En su itinerario por la ciencia, concluyó que no existe la persona incapaz de comprender una explicación científica, de ahí tal vez que hoy nadie pueda hablar mejor que él de la divulgación científica.

– La mayor cantidad de conocimiento, ¿produce mayores problemas?

– Sí, para pensar y resolver más cosas. Es como el inconsciente: cuando hacés consciente lo inconsciente, hay un nuevo inconsciente. Hoy a nadie se le ocurriría decir que la Tierra es el centro del universo. Pero al resolver eso, apareció la pregunta de por qué no se chocan los planetas. Cada vez que estamos hablando estamos mejor, porque yo ya pensé más cosas. La humanidad avanza y genera un quantum de información que nos prepara mejor. La gente me dice: ahora los chicos se pasan horas con los videojuegos. Yo las perdía jugando al dinenti. Si hoy viéramos un pibe tirando piedritas para arriba durante 3 o 4 horas, diríamos “pobre pibe”. Cuando apareció el teléfono, la gente no dejó de tener relaciones sexuales, no desmejoró la calidad de vida. El chat no va a reemplazar las relaciones interpersonales. Además, a lo mejor la tecnología le permite interactuar a personas que de lo contrario estarían aisladas. ¿Por qué no ser más tolerantes?

– Sin embargo la intolerancia creció durante todo el siglo XX, con pleno desarrollo científico.

– Pero ahora no hay esclavitud. Momentito: hay un sistema diferente de esclavitud. Pero el hombre ahora tiene derechos. Hay abusos, sin duda, pero son considerados abusos porque hubo personas que lucharon por los derechos de los trabajadores. Lo que no entiendo es por qué yo tengo dos y vos ninguno. Hay algo que funciona mal. Es una cuestión política, pero cuanto más educados estemos, serán más difíciles los fascismos, los nazismos y los fundamentalismos. ¿Cómo aprendimos a coexistir con gente que revuelve la basura para comer?, ¿por qué no paramos todo para atender la necesidad de esa gente? En la Argentina no hay trabajo, pero hay empresas que no pueden conseguir gente calificada. Y para que haya gente calificada, el Estado tiene la obligación de calificarla. Tenemos que generar las condiciones para que el Estado sea responsable de la salud y la educación de la población. Esto es fundamental.

– Con tanta publicidad de productos para la salud y tanta nota periodística hablando de lo bien que hace determinado alimento, ¿es posible discernir si se es presa de una campaña o no?

– Cuanto más educado está uno más capacidad tiene de discernir lo que está bien de lo que está mal; de cualquier cosa. Desde una publicidad de medicamentos hasta una campaña política. Pero también hay que decir que los medicamentos tendrían que ser gratuitos. El Estado debe darle a la población la posibilidad de curarse. No se llegó a eso, pero está bien que se obligue a los médicos, por ley, a prescribir medicamentos genéricos. Un médico puede hacer el lobby que quiera, y eso a mí me parece criminal, pero cuando le toque, tiene que prescribir el genérico. La salud de la gente no puede depender de su poder adquisitivo. Si no, entendimos mal la vida.

– ¿Cuáles son los mecanismos de control sobre lo que publican los científicos?

– Antes de publicar en una revista de ciencia, no de divulgación, el artículo se somete a un referato. Si mandás un paper de matemática a una de estas revistas, se somete al escrutinio de dos profesionales que no conocés, y que, entre ellos, no saben que tienen la misma tarea. Esto en teoría, porque cuando existen muy pocos especialistas en un área, no queda otra que saber quiénes hacen el escrutinio. El referato dice: si el paper está bien, si es original, si nadie lo sabía antes, si es un avance; entonces se publica. Siempre y cuando no haya 40 cosas antes que estén esperando. Porque también hay cola para publicar. Si publicás en Science (una de las revistas más conocidas y de las de mayor prestigio), eso es importante para tu currículum. Pero también lo es el índice de citas, confeccionado en base a la cantidad de veces que un trabajo tuyo fue citado por otros colegas. Einstein escribió muy pocos trabajos, pero escribió el paper más citado en la historia de la humanidad: el teorema de la relatividad.

– ¿Por qué el público no cree que un científico pueda publicar una mentira?

– Por un lado, la sociedad pone a los científicos en una torre de marfil y les atribuye una inteligencia especial, cosa que deploro: no sé qué es la inteligencia. Salvo que sea un bocho, el científico es igual a todos. Nadie se merece esa veneración, y muchos no dicen que son iguales a todos. Aún ahora hay una especie de fascinación por los médicos. ¿Qué le valora uno a un neurocirujano, por ejemplo? Que es como un orfebre: tiene una capacidad que es una destreza que entrenó. No digo que es trivial, sino todo el mundo sería neurocirujano, pero es algo que se entrena. Ahora, ¿hay mala ciencia? Por supuesto. Diego Golombek escribió Demoliendo papers, que es sobre este tema. Hay que generar vasos comunicantes para que la gente entienda, y así también defienda a la ciencia. Si las universidades cerraran, la gente no saldría a la calle como sí lo haría si se cerraran las escuelas primarias: todo el mundo entiende que es mejor ser alfabeto que analfabeto. No está claro cómo la universidad le mejora la calidad de vida a la gente. Esa es la idea del programa Científicos, Industria Argentina: que la gente pueda entender. Porque el compromiso pasa por la distribución del conocimiento, que contribuye a una mejor distribución de la riqueza, que no es solo la material, sino también la intelectual. No hay derecho a que yo, o las personas que estén leyendo esto, por lo que fuere, tengamos acceso a la información, y otros no.

– ¿Los científicos discuten estos temas?

– Sí. Hay áreas más sensibles, como hoy la energía, biotecnología, criptografía. No creo que sea sensible el diseño artístico de un edificio; ahora, dónde y cómo construir, sí. Aprovechando lo que está sucediendo con el libro, hicimos hace poco una charla en la facultad para discutir qué pasa con la matemática. Y fijate: en general ninguna sociedad del mundo quiere estudiar matemática. Y la culpa es nuestra. Imaginemos que viene un extraterrestre que no conoce la música y nos pide que le enseñemos. Y le ponemos la marcha de San Lorenzo, y después, Aurora. Me parece que hasta llegar a la marcha de San Lorenzo tenemos otras cosas; Los Beatles, Mozart, Piazzolla. Pero si le das eso, cuando le hablés de música no va a querer saber nada.

# Revista Acción (Argentina)