Dicen que los miedos de comunicación forman “opinión”. Otros sostienen que proclaman sentencias apodícticas de cuya santidad no hay chance de discrepar. En pocos casos importa un bledo la verdad, lo que sí interesa es el morbo, el escándalo, la imbecilidad hecha acción como la ocurrida con dos legisladores sumamente bobos que no previeron que unas fotos podían ser robadas (o el fotógrafo hacerse el robadizo) y que aquí iban a ser brillantemente –si brillante puede ser la canallada de distraer a la opinión pública sobre signos esenciales del drama que están siendo obliterados de forma disimulada- enderezadas en su contra. Es el caso recientísimo y en Brasil de Javier Velásquez y José Vega.

En voz alta conviene preguntar ¿por causa de qué la renuncia de la peruanoide y mediocrísima ex ministra Pilar Mazzetti duró largas semanas? Cualquiera podría especular que el arreglo de los papeles para que nadie salga herido, demoró más de la cuenta. ¿De qué modo se entiende que Gildemeister pierda el negocio y no enjuicie al Estado y que hasta de repente consiga buena pro en alguna otra licitación? El primer ministro Jorge del Castillo, estrella protagónica de sus cotidianos ridículos, queda en muy mal pie e informa que no renunció ni piensa hacerlo. Este es el gobierno del cambio responsable. Y de la no-renuncia. ¿No parece un hecho tremebundo que se exhiban fotos de dos parlamentarios festivos y sumamente pazguatos?

Estoy de acuerdo en que la Comisión de Etica los juzgue. Pero si hay alguna posible pena será aquella que se refiera a su inocultable idiotez congénita. Además, a quien tomó las fotos hay que enseñarle ciertas técnicas de cómo no ser robado en momentos tan convenientes. ¿Qué dirá por explicación el señor Torres Caro? También debía ser sancionado. Y si no hay en el escalafón parlamentario una punición ad hoc, pues que la incorporen: ¡Al rincón con su sombrerito por burros y quince días –mejor un mes- de suspensión sin goce de haber!

Pero la anécdota es tan vil que no puede ocultar el mare magnum desconcertante que rodea la acción gubernamental. El difunto, eternamente muerto, que dice ser canciller, José García Belaunde, está, mal imitando a todos sus predecesores, de excursión turística en Europa y aquí tendrá el duro reto de acudir al Congreso para explicar lo que no tiene explicación y que refiere directamente a la abulia, ineptitud, pusilanimidad manifiesta del régimen para confrontar a Chile por el pendiente tema de la delimitación marítima. Sabido es que en varias fragorosas madrugadas, el canciller debió recibir clases urgentes de qué eran los límites y cuál la posición peruana, por lo menos teórica, que no práctica.

Por eso la canalla periodística especula que la visita de parlamentarios a La Concordia en Tacna, el 5 de abril, representa una provocación a Chile. ¡Deliciosa estupidez intragable que sólo pueden creer quienes gozan de contratos y jugosos sueldos para trabajar opinando contra Perú! Cuando no hay más ejercicio soberano que aquel que se hace con orgullo, la frente levantada y en nuestros límites sin permiso de nadie ni autorización ad hoc. El alma de esclavos que otros suelen exhibir como pendón dudoso de sus inconfesables apetitos, sólo da dinero, pero no orgullo patrio ni honor de alguna clase. ¡Allá ellos!

Estas coincidencias noticiosas tienen el sino impugnable de abrir válvulas y de distraer a la muy maleable opinión pública. ¿Puede ser noticia que dos legiferantes bailen y celebren? No del todo. Es cierto que con el dinero de los demás peruanos que sufragan sus sueldos. Pero ¿quién aclara, por lo menos, las dudas en torno al escándalo de las camionetas, la firma Gildemeister y sobre los no-renunciantes eternos amén que marionetas de un juego peligroso y envilecedor?

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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