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Actualidad Colombiana

Autor: Álvaro Delgado, Investigador del CINEP, columnista de Actualidad Colombiana

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Esta es una historia con mucha plata por medio.

| Bogotá (Colombia)
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En zona tradicional del norte de Bogotá, donde hasta mediados del siglo pasado vivía parte de la “gente bien”, se levanta todavía —¡todavía!—la Clínica de Maternidad David Restrepo, orgullo de los habitantes capitalinos. Nuestros oídos todavía recuerdan el timbre de las voces femeninas de los años 50 y 60 y la admiración no exenta de envidia con que eran escuchadas: “Fulanita va a tener el niño en la David Restrepo. Todo se lo tienen listo”, y la confesión jactanciosa de la matrona: “Todos mis hijos nacieron en la David Restrepo”.

El centro de salud empezó a prestar servicios en 1944, cuando el millonario antioqueño que le dio su nombre hizo legado para su construcción y dotación y lo entregó a la administración del Banco de Bogotá —el más poderoso de la época y hoy el segundo—, la Academia Nacional de Medicina y la Iglesia Catolica, salvaguardado por una inmensa fortuna representada en lotes urbanos, edificios y acciones en las principales empresas del país. El fin de este valioso patrimonio era obtener una rentabilidad que permitiera la atención gratuita en maternidad a sectores sociales desfavorecidos de servicios, como eran las capas medias.

La novedad, que nadie podía presentir, fue que los trabajadores de la clínica organizaron prontamente un sindicato fuera de serie, que hoy sigue en pie, en medio de la crisis generalizada de los asalariados. Se trata de una organización de características muy especiales, formado casi enteramente por mujeres y que se trazó como su principal objetivo la defensa del legado ante cualquier intento de corrupción o saqueo de su patrimonio por parte de las administraciones del hospital. Los trabajadores afirman que en cuarenta años de vida del sindicato se han presentado siete momentos críticos de ese tipo, y aún creen que pueden superar el último.

En 1987, mientras sus directores obstaculizaban la discusión de un petitorio sindical y adelantaban planes para negociar la empresa con terceros con el supuesto propósito de paliar la crisis financiera que padecía la entidad, las mujeres tomaron las instalaciones y, en vez de paralizar sus actividades, como era la norma en los tiempos de ascenso del mundo sindical, mantuvieron en funcionamiento la clínica durante 45 días, hasta dejarla a salvo de la desaparición, en medio de importante movilización solidaria de los trabajadores de la ciudad. Un trabajador que lleva 38 años en el hospital nos relata: “Se informó que el banco de sangre de la clínica estaba escaso de existencias y todos los trabajadores y sus familiares ofrecieron sus brazos para donar sangre. Se configuró una agencia oficiosa destinada a legalizar la administración de los trabajadores (tal agencia es una figura jurídica aplicada cuando un bien está en peligro de perderse y alguien asume su cuidado hasta que se haga presente el dueño o propietario). Luego, el Ministerio de Salud en esa época, por solicitud nuestra, intervino la clínica haciéndole una auditoría, en la que comprobó el buen manejo de los bienes por parte de los trabajadores y la catástrofe de la administración que estaba en ejercicio. Después de un tiempo, el Ministerio entregó saneada la clínica a la junta directiva, o sea, el Banco de Bogotá, la Arquidiócesis y la Academia Nacional de Medicina, adicionando un nuevo escaño, el de la Secretaría de Salud de Bogotá”. A petición del sindicato, el establecimiento fue intervenido por el gobierno durante dos años, al término de los cuales la clínica volvió a abrir sus servicios plenos y saneó sus finanzas.

Desde aquella época hasta el año 2004 la clínica fue financieramente autosostenible, a pesar de que a partir de la ley 100 de 1993 se hubiese iniciado el plan neoliberal de privatización de la salud pública, precisamente en momentos en que se había profundizado la crisis de la entidad, por déficit de clientes. Cuando, en 2001, regresaron con mayor fuerza los problemas financieros, la clínica había dejado de interesar a la población de ingresos medios, que ahora disponía de grandes y modernos dispensarios privados en el extremo norte de la ciudad. La David Restrepo ya no era símbolo de jerarquía social y había terminado la era de los comentarios presuntuosos del pasado. Pero aun así el sindicato nuevamente se movilizó entre la ciudadanía y las instancias del Estado, reconquistó clientela y pudo informar a este servidor: “la clínica en este momento está con ochenta o noventa por ciento de ocupación. Así hemos logrado que no haya despidos y ser una de las instituciones donde han sido menos golpeados los trabajadores” (Alvaro Delgado. El sindicalismo bogotano del nuevo siglo, 2003, p. 184).

Así han pasado los años, y hoy ese último nicho nostálgico de la maternidad parece de verdad condenado a desaparecer. El primero de diciembre de 2006 la Secretaría Distrital de Salud, aduciendo que la clínica no reúne los requisitos exigidos para operar, ordenó su cierre, y el director declaró unilateralmente suspendidos los contratos de trabajo, cambió las guardas de las cerraduras y dispuso un servicio de vigilantes privados. Todo coincide con la expedición de fallos de tutela en los que un juzgado ordena a la clínica pagar los salarios y prestaciones adeudados en los últimos seis meses. Hoy quedan 84 empleados de planta, que ganan un promedio mensual de $490.000 (cuando el salario mínimo legal colombiano del momento parece llegar a $432.000), y desde hace dos años acordaron no presentar pliegos de peticiones para contribuir a salvar la empresa. El director se apresuró a retirar del establecimiento a los últimos sesenta pacientes que alojaba, los instaló en otras instituciones y clausuró todos los accesos externos e internos del hospital. Ahora, aparentemente, nadie puede entrar ni salir de sus amplias instalaciones cercadas por calles estrechas y la aparente indiferencia de la población del vecindario. Los trabajadores, la mayoría mujeres, siguen haciendo guardia permanente de los accesos para impedir que el gran capital eche mano a las instalaciones.

Sus directores no pueden vender la entidad porque es una fundación sin ánimo de lucro, pero por el camino del arriendo esperan salir airosos. El plan del director es salir de todo el personal y entregar la clínica en arriendo a una institución administradora de salud, como su hermano ya lo hizo con otro plantel emblemático de la capital colombiana, inicialmente destinado al tratamiento de tuberculosos: el Hospital San Carlos, rodeado de un bosque de eucaliptos en el sur de la ciudad. Según los trabajadores, quienes están involucrados en el negocio son tres personajes: el presidente de la Academia de Medicina, que lleva treinta años en el cargo; el Banco de Bogotá, segundo en importancia del país, y la Empresa Prestadora de Salud Compensar, con amplio prestigio popular y una de las menos ineficientes que operan en el sector privado.

En noviembre de 2004 asumió la dirección del hospital el señor Antonio José Gómez, persona que, según nos informa un directivo sindical, “firmó contrato por un sueldo y al año se hizo pagar un aumento retroactivo a la fecha de ingreso; se ha hecho beneficiar de las primas extralegales firmadas en la convención colectiva de trabajo; en una operación financiera desde un café Internet le robaron de tres cuentas de la clínica cerca de treinta millones de pesos; vendió por novecientos millones de pesos uno de los edificios que quedaban del legado; no paga los salarios ni las prestaciones a los trabajadores, atrasándose hasta por seis meses; dejó sin funciones a la jefe de personal; no coordina a los pediatras para la atención de los niños y niñas pacientes; existe deterioro en la instalaciones; reprime a los trabajadores y trabajadoras; aduce que los costos laborales convencionales son los que no permiten que la clínica esté bien; el ochenta por ciento de la operación la hace con Cooperativas de Trabajo Asociado… Esto y muchas cosas más que están en proceso de investigación nos llevaron a la conclusión de que esta persona está manejando mal la clínica”. A que no me cogés, gato ladrón.

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Actualidad Colombiana es un proyecto independiente que combina información, análisis y hechos contextuales. La publicación proporciona un panorama vigente y actualizado de los acontecimientos coyunturales colombianos, ofreciendo quincenalmente artículos en materia de derechos humanos, movimientos sociales, paz y conflicto, política y economía.

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