Una nota fraterna de brillante y sugestiva inteligencia me sugiere una trilogía de poder demoledor: ¡protesta, propuesta, acción! En efecto, los militantes del único partido político que apenas supera, por muy poco, la calidad de club electoral, tienen el imperativo deber de acabar con la sumisión de esperar directivas para protestar, proponer y ponerse en acción rutilante, constructiva y revolucionaria. Esperar, dijo Haya de la Torre, un lejano 8 de diciembre de 1931, pero no en la falsa expectativa del que aguarda que las cosas vengan solas, sino en la actividad forjadora, en el esplendor de creadores de una nacionalidad firme y orgullosa, ecuménica y fortalecedora no de un Estado criollo y reaccionario, limeño y estúpido, sino un Perú de todas las sangres y de todas las razas, crisol y soplo eterno de eterna ilusión.

Hasta hoy, y estoy cierto que es una convocatoria a toda la sociedad, ha habido un pensamiento único, totalitario, cretino, hacedor de mitos y consagrador de imposturas vía los miedos de comunicación, fabricantes de figuras y figurones. Se ha burocratizado la acción que es controlada por un aparato lleno de óxido y lento como paquidérmico. Sin embargo, si hay algo que no existe, tal como vengo comprobando en compulsa diaria urbi et orbi, es un partido de gobierno que lo apoye o respalde, sino un aprovechamiento electoral de aquél y ¡punto! Los del Apra están en todas partes, menos, paradójicamente, en lo que debiera ser su gobierno, porque así lo ha determinado la voz imperial, mandona y minoritaria de un obediente séquito que está aherrojado a la derecha pro-imperialista, antichola e indigna.

Oigo teóricos llamados a la “movilización de masas”; clamor por un supuesto debate entre “socialismo versus neoliberalismo”; convocatorias a una “sociedad civil” que en las más de las veces, maquilla la inexistencia de organismos partidarios con voz activa y protestante en las calles y sólo disfraza, cohonesta pero no reemplaza, la versión maciza de un trabajo político que debiera involucrar al pueblo, protagonista eterno de todos los discursos, pero ausente, también eterno, de la dinámica popular que unos no convocan porque nadie les hace caso y entonces se la llama “sociedad civil”. ¿Hay sociedad militar o sociedad de cualquier otra especie? ¡Se llama pueblo, a secas! El resto es mendacidad de neologismos edulcorados y farsantes.

Al lustro 1985-1990, se lo llamó “voluntarismo”. Y esta estupidez, simplemente disfrazó lo que fue hecatombe y ruina moral cuanto que política atribuida a la juventud del entonces, como hoy, presidente Alan García Pérez. Sin embargo, ese voluntarismo, que convoca, de inmediato y sin ambages, al amiguismo, pareciera repetirse hoy, veinte años después, con la misma carga negativa y reaccionaria, impopular y sectaria, al régimen contemporáneo. ¿De qué otro modo se explica la presencia de vendepatrias como Zavala, Wagner, Mazzetti, García Belaunde, Carranza, Flores y otros en el gabinete de ministros?

Hay algo muy claro: ¡este es un gobierno de la derecha más recalcitrante! Poco o nada tiene que ver el partido que logró los votos para catapultar por segunda vez al señor Alan García Pérez. Sin embargo, la oposición culpa al colectivo electoral de Alfonso Ugarte de aciertos y desaciertos. Pero, la máquina política, no está ¡para nada! en el gobierno, están otros ajenos y hasta enemigos tradicionales operando desde los ministerios, burocracia y entidades públicas de diverso pelaje. ¿Es válido este contrabando o es un yerro político de consecuencias imprevisibles como catastróficas?

Vale, la pena, pues, hablar en voz firme como clara porque en Perú somos campeones en disfrazar y maquillar todo y para todos los gustos. A un estúpido químicamente puro, llamamos estadista u hombre de Estado. A un infeliz, pseudo-ideólogo, tildamos de doctrinario o estratega. A los cernícalos metidos a periodistas o analistas, reconocemos, a falta de seso, como “politólogos”. Si el Perú está como está es porque los talentos, los genuinos, de todas las tiendas y sectores, están cómodamente sentados haciendo cualquier otra cosa, menos pensar por y para el país. Es hora, como bien dice Arturo Ojeda, de discurrir por la protesta, pasar a la propuesta y entrar en acción. ¡Amén, así de simple!

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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