El serio análisis efectuado sobre el tratado de Libre Comercio negociado con Estados Unidos, permite concluir, sin lugar a dudas, que la negociación y la estrategia adoptada por el gobierno fueron equivocadas. La vinculación del señor presidente Uribe en las etapas tempranas de la negociación y las inoportunas declaraciones que realizaron tanto él como sus ministros le restaron grados de libertad al equipo negociador. A manera de ejemplo se deben destacar las declaraciones de Robert Zoellick quien a mediados de 2003, indicó a los agricultores congregados en la ciudad de Des Moines, Iowa, entre los cuales se encontraba presente el senador Grassley, presidente del Comité de Finanzas del Senado de Estados Unidos, que el presidente Álvaro Uribe le aseguró que Colombia estaría de acuerdo en eliminar todos los aranceles a los productos agrícolas y otras restricciones al comercio agropecuario, si los dos países decidían iniciar negociaciones orientadas a alcanzar un acuerdo de libre comercio.

Además, se otorgaron a los EEUU la gran mayoría de las solicitudes de dicho país, varias de las cuales hubieran podido evitarse. Por ejemplo, era inevitable incorporar en la negociación el tema de las ayudas internas agrícolas y de sus subsidios financieros a las exportaciones puesto que los Estados Unidos siempre han sostenido su disposición de discutir estos temas únicamente en el ámbito multilateral de la OMC. Pero hubiera sido evitable la inclusión de la cláusula de preferencia no reciproca en productos agrícolas, o sea, el otorgamiento de un trato de Nación Mas Favorecida en lo que atañe a cualesquiera concesiones brindadas a terceros, bien sea en el marco de profundizaciones de acuerdos vigentes o de negociaciones de nuevos acuerdos. Este tratamiento solamente se le requirió a Colombia y Perú.

La falta de capacidad negociadora demostrada por el Gobierno y por el país y la inadecuada estrategia adoptada, dieron lugar a un balance negativo de los resultados alcanzados, aun ignorando el costo del retiro de Venezuela de la CAN que probablemente se hubiera podido evitar con un manejo mas diplomático de las relaciones entre los dos países. Hubiera sido deseable, antes de aceptar en la negociación compromisos que contravenía la normativa andina, buscar la modificación de la misma. El Gobierno desestimó claramente la importancia de Venezuela como el segundo mercado de destino de las ventas externas colombianas y más aún, no tuvo en cuenta que este país es el principal destino de las exportaciones de manufacturas con mayor valor agregado.

En lo que respecta al tema de quiénes serán los ganadores y perdedores de este Tratado, la inmensa mayoría de los estudios y análisis realizados por los conocedores del tema han enfatizado sus conclusiones y discusiones en términos de porcentajes, millones de dólares o número de empleos. Qué tanto se gane o qué tanto se pierda sólo importa si se tiene en cuenta que detrás de los porcentajes, los millones de dólares o los puestos de trabajo se encuentran personas cuya capacidad de llevar una vida digna puede estar amenazada por el beneficio de unos pocos. Por ello antes de plantear el TLC como una ecuación de sumas y restas donde el resultado neto es expresado en términos de sectores o grupos económicos favorecidos o damnificados, se debe intentar humanizar el análisis en aras no sólo de lograr un mayor crecimiento económico sino de lograrlo de una forma equitativa.

Si bien es cierto que en el TLC habrá ganadores, no lo es menos que habrá grandes perdedores. Lo mas grave aun es el hecho de que los ganadores serán los mismos de siempre y los perdedores, los perdedores de siempre. Los impactos negativos del TLC se darán principalmente en materia de salud pública, donde a través del aumento del precio de los medicamentos que se prevé, derivado de las innumerables concesiones aprobadas en esta área, se pone en peligro la salud de los colombianos y particularmente de aquellos sectores más vulnerables de la población.

De igual forma, existe una seria preocupación por el impacto del TLC en lo que atañe a la agricultura, particularmente sobre su efecto en los pequeños productores. Estudios hechos al respecto, basados en información de los gremios agropecuarios sectoriales, permiten concluir que los campesinos, con excepción de aquéllos que producen exclusivamente para autoconsumo, y se dedican a los cultivos de maíz, fríjol, arroz, trigo y cría de cerdos, pueden verse perjudicados.

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