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Terrorismo, derechos humanos, democracia, narcotráfico, corrupción, gobiernos totalitarios y otros temas, son reiterados en su discurso como quien mira los toros desde la barrera.

La Casa Blanca dice liderar la batalla contra el terrorismo, mientras protagoniza actos de vandalismo en Iraq y Afganistán, con víctimas fatales superiores a las 600 mil personas en ambos países, donde han dejado la vida, además, unos tres mil 500 jóvenes militares norteamericanos.

Súmese a lo anterior que sus Fuerzas Armadas poseen más de 700 bases en 135 naciones, empleadas como elementos de presión. El ejemplo más reciente es el anuncio de que desplegarán sistemas antimisiles en la frontera rusa, con lo cual tensa las relaciones bilaterales a niveles cercanos a los de la época de la guerra fría.

A su vez, habla de modernizar sus armas de exterminio masivo; en tanto promueve sanciones y amenaza a Irán por la soberana decisión de ese territorio de producir energía nuclear con fines pacíficos.

Expresión de este doble rasero deviene igualmente la manipulación del proceso seguido para proteger al connotado terrorista Luis Posada Carriles, acusado de falsificación de documentos y mentir a las autoridades migratorias, mientras le niega a Venezuela el derecho a juzgarlo por la muerte de los 73 pasajeros de un avión cubano siniestrado en Barbados, en 1976.

En cuanto al respeto de los derechos humanos, la hipocresía de la Casa Blanca no reconoce límites. Bush oficializa la tortura, secuestra a quien se le antoja y los encierra en cárceles clandestinas ubicadas en varias naciones europeas, y mantiene a más de 400 hombres en un limbo jurídico, sometidos a humillaciones y suplicios en un típico campo de concentración nazi en su ilegal base naval en Guantánamo.

Y quien tanto blasona de democracia, pluripartidismo y elecciones libres, nada positivo puede mostrar al mundo en esa materia. Se trata del gobernante de un país con dos partidos, ambos representantes de las clases adineradas, cada vez más semejantes e incapaces de promover la menor acción que ponga en peligro la estabilidad del sistema, ni siquiera para protestar ante fraudes electorales tan evidentes como el que instaló en la Oficina Oval al actual mandatario.

Vergonzoso igualmente resulta lo relacionado con el narcotráfico, tema en el cual han dado muestras crecientes de incapacidad y real falta de voluntad para enfrentarlo. El mayor consumidor de estupefacientes en el mundo no cesa de culpar al resto del planeta por las drogas que ingresan cotidianamente en su territorio, a pesar de los millones de dólares invertidos en su poderosa DEA.

En materia de corrupción el gobierno de W no es segundo de nadie.

La venta de influencias, el desvío de fondos estatales y la concesión de multimillonarios contratos sin previa licitación a empresas vinculadas a las esferas oficiales, están igualmente a la orden del día.

Baste mencionar la deficiente y muy dilatada asistencia a los damnificados del Katrina y la reconstrucciòn de Nueva Orleans y los jugosos contratos de Halliburton, compañìa vinculada al vicepresidente Cheney, para los suministros a las tropas en Iraq y la restauraciòn de la muy dañada infraestructura de ese paìs.

De igual corte constituye el escándalo desatado recientemente alrededor del turbio manejo de fondos para la subversión en Cuba, a cargo de diversas agencias controladas por elementos de la mafia de origen cubano en la Florida.

Y quien tanto acusa a otros gobiernos de métodos totalitarios protagoniza no pocos episodios donde impone su criterio desde la Casa Blanca.

Por actuales solo es suficiente mencionar el desconocimiento del Congreso cuando este se pronuncia contra el envío de tropas a Iraq, exigencia también manifestada este fin de semana por miles de ciudadanos en las calles de Nueva York, Washington y otras muchas ciudades.

Evidentemente poseìdo por su convicciòn de ser un enviado de Dios con una misiòn divina, ignora ancestrales valores de esa sociedad y violenta principios, hasta ahora conservados, como el de la neutralidad del poder judicial.

En los días que corren la sociedad norteamericana conoce con asombro, las maquinaciones de la Casa Blanca para deshacerse, mediante el despido, de ocho fiscales federales por " falta de lealtad a Bush".

En reciente encuesta de Newsweek se revela que los norteamericanos están cada vez más furiosos con los escándalos de su Administración. El 45 por ciento de los encuestados opinó que Bush ha politizado demasiado varias áreas de su gobierno, en particular el sistema judicial. La misma indagación refleja que el 73 por ciento, las tres cuartas partes de la población, desaprueba la gestión del mandatario.

La lista de los "pecados" del ejecutivo parece interminable, hasta el punto que es obligado preguntarse hasta dònde soportarán las instituciones y poderes estadounidenses antes de cuestionarse la permanencia de Bush en la Casa Blanca.

Agencia Cubana de Noticias