Agobiados por la pena, Han maquillado a Cartagena (por encimita). Y hubo un toque de queda, Para que un pueblo no saliera Para que Clinton no viera La otra carta de Cartagena Pero les faltó un detalle De maquillar al Machuchal, San Francisco y Siete de Agosto Donde el avión iba a aterrizar. (Se le fue la onda al maquillador) Se hicieron los de la vista gorda. Para no pasear a Clinton por el caño de la Carbonera. Y cerraron el mercado Para que el mundo no viera La cara amarga de Cartagena. Se fueron de playa, De pura muralla. Maquillaron las carreteras, Pa’la rueda de la limosina. ¡Hay que darle cajeta pura A esos cabeza dura!

“La Carbonera” (Champeta), Charles King.

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“¿Champeta? ¡Esa es música de negros! ¡Aquí no ponemos eso!”, respondió enfadado el disk jockey de la discoteca Mr.B. a una periodista cachaca que pensaba que si la champeta era cartagenera, lo normal sería escucharla en la discoteca más famosa de la ciudad. Contrariada, ella siguió bailando la canción de reggaeton de moda que sonaba, no sin antes recordar que lo que oía también era música de negros, pero venida de afuera. Distinta fue la sorpresa de esta periodista cuando llegó a la fiesta de cierre de la reunión anual de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) el domingo siguiente y se encontró con que la cantaora Petrona Martínez era quien amenizaba las bóvedas del Castillo de San Felipe al ritmo de tamboras y bullerengue, también música de negros. Los asistentes a esta fiesta, vestidos de blanco como si fuesen ángeles, el Papa o Jorge Barón, celebraban una gran paradoja: cantos cimarrones celebrando la libertad de prensa en un lugar construido por manos esclavas.

En medio de tanto whiskey, ningún periodista se preguntaría por lo que pasaba a sus espaldas en “la otra” Cartagena, la que lo recibe “con los brazos abiertos”: con palenqueras (disfrazadas por el Ministerio de Cultura) que ofrecen frutas exóticas, con maleteros, vendedores de gafas, taxistas y mototaxistas sonrientes y con mujeres de cuerpos voluptuosos y pieles oscuras en provocativos vestidos de baño, con el diseño de la portada de cada periódico asistente al evento.

Ante tal distracción, ningún periodista se enteraría que el viernes 16 de marzo de 2007, día en que comenzó el encuentro de la SIP, se canceló un gran concierto de champeta en la Plaza de la Aduana, en pleno centro de la ciudad amurallada. La explicación “maquillada”: las autoridades desplegaron toda su logística en la seguridad para la llegada del magnate Bill Gates, el invitado más importante al evento. La explicación compleja: la amenaza de un encuentro bochornoso entre la Cartagena vestida de blanco y la Cartagena champetúa puso en alerta a las autoridades y a los organizadores del evento de la SIP.

La Cartagena vestida de blanco: pendiente de la llegada de Bill Gates, de Tomás Eloy Martínez, de Bush, de Clinton, del príncipe Juan Carlos de Borbón, de los hijos de Donald Trump o del mismísimo Embajador de la India. Pendiente de las apariencias, de los apellidos, de la tradición, del reinado de belleza, de los premios India Catalina, de la firma del Tratado de Libre Comercio, de la literatura, de los grandes negocios y de las páginas sociales del periódico El Universal.

La Cartagena champetúa: pendiente de buscar “la liga” (dinero) con todo turista “cachaco” (del interior) o “gringo” (que no habla español) vestido de blanco que se aparezca. Con “la liga” el champetúo alimenta a los suyos y va “de vacile al picó” (a bailar champeta en el pick up, que es un equipo de sonido callejero de alto volúmen). Champetúa porque escucha champeta que, más que un género musical, es un estilo de vida, un movimiento cultural de la Cartagena negra. La Cartagena para la cual el evento más importante de los últimos años fue la muerte de “El Jhonky”, famoso cantante de champeta que fue masivamente despedido en un gran desfile de camiones con picós que tocaban sus pistas por toda la ciudad. La misma que espera la próxima mega fiesta de El Rey de Rocha, donde salen los “más pegaos”, es decir, las canciones de moda.

¿Si el mundo fuera solo blanco qué inspiraría a los pintores?

“Pretendiendo del Arcoiris” (Champeta), Charles King

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Los champetúos, en el argot popular, son hombres y mujeres de pieles oscuras que roban con un cuchillo largo y afilado, también llamado “champeta”, como la música que escuchan. Esta versión, que ve la champeta como un problema social por el alto sonido del picó y por lo que sucede en las casetas (bailes eróticos, ruido, letras sexuales, altas cantidades de licor, drogas, armas, mafias, muertos, etc.), es la privilegiada por la prensa, que se viste de blanco para escribir párrafos y párrafos cargados de argumentos moralistas contra la champeta, como este de Vicente Arcieri (corresponsal de El Tiempo) en el artículo titulado “Peleas entre pandillas y consumo de droga en las verbenas con picós”: “Estas fiestas tienen en jaque a las autoridades de la ciudad, símbolo del turismo nacional, porque no sólo son epicentro de bailes ruidosos, sino de sexo, homicidios y comercio de drogas.” (El Tiempo , 05-08-2006).

¿Por qué mete dentro del mismo costal los bailes ruidosos y el sexo (dos actividades lícitas) con los homicidios y el comercio de drogas? ¿Por qué no menciona que la pobreza, la discriminación y la exclusión incentivan la violencia y actividades como la prostitución, el comercio de drogas o el robo?

Y ahora me dices que soy un ladrón Que soy un negro faltón ¿Cual es tu tiradera? ¿Por qué te ofende mi color? Y aún me sigues discriminando siendo tú el pecador Cuando tu raza lavó sus manos con la sangre de mis ancestros Veo que te haz hecho rico con el sudor de mi color ¿Quién traficaba negros? ¿Quién esclavizaba negros? ¿Quién torturaba negros? ¿Quién es ese pecador? Si me ve parado en la esquina, ¿Por qué ese blanco me discrimina? Si llego a su discoteca soy como su dolor de jaqueca Me miran por encimita como si yo fuera su demonio. Así que mírame bonito No me vengas poniendo ojitos.

“El Apartheid” (Champeta), Charles King

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Pero no todos son “cabeza dura”, como diría Charles King, ya que en estos grandes eventos realizados en Cartagena, así como hay quienes se atreven a pedir una champeta en la discoteca más famosa por prohibir la entrada de negros (le han puesto dos tutelas a Mr.B.), otros son más arriesgados e invitan a Anne Swing (otro cantante de champeta) al cierre del último Hay Festival de literatura. Así, poco a poco, los champetúos irán colonizando espacios culturales (destinados a la Cartagena vestida de blanco) y descolonizando simbólicamente las relaciones de poder a través del mensaje de sus letras. No obstante, luego de los eventos, la “otra” Cartagena se mantendrá igual de marginal y abnegada; la esperanza del champetúo se reduce, de nuevo, al “vacile” del próximo fin de semana.

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El autor: Politólogo, Antropólogo, M.A en Antropología, Universidad de los Andes. Lleva trabajando 2 años con la comunidad afrodescendiente de Islas del Rosario, Cartagena y está próximo a publicar el libro “¿Es nuestra isla para dos? Conflictos por el desarrollo y la conservación en Islas del Rosario, Cartagena”.