Fue emitido, como debió ser, la primera parte del documental chileno que lleva el impropio nombre de “Epopeya”. Tiene olvidos garrafales: no se acuerda de la generosidad de Grau que no ametralló a los náufragos de la Esmeralda como sí hicieron los adversarios con los marinos peruanos de la Independencia. Sólo esa imprecisión denigra y envilece lo que pretenden sus productores mostrar como una versión equilibrada.

Sin embargo, así lo enseña la historia, ministerio grave, examen de conciencia, el expediente chileno quiere subrayar un inexistente apego del país del sur a los tratados internacionales. Si la guerra de Chile contra Perú –la “Guerra del Pacífico” es una estupidez candelejona- terminó en 1883, con un gobierno títere y traidor al mando de Iglesias y se firma el tratado y el protocolo de paz, ¿por causa de qué recién en 1929 se arriba al Tratado del 3 de junio que institucionaliza el robo de Arica y el retorno de Tacna al Perú? Es evidente que habían pasado décadas y hubo también el irrespeto flagrante a lo acordado para un plebiscito que diez años después de la guerra debía decidir la suerte de Arica. ¿A eso se puede llamar, con divorcio evidente a lo correcto, apego a la jurisdicción internacional y a los pactos? Si se trata de una compulsa detallada de cómo hay países que no tienen el más mínimo decoro para con acuerdos o tratados, entonces sería posible llamar la atención sobre lo no concluido desde 1929 en Arica que una pandilla traidora pretendió en Perú finiquitar en 1999; además está la apropiación indebida de territorio peruano bajo la pretensión chilena que la frontera terrestre comienza en el hito 1 y no en el Punto Concordia a orilla del mar como establece el Tratado de 1929 y la invasión del Mar de Grau so pretextos varios y la tesis chilena del “mar presencial”. En fin, hay muchísimo que decir sobre este acápite.

Tiempo atrás admonicé sobre disimuladas intentonas de maquillar lo ocurrido en la guerra de invasión de Chile contra Perú en 1879. Vale la pena, a la luz de los acontecimientos, releer esta modesta entrega.

Señal de Alerta por Herbert Mujica Rojas 19-7-2006

Perú-Chile: ¿revisión de la historia?

El Departamento de Humanidades y la Sección Historia de la Universidad Católica organizó un encuentro de historiadores peruanos y chilenos. Dice la convocatoria que “Perú y Chile enfrentan retos comunes para el futuro inmediato, los que suponen, entre otros aspectos, la revisión de sus respectivas historias……con la intención de acercar posiciones y proyectar la construcción de una historia en común”. Conviene con categórica energía recordar, como lo hace el patriota Alfonso Benavides Correa en su magistral libro Una difícil vecindad, vibrantes expresiones ante cualquier amago, arrebato o pretensión de distorsionar o maquillar cuanto ocurrió en la guerra de 1879.

Afirmó Rubén Vargas Ugarte S.J., en su Historia General del Perú: “hay manchas que no se borran y, las que a veces cubren a una nación con un estigma, el tiempo no alcanza a destruir”.

Escribió Alberto Ulloa Sotomayor, y así lo recuerda Benavides Correa en su obra citada: “Bajo un noble propósito de cordialidad continental, esa disposición contenía un peligroso espejismo e importaba la renuncia, por parte de países injustamente agraviados o víctimas de la acción agresiva de otros Estados, a constataciones históricas y a la legítima formación en su juventud de un espíritu de justa calificación de la historia, así como de la voluntad de impedir que ésta se repita por debilidad o ignorancia. Los términos citados, viniendo a consagrar con el silencio que prepara el olvido, no sólo la realidad material sino la confirmación espiritual de grandes injusticias pretéritas, representarían, en casos determinados, el indulto de delitos históricos que las generaciones deben conocer para que su conciencia vigilante impida su repetición o procure su rectificación, según las situaciones y las oportunidades por venir, dentro de los campos legítimos de la acción diplomática y jurídica. Este espíritu no estorba sino facilita una tendencia pacífica y de profunda solidaridad humana en las nuevas generaciones porque no representa un sentimiento de revancha sino de adhesión al Derecho, cuyo respeto es condición necesaria para la armónica convivencia internacional. El silencio y el olvido que imponen la aceptación de soluciones de fuerza y los procedimientos anti-jurídicos en la vida de los Estados, actúan como incitadores para su repetición. Convienen a la política de Estados imperialistas, expansivos o conquistadores, pero no a la política de los Estados que han sido o pueden ser víctimas de los primeros”.

El esfuerzo que acomete la Universidad Católica bajo la batuta de sus responsables intelectuales, presume de una contribución valiosa al recuerdo de la historia nacional. En ese sentido esta colaboración procura luchar contra la amnesia nacional de tan fatídica recurrencia en nuestra cotidiana irreflexión y yerros reiterados.

“Como lo acredita sir Clements R. Markham en La Guerra entre el Perú y Chile (Una difícil vecindad, Benavides, op. cit.) en que denuncia la barbarie desenfrenada de las hordas de la conquista (p. 190 y siguientes), destruir las obras públicas como muelles, ferrocarriles y aduanas: Ordenóse a Lynch que arrasase todo el litoral peruano, desde el Callao a Paita, y aquél cumplió sus instrucciones al pie de la letra, arruinando dondequiera tanto la propiedad pública como la privada. Los daños que causó no sólo en los puertos marítimos de Huacho, Supe, Salaverry, Trujillo, Pacasmayo, Chiclayo, Eten, Lambayeque y Paita, sino en todas las villas, haciendas y plantaciones, fueron incalculables. La obra de destrucción se llevó a cabo sistemática y bárbaramente. La dinamita fue el agente que se empleó para destruir los muelles de hierro y todos los edificios sólidos. Las casas que se incendiaron fueron regadas previamente con petróleo y otras sustancias igualmente inflamables.” Luego de referirse Markham a las enloquecidas atrocidades de Lynch en salvajes correrías, no omite el autor recordar que, “después de robar en lo posible a las poblaciones de la Costa peruana, regresó a Arica recibiendo de su gobierno la aprobación cordial de sus hazañas. Así terminó esta expedición de pillaje y de criminal saqueo, perpetua infamia para sus autores y para el gobierno que proyectó y aprobó su ejecución, tan grande que hasta los mejores escritores chilenos la condenan”.

Admoniza el maestro Benavides: “Me pregunto, finalmente, si será acaso más provechoso para el Perú dejarse ganar por la amnesia histórica o releer esta prosa sin eufemismos, quemando naves y calar estos pensamientos robustos y actuales que aparecen en El Tonel de Diógenes (Manuel González Prada, 1945): “Con Chile no valen razones. Su conducta pasada nos anuncia su conducta venidera que nunca se guiará por un espíritu de justicia, que nunca procederá de buena fe con nosotros; su americanismo no pasa de un gastado recurso oratorio. Tiende la mano al Perú con tal que el Perú le conceda cuanto quiera pedirle. Se sorprende o finge sorprenderse de que algún peruano guarde el recuerdo de las abominaciones cometidas en la guerra del 79”.

Será necesario conocer en detalle y en meticulosa exposición fidedigna de cuanto se haya dicho en el evento que organiza con encomiable visión intelectual la Universidad Católica para que el público examine estas propuestas, las evalúe, las asimile o, simplemente las rebata, si acaso, supuesto negado, éstas discurren por los oprobiosos caminos de la amnesia o del aberrante perdonavidas tan tradicional en nuestra sicología colectiva.

Don Alfonso Benavides gusta de decir con fruición patriótica: “Un país desarmado no es garantía de paz; un país desarmado, es una presa apetecible”.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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