Pierre Richard comentó que su obsesión por la justicia le viene desde la niñez; "crecí en un mundo rodeado de riquezas, en medio de una ‘burguesía aristocrática’. Recuerdo que de niño yo robaba manzanas en un castillo para dárselas a los trabajadores. Lo hacía de manera espontánea. Nadie me dijo si eso era bueno o malo, pero instintivamente yo sentía que debía hacerlo porque esas personas lo necesitaban.

"Pero debo reconocer, añadió, que cuando hago balances de mi vida encuentro que no he defendido grandes causas. Quizás por eso he querido darle a mis películas un sentido humano. Además de decir lo que pienso, nunca me he puesto a la vanguardia de un combate político, ni a la cabeza de manifestaciones de protesta. Pero sí vivo indignado por las injusticias que me rodean. Y ello no debería sucederme porque tengo el dinero y la fama como para cerrar los ojos".

Señala que fue por el tema histórico del Che que viajó a Cuba, cuando en 1987 un amigo periodista francés le propuso hacer un documental sobre el inolvidable guerrillero y que desde su llegada a tierra cubana quedó sorprendido por la amabilidad de sus gentes. "Nunca pude imaginar que mis películas eran tan populares en esta tierra que los medios de prensa nos mostraban llena de peligrosos comunistas".

Sobre su primer encuentro con Fidel recuerda que conversaron unos 45 minutos. "Yo quería que me preguntara de mi película sobre el Che. No lo hizo, aunque supe que ya la había visto y que le había gustado. Hablamos de la comida cubana y del mar.

"Pero en cada minuto de esos 45 me di cuenta de que es un personaje extremadamente carismático. Yo lo miraba fascinado, pues es fascinante, muy grande y hace muchos gestos al hablar. Uno puede querer o no a Fidel Castro, pero ese hombre es un mito".

# Nota publicada en la agencia AIN (Cuba)