de arriba a bajo al resto del país. Por algunas extrañas e inexplicables razones, la megalópolis sigue concitando atracción a los del interior que, en muchos casos, no tienen más remedio que abandonar sus tierras para llegar a una ciudad hostil, pestilente, plena en ladrones de saco y corbata, multilingues y expertos en dar declaraciones justificando sus robos y estafas al país.

El adocenamiento limeño invade cerebros, estupidiza ecuménicamente y anquilosa a partidos, instituciones de todo orden y convierte en ociosos y haraganes sempiternos a quienes se guarecen en la cosa pública y en la privada. Los primeros viven felices esperando el seguro salario; los segundos, están en puestos que no pocas veces, reposan edificados sobre licitaciones con nombre propio; contratos amañados; exacciones violentas y legales contra el país vía concesiones o privatizaciones, etc.

Castradora, frívola, mediocre y gris, escenario de las más grandes tragedias cívicas de la nación, fábrica aviesa de figuras y figurones, falsos valores, impostores y cacos, en blanco y negro y en la televisión o radio, en el Congreso o gobierno, Lima es una olla infinita de fétidas sensaciones. Si el Perú es lo que es, en gran parte se lo debe a esta ciudad yuguladora y angurrienta de vivir rimbombante y en la impostación de “buenas costumbres”, voz atildada y una evidente y vergonzosa falta de pantalones y firmeza para destruir a sus sagrados íconos con apellidos “decentes”.

Lima debería implorar perdón al Perú.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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