Interrogantes que se deben esclarecer a la hora de diseñar un nuevo partido y de precisar su relación con la ciudadanía en general. El Polo es ese nuevo partido, que apenas germina pero está obligado a verse –más allá de las necesidades de sus dirigentes y de los partidos y movimientos que lo integran– en el rostro de todos los de a pie, de quienes esperan un nuevo mañana. No es casual, por tanto, que en la pasada reunión de la dirección nacional, realizada durante los días 27 y 28 de enero, se haya aprobado la puesta en marcha del Congreso de los Pueblos.

Esa es una decisión que por lógica parte de reconocer que en el Congreso oficial no se legisla en favor de las mayorías. Una institución que, como lo refrenda la historia nacional, desde los tiempos pretéritos de la Independencia niega el poder real de las mayorías pero que además acepta la existencia real de un presidencialismo que lo hace innecesario, y de una dominación imperial que usurpa la soberanía.

El Congreso de los Pueblos es por consiguiente un propósito que reúne varias cualidades:

- un punto al cual hay que llegar (doble poder, democracia profunda);
- un método para construir referencias y crear articulaciones;
- una estrategia para precisar la acción política necesaria, aquí y ahora;
- un polo a tierra, en tanto precisa, a propios y ajenos, lo que esperamos del Congreso oficial y lo que entendemos como poder real;
- un mecanismo para politizar y elaborar el programa de gobierno;
- un proceso para relacionar a los parlamentarios del partido con el pueblo en general, volviendo a sus votantes a consultar el qué y el cómo hacer;
- un procedimiento para formar nuevos liderazgos locales, regionales y nacionales, y
- una forma de mirar y anticiparse al futuro, abriéndole la puerta al poder real y cerrándosela al mismo tiempo al actual establecimiento, como vía de escape (cerrar el Congreso por la crisis institucional).

Puede tener muchas más interpretaciones pero la más significativa es aquella que la entiende como síntesis de una dualidad de poderes. En efecto, poner en marcha un Congreso de los Pueblos es ejecutar en la práctica una concepción de la política que resume en las mayorías el poder pero que además crea los espacios requeridos para que así sea. Es decir, no sólo reclama la participación popular sino que asimismo la propicia.