Concluyen las encuestas que el 75 por ciento de los colombianos siguen apoyándolo, a pesar de los escándalos de corrupción, nexos con asociaciones para delinquir, el desempleo, el desplazamiento forzado, el hambre, el creciente deterioro de su imagen en el exterior y todos los etcéteras archiconocidos. El efecto teflón, dicen unos. El reconocimiento al talento, la franqueza campechana y la laboriosidad del estadista, dicen otros. Es un fenómeno, exclaman los pontífices de la radio.

En las últimas décadas muchos investigadores, sociólogos y comunicadores, se han dedicado a estudiar los procesos de formación de la opinión pública. Todos aceptan que los medios modernos de comunicación, desde Johannes Gutemberg hacia acá, hacen parte insustituible de tales procesos.

Una teoría muy difundida entre los especialistas pertenece a la periodista de la Universidad de Berlín, Elisabeth Noelle-Neumann, quien perteneció al partido Nazi desde 1935 hasta finalizar la segunda guerra y fundó con su esposo Hubert Neumann el Instituto Demoskopie Allenbach, el cual hizo las encuestas de opinión dela Democracia Cristiana alemana en la década de los setentas. La teoría de Elisabeth comenzó a difundirse después de 1980 desde la Universidad Gutemberg de Mainz y parte del principio: “La opinión pública es asunto de palabra y silencio”.

En su libro “La espiral del silencio. Opinión Pública: Nuestra piel social” (Paidós, Barcelona, 1995) la periodista alemana escribe: “Podemos describir la opinión pública como la opinión dominante que impone una postura y una conducta de sumisión, a la vez que amenaza con aislamiento al individuo rebelde y, al político, con una pérdida de apoyo popular”.

Apoyándose en ejemplos trágicos como el enmudecimiento de la iglesia católica durante el terror de la Revolución Francesa, Noelle-Neumann, concluye que “para no encontrarse aislado, un individuo puede renunciar a su propio juicio” porque “los grupos sociales pueden castigarlo por no haber sabido adaptarse”.

En otro lugar afirma: “La tendencia a expresarse en un caso, y a guardar silencio en el otro, engendra un proceso en espiral que, en forma gradual, va instalando una opinión dominante”.

En ciertas regiones del país parece que la teoría Noelle-Neumann resiste la prueba. Las dos terceras partes de la ciudadanía expresan la opinión, por convicción o por sumisión, a la tendencia predominante, de que Colombia necesita un líder carismático y de carácter fuerte y que ese líder ya está al frente del Estado. Los sumisos no solo temen al aislamiento social sino a algo peor, a ser víctimas del castigo violento de las que el escritor Fernando Garavito llamara “ciertas yerbas del pantano” que lo llevaron al duro oficio del exilio.

Pero cuando se examina más a fondo la composición de ese 25 por ciento de “todos los colombianos” que se resiste a creer que ya estamos en presencia de un nuevo Mesías que nos traerá la paz, la abundancia y el progreso, entonces comienzan a fallar las cuentas.

Si partimos de un potencial electoral de 26 millones de ciudadanos, encontramos que, en las elecciones de 2006, los 7 millones 400 mil votos del Presidente Uribe apenas llegan al 28, 5 por ciento de los votantes. En este caso habría que presumir que los 14 millones de personas que se abstuvieron de concurrir a las urnas se sumaron a la espiral de la opinión publica favorable a Uribe y la cuarta parte, adversa al Presidente o que en las encuestas “no sabe o no responde”, correspondería a los mas de cinco millones de votos del partido liberal y del Polo Democrático Alternativo.

Pero tampoco salen las cuentas. Porque entre los abstencionistas hay una alta cifra de ciudadanos desplazados por la violencia en los campos, centenares de miles de electores que se ausentaron del país para salvar sus vidas o, lo que es casi lo mismo, para encontrar fuentes de trabajo, y los millones de desempleados parciales y totales que no tienen ningún aliciente para votar o responder encuestas.

Ahora bien, las firmas encuestadoras revelan que el universo de la muestra está constituido por un promedio aproximado de mil personas, residentes en algunas ciudades importantes y las preguntas se formularon por teléfono.

La mayoría de la población campesina, los desplazados, los marginados o pobres absolutos no disponen de teléfono fijo o móvil. Ni siquiera tienen derecho a influir en la espiral del silencio.

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