Lucila Reyes es una conocida profesora universitaria independiente, especializada en asuntos internacionales, que conoce Cuba al derecho y al revés y tiene siempre en los labios una segunda opinión. Mientras la opinión pública mundial estaba pendiente de la salud del presidente Castro, ella pasó tres semanas de enero en la isla y ha accedido a contarme sus impresiones de la vida cotidiana de los cubanos, que trataré de resumir en dos notas sucesivas.

La situación económica de los cubanos ha mejorado. En términos generales, ya salen al otro lado. El Estado habla de revolución energética y las familias muestran una nueva cocina: olla arrocera, olla reina eléctrica (para carne de res, pescado, hortalizas), cafetera eléctrica, calentador de ducha eléctrico y una estufa de la antigua marca colombiana Haceb, de un puesto. Solo el barrio El Vedado dispone de tubería de gas domiciliario y por tanto allí continúan con el sistema de gas tradicional. A partir del primero de enero de 2007 todo el resto del país debió pasarse a los utensilios domésticos alimentados por energía eléctrica, para lo cual están modernizando sus redes de conducción. Cuando en muchos países la energía eléctrica se cambia por gas ellos hacen al contrario, por cálculo de costos. Últimamente han comprado nuevas microcentrales eléctricas a diferentes países y ahora chinos, coreanos y vietnamitas son visitantes notorios de los grandes hoteles. En los años noventa, durante el denominado “periodo especial”, de apriete económico como consecuencia del derrumbe de la Urss, los barcos petroleros exigían el pago en efectivo del petróleo que surtían como condición para descargarlo en el puerto. Hoy se habla de las exigencias de Moscú para que Cuba pague la altísima deuda externa que tiene con Rusia.

Que La Habana está hoy más bella es el resultado de importantes inversiones en renovación urbana hechas por el Estado y la Unesco, así como de la ayuda de algunos países, entre ellos España, todo ello bajo el liderazgo de la Oficina del Historiador de la ciudad, Eusebio Leal Spengler, y el Grupo Promotor del Barrio Chino. Sin embargo, es como si a la casa que se deterioró por veinte años, por falta de recursos para su mantenimiento, se le resanara la pared más deteriorada con el primer bulto de yeso que se consigue. La ciudad está compuesta por quince municipios (localidades), de los cuales La Habana Vieja, Siboney, Miramar y El Vedado siguen siendo los más bellos y cosmopolitas. En otros, como Habana del Este, Guanabacoa o San Miguel del Padrón, se observa cierto abandono en sus calles y aún falta tiempo para que llegue de forma masiva la pintura de las casas. En Habana Centro los cuerpos de aseo ya recogen la basura y hay contenedores. Avenidas como Italia (Galeano) o calles con San Rafael, antes tristes y desoladas, hoy son bulliciosas vías que cuentan con gran movimiento de personas, comercio estacionario, almacenes, artículos de consumo inmediato para la gente. La calle Obispo es hoy, guardadas las proporciones, la Florida de Buenos Aires, por ser el paseo obligado de los turistas, y ya está recuperada. Otras, como Oficios y Mercaderes, son paseos maravillosos en los que se puede pensar que estamos andando en el pasado.

Los temas centrales del habla ciudadana son dos: vivienda y transporte. El de la vivienda sigue siendo clave y brutal. Aunque nadie es propietario de vivienda (ni tampoco paga arriendo), la gente permuta viviendas y, en el caso de trueque de superficie construida por calidad de vivienda o de sector habitacional, a algunos les puede dar dinero de encime. No pocas permutas se realizan como resultado de divorcios. Por eso es corriente observar en puertas o ventanas el aviso “Permuto 1x2”. El embrollo del transporte colectivo es de todo el país y tiene como causa principal el déficit de equipo. Hoy es normal observar en ciertas carreteras que la gente muestre el billete al conductor para que lo acarree, lo cual hace pensar en dinero “sobrante”. El Estado se esfuerza por impedir el trato discriminatorio con los usuarios y existen inspectores que obligan a los vehículos oficiales a llevar a las personas que “pidan botella”, es decir, “hagan dedo”, pero en ocasiones los conductores se niegan a prestar el servicio gratuito argumentando: “Voy a otro lado, caballero”. A veces se presenta pelea para tomar la guagua. Es pura y simple desesperación de la gente ante la falta de medios de transporte. Antes, cuando usted llegaba a las colas de los paraderos, simplemente preguntaba: “¿Último para tal sitio?”. Y ese último, sin ningún esfuerzo, contestaba: “Yo”, y usted se paraba, se sentaba a su lado o simplemente lo tenía presente para el momento en que llegara el vehículo. Ahora se está haciendo común la puja de los “vivos” por burlar a los disciplinados.

Después de los duros años posteriores a la desaparición del “socialismo real”, los cubanos han mejorado su condición material pero el tejido social, la solidaridad de la gente (lo más hermoso que tenía) han ido perdiéndose. La escolaridad sigue siendo alta pero la gente grosera abunda, y la falta de amabilidad comienza con los funcionarios de inmigración y aduana del aeropuerto. Hay quienes arrojan la basura en calles y avenidas, y en las noches de viernes y sábados se ve la onda azarosa de muchachos en el Malecón y La Rampa, con trago en las manos. Se toman el Malecón y lo dejan como botadero de basura. Ocupan la calle G (Avenida de los Presidentes) y allí cantan, gritan y beben ron. Son los nuevos hijos de papis que están obteniendo mejores ingresos por el auge de la economía y sobre todo del intercambio de valores. Uno que otro muchacho de esos puede verse en vehículo oficial. Hay mucho carro particular nuevo de diversas marcas y empiezan a verse Hyundais en manos particulares. Son las expresiones que adoptan las embrionarias diferencias sociales que surgen sobre suelo cubano, donde la indisciplina social gana terreno en un país otrora amable. Guanabacoa, o algunos lugares de Centro Habana, por ejemplo, son sectores deprimidos si se comparan con El Vedado, y con Miramar no hay comparación válida.

Naturalmente, como en cualquier parte del mundo, no deja de haber más de un vecino indeseable que ofende o descuida sus niños o que bebe ron en cantidades superiores de lo normal. Pero anteriormente los organismos populares, como los comités de Defensa de la Revolución o los de vecinos, gozaban de autoridad y confianza y resolvían esos problemas. Ahora nadie les pone bolas. Hay también indisciplina en el trabajo y algunos esgrimen falsos motivos para no cumplir con su deber. Lo peor es que eso también a nadie le importa. La gente elude asumir un papel crítico porque se da cuenta de que hay una cadena de permisividad. No existe control de los bienes sociales ni un sentido de pertenencia de lo público. No pocas familias se abstienen de retirar de los expendios el pan que suministra gratuitamente el Estado, y ese excedente es revendido por otros. Por eso hay empleos que son apetecidos: panadero, pulpero, carnicero…

Los precios de los artículos y bienes para los turistas cambian repentinamente de un sitio a otro, y hasta los cubanos son afectados por la especulación. El consumidor está indefenso y no hay ante quien acudir. Únicamente en hoteles no se ve el tumbis. Los restaurantes privados o “paladares” están casi tan caros como el Hotel Nacional, joya de la arquitectura mundial, o sea, que los tales “paladares” están estafando. Fuera de los recintos hoteleros, usted está sujeto a los precios que quieran imponerle. Al calor del incipiente desahogo económico, inclusive, han proliferado sectas religiosas y grupos de hechiceros de toda laya. En una piedra de la Quinta Los Molinos, de la Avenida Salvador Allende (Carlos III), puede leerse: “Prohibido arrojar brujería”. Una ceremonia de iniciación en la santería puede costar mil euros. Así se enriquece cierta gente. Los templos católicos están abiertos y en la puerta de la Catedral se observan unos pocos mendigos, pero es curioso que en el “periodo especial”, cuando hubo tanta estrechez, no se veían, y ahora, cuando la situación ha mejorado, aparecen en escena. En el Jardín de la Madre Teresa de Calcula oficia una pequeña pero bellísima iglesia ortodoxa griega y a pocos metros construyen una rusa, al parecer mucho más grande.

No conocemos tradición ortodoxa entre los cubanos, pero allí todo es posible.