Entre las razones que lo explican estarían los acuerdos petroleros con Venezuela, el de níquel con China, el aumento de la producción de petróleo nacional y el incremento del turismo.

Angustiados los cubanos por su situación energética -recordemos los apagones de los últimos años-, 2006 ha sido sin duda el año de la revolución energética. Su producción de electricidad ha aumentado un 7’2 %, con un consumo que se está racionalizando mediante el recambio de electrodomésticos y la rehabilitación de sus redes de distribución. La biotecnología está avanzando a pasos gigantescos, logrando el pasado año aumentar el 90 % de sus exportaciones a pesar del bloqueo estadounidense y alcanzando a más de cincuenta países. También se inauguraron 650 obras para la educación y la salud. Su gasto social es el más elevado del hemisferio y a educación y salud destinará en 2007 el 22’7 por ciento del PIB. El pasado año se alcanzó la tasa de mortalidad infantil más bajo de su historia, con 5’3 por mil nacidos vivos (en Nicaragua es de 30, y en Estados Unidos de 7’1). Es importante recordar que la tasa de desempleo en el país es de 1’9 %.

Pero es que en un mundo con 766 millones de personas sin servicios de salud, 120 millones sin agua potable, 842 millones de adultos analfabetos (21 de ellos en Estados Unidos), 158 millones de niños que sufren de desnutrición y 110 millones que no asisten a la escuela, ninguno de esos problemas existen en Cuba a pesar de encontrarse en el Tercer Mundo. Cuba es hoy el país de mayor equidad en la distribución del ingreso en América Latina, el que posee los servicios de educación primaria y secundaria que llegan al 99 por ciento de la población y acceso a estudios superiores en cualquier lugar del país a todos los que quieran hacerlo (800.000 estudiantes universitarios), el primero en indicadores favorables de mortalidad infantil en menores de un año y menores de cinco, el de menor desempleo, el que ofrece alimentos subsidiados que cubren no menos de la mitad de las necesidades nutricionales, el que presta atención médica primaria permanente y remisión a servicios gratuitos de alta tecnología (77’3 años de esperanza de vida). El pasado año, además, la organización no gubernamental WWF (World Wild Fund) declaró a Cuba como el único país del mundo que combina un alto desarrollo humano (reconocido en Informes Anuales sobre Desarrollo Humano elaborados por el PNUD) y una adecuada sostenibilidad ambiental.

Pero no olvidemos la solidaridad de Cuba al mundo, la isla tiene treinta mil trabajadores sanitarios en 60 países y el pasado 2006, la UNESCO lo premió por su programa internacional de alfabetización que se está aplicando en quince países a 2’3 millones de personas. En el año 2006, 27.000 jóvenes de países subdesarrollados estudiaban en La Habana.

Y eso en un mundo donde, según un estudio del pasado 5 de diciembre de las Naciones Unidas, la mitad de la riqueza del mundo se encuentra en manos del 2% de los adultos. Un círculo aún más reducido que sólo abarca al 1% de los habitantes tiene en su poder el 40% de la riqueza, mientras en el otro extremo el 50% de la población apenas contaba con el 1% de la riqueza. Es la expresión estadística del enorme abismo entre una elite insensible y una vasta muchedumbre de desposeídos.

Por supuesto que hay deficiencias en el modelo cubano. Los principales problemas cotidianos hoy son la vivienda y el transporte. Sin embargo, el pasado año se cerró con la construcción de 110.000 viviendas y se compraron 200 autobuses articulados (conocidos en la isla como camellos), otros 50 del tipo normal de segunda mano y 300 escolares.

Pero hay mucho más. Y es que, como dice Santiago Alba, “nos empeñamos en salvar a Cuba comparando datos económicos y estadísticas, olvidando que de lo que se trata es de la elección entre los que “en un lado bombardean países, derriten alegremente los cascos polares y confunden Faluya con un Parque Temático frente a otro que salva niños, cura extranjeros y confunde los propios sufrimientos con los de los otros pueblos de la tierra”.

Cuba, dice Alba, el país del “querer pronto, el amar fácil, el hablar intenso, el sentarse ancho, el vestir tenue, el cantar rebelde, el pensar juntos, el mirar despacio, el hacer largo, el vivir recio, el comer, beber y compartir sin misterios, el disentir y vencer sin venenos”. Por eso, sólo en La Habana, cuando mi hijo Camilo de cinco años jugaba en un parque infantil y una niña de la misma edad lo rebasaba en el tobogán, le decía: “disculpe, compañero”.

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