En la merecida crónica que dedica Mario Vargas Llosa a Carlos Oquendo de Amat, en su libro Diccionario del amante de América Latina, dice entre otras cosas, lindezas que debieran retumbar en el cerebro de nuestras castas políticas, periodísticas, económicas y sociales. Se refiere al escritor ese descontento, soplo eterno de eterna ilusión que avanza o retrocede contra viento y marea. Los que no somos escritores, nos sentimos libres de las admoniciones que Vargas señala con puntualidad. Leamos.

“El escritor es el eterno aguafiestas….. el escritor latinoamericano ha vivido y escrito en condiciones excepcionalmente difíciles, porque nuestras sociedades habían notado un frío, casi perfecto mecanismo para desalentar y matar en él la vocación. Esa vocación, además de hermosa, es absorbente y tiránica, y reclama de sus adeptos una entrega total….. El escritor en nuestras tierras ha debido desdoblarse, separar su vocación de su acción diaria, multiplicarse en mil oficios que lo privaban del tiempo necesario para escribir y que a menudo repugnaban a su conciencia y a sus convicciones”.

Interesante reflexión la que sigue: “Es preciso, por eso, recordar a nuestras sociedades lo que les espera. Advertirles que la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón del escritor es la protesta, la contradicción, la crítica…. Las cosas son así y no hay escapatoria: el escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento. Nadie que esté satisfecho es capaz de escribir, nadie que esté de acuerdo, reconciliado con la realidad, cometería el ambicioso desatino de inventar realidades verbales. La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán. La literatura puede morir pero no será nunca conformista”.

A esta altura del recuento siento una profundísima desubicación: ¿y los que no somos literatos sino apenas modestos periodistas? Partimos, también, –aunque Vargas Llosa, él mismo, hombre de prensa- no lo admita, del cuestionamiento, de la insurrección vívida contra el estado de cosas normalmente injusto –porque lo anormal es moneda corriente en nuestros pagos- y rompemos el pacto infame y tácito de hablar a media voz, para decir, en blanco y negro, nuestra humilde verdad que a veces molesta, casi nunca es tomada en cuenta, pero en otras oportunidades hasta causa escándalos. ¿En qué lugar del rico imaginario vargasllosiano están los periodistas? Acabo de descubrir que, admitiendo que no soy –ni por asomo o auto-bombo tan frecuente- hombre de letras ni de números, apenas concertista de párrafos uno tras otro, con mecánica fluidez, simplemente no tengo lugar en el escalafón porque los literatos sí lo tienen.

Con fruición anota Vargas Llosa: “Es preciso que todos lo comprendan de una vez: mientras más duros sean los escritos de un autor contra su país, más intensa será la pasión que lo uno a él. Porque en el dominio de la literatura la violencia es una prueba de amor…. . La realidad americana, claro está, ofrece al escritor un verdadero festín der razones para ser insumiso y vivir descontento. Sociedades donde la injusticia es ley, paraísos de ignorancia, de explotación, de desigualdades cegadoras, de miseria, de alienación económica, cultural y moral, nuestras tierras tumultuosas nos suministran materiarales ejemplares para mostrar en ficciones, de manera directo o indirecta, a través de hechos, sueños, testimonios, alegorías, pesadillas o visiones, que la realidad está mal hecha, que la vida debe cambiar”.

No le falta razón a Mario Vargas Llosa. Pero peca al otorgar sólo a los literatos dichas virtudes confrontacionales, de actitud en la vida, leit motiv o elan fundamental. ¿Y otros que no siendo literatos pero discurren por cuanto él describe con acierto, dónde se ubican? Los periodistas, no todos, es cierto, no son literatos. Hay literatos que son periodistas y hay periodistas que son literatos, hay turroneros que no son ni periodistas ni literatos pero reciben el homenaje de entrevistas hechas a mano y de textos y alabanzas pro domo sua. ¡A veces los grandes escritores llegan a creer que todos están hechos a su imagen y semejanza! No es exacto. ¡De ninguna manera! Palabra de periodista. Que no de literato.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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El escritor, ese descontento
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