Sostiene el legiferante Víctor García Belaunde que acepta arreglar sus broncas personales con su par, Luis Giampietri, por las vías que fuere. ¿Hasta cuándo la nación debe contemplar las ridículas payasadas que exhiben estos funcionarios del Estado que se agarran a pañuelazos y declaraciones, y ninguno de ellos, ambos provenientes de la Marina, ha emitido un gesto, el más mínimo, en protesta y repudio a los actos que se hacen en su alma máter rindiendo homenajes inapropiados, cantando himnos extraños o haciendo de pajes con uniforme a escuadras foráneas? ¡Pantalones en vez de payasadas!

De García Belaunde hay muy poco que decir. Su tarea intelectual es insospechable. Su logro epónimo más importante fue anticipar en quince largos días el deceso de Valentín Paniagua, arrancar lágrimas cocodrilescas de consabido homenaje en el hemiciclo (¡no hay muerto malo!) y protagonizar intríngulis verbales de mediocrísima factura.

Giampietri, aparte de demoledor, facultad única para la que fue preparado, ha sido el chivo expiatorio de la bestialidad cometida por Jorge del Castillo con respecto a Alberto Pandolfi, eminencia negra del fujimorismo delincuencial que tuvo su momento y clímax durante una década en que la monra se llamó obra de gobierno y el robo y la enajenación del Perú, modernización. Los silencios de Giampietri, sus complicidades –como en la exculpación tácita del traidor Fabián Novak, viceministrejo de Defensa- son evidentes. No dirá más que lo que conviene y sí, por cierto, sus argumentos no destacan por el apego a ninguna clase de sentimiento humano sino, por el contrario, hacia su aniquilación integral.

Que la oposición no haya sido capaz de contestar o argumentar con fuerza lógica y determinación política al baile que los bailó en días pasados y que configuraron el triunfo de la maña y oficio de del Castillo, que no inteligencia ni verdad, es una vergüenza sólo atribuible a su inexistencia, fragilidad, abulia de preparación y cuadratura “jurídica”. Hay ciertos idiotas en Perú que creen que el debate político pasa por la sabiduría de cómo se citan leyes, enuncian proveídos y repiten las monsergas de “juristas” a la carta. Destacan entre ellos, aunque Javier Valle Riestra diga lo contrario, sus razones tendrá, Niño Diego, que busca hoy un puestito en la administración de Alan García. No extrañe que estos días se le nombre para alguna responsabilidad. Los logreros arriban a cualquier playa con tal de seguir mamando la cansada ubre del Estado.

En el mismísimo Establo escuché la inverosímil explicación si es que así puede llamársele: “los congresistas están muy ocupados en sus cosas, sus reclamos, sus cartas a los ministros, no han tenido tiempo de hacer frente a del Castillo”. ¿Para qué paga la nación a estos personajes? Decidamente no para que elucubren explicaciones de asesores más mediocres que ellos mismos. Y esto es no poco decir. Para la gente común y corriente, el legislador es casi un iletrado, dueño de nada y sabio en ignorancia. Hay una mayoría nefasta que no supera al cartulario más palurdo y venal de cualquier juzgado.

¿Qué puede haber ocurrido para que lo sucedido en predios de la Marina del Perú no constituya sino afrenta a la historia, desliz inapropiado –por inaceptable- y estupidez monda y lironda de oficiales complacientes y serviles a los efímeros de turno? Por lo pronto, estoy casi cierto que de Miguel Grau recibirían los escupitajos más distinguidos de su consideración indignada. Es más, lo acontecido con la traición de Arica y el curso favorable al país del sur, en 1999, encuentra confirmación plena de su origen cómplice–como lo denuncié años atrás- hoy que vemos –ya no en el sur- sino en plena capital, de cómo hay castrados mentales incapaces de, por lo menos, rendir homenaje sentido a la memoria de sus mártires en el Mar de Grau. El mismo Mar que ellos no honran de ninguna manera. Y Giampietri y García Belaunde han callado en el deficiente castellano que manejan con balbuceos matonescos y de barrio. ¡Cómo si la nación debiera sufragar esta clase de imposturas y absurdos!

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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